El falso Shaolín de Bilbao: el caso de Juan Carlos Aguilar, las víctimas Yenny Sofía Rebollo y Maureen Ada Otuya y la condena de 38 años



Bilbao tiene esquinas donde la vida pasa deprisa y, a la vez, lugares donde el tiempo parece quedarse quieto: una persiana metálica, un portal antiguo, un local con olor a tatami y promesas. En 2013, uno de esos locales dejó de ser un gimnasio cualquiera para convertirse en un punto de no retorno en la crónica negra española, una historia que empezó con una imagen cuidadosamente construida y terminó con dos mujeres que no volvieron a casa. 

El hombre en el centro del caso se llamaba Juan Carlos Aguilar, instructor de artes marciales en Bilbao, conocido públicamente como “el falso Shaolín” por presentarse como una autoridad espiritual y marcial que no era. Durante años alimentó una identidad que mezclaba disciplina, misterio y supuesto prestigio; un personaje capaz de atraer a personas que buscaban fortaleza, calma o una salida a sus problemas, sin imaginar que estaban entrando en un espacio donde el control iba a imponerse a la confianza. 

Su poder no se construyó con magia, sino con un mecanismo viejo: carisma, apariencia de conocimiento, y la capacidad de leer vulnerabilidades ajenas. En torno al gimnasio se creó un mundo propio, con reglas implícitas y una figura que pedía obediencia emocional. Cuando alguien se autoproclama guía y convierte su entorno en un “refugio” cerrado, la línea entre admiración y sometimiento puede volverse peligrosa, sobre todo si quien manda entiende la intimidad como territorio de dominio. 


La primera víctima que la justicia situó en la cronología fue Yenny Sofía Rebollo, 40 años, de origen colombiano. Era madre y arrastraba una etapa de fragilidad, de esas en las que cualquier oferta de ayuda parece una tabla en medio del agua. La Fiscalía sostuvo que Aguilar la recogió y la llevó a su gimnasio, y que allí su vida terminó de forma irreversible el 25 de mayo de 2013. 

Lo que vino después fue el tipo de horror silencioso que suele ocurrir cuando el agresor cree que el mundo no lo mira: intentos de ocultación, versiones cambiantes y un rastro que, durante un tiempo, dejó a su familia sin respuestas claras. En estos casos, la ausencia es un castigo adicional: no solo se pierde una vida, también se pierde el derecho a un duelo limpio, porque el dolor queda suspendido entre preguntas que nadie sabe contestar. 

Ocho días más tarde, el caso volvió a repetirse con otra mujer que también sostenía a una familia lejos de España: Maureen Ada Otuya, 29 años, de origen nigeriano. Según las investigaciones, Aguilar la recogió y la llevó al mismo gimnasio el 2 de junio de 2013. Allí, Maureen llegó a pedir auxilio y una vecina alertó a la Ertzaintza; cuando los servicios de emergencia entraron, la encontraron en estado crítico. 


Maureen fue trasladada al Hospital de Basurto y, tras varios días en coma, su vida llegó a un final irreversible. El golpe se sintió doble: por lo que implicaba el ataque y por lo que dejaba detrás, porque cuando una mujer migrante pierde la vida así, el duelo se reparte entre ciudades y países, y la noticia viaja como una piedra, cayendo sobre familias que ya vivían con el peso de la distancia. 

La detención de Aguilar se produjo el mismo 2 de junio de 2013, a raíz del hallazgo de Maureen. Poco después, según fuentes policiales citadas por la prensa, llegó a reconocer ante la Ertzaintza que había acabado con la vida de otra mujer días antes, y eso abrió una investigación que convirtió el gimnasio en un escenario de búsqueda meticulosa, con Policía Científica, registros y un barrio entero mirando el lugar con una mezcla de incredulidad y miedo. 

El caso impactó porque no encajaba con el estereotipo del “peligro lejano”: estaba en pleno entorno urbano, bajo una fachada de disciplina y supuesta espiritualidad. A veces, lo más difícil de detectar no es la violencia evidente, sino la violencia disfrazada de autoridad. Y esa es una de las lecciones más duras: hay agresores que no irrumpen en tu vida con amenazas, sino con promesas; no te empujan de golpe, te van estrechando el aire. 


El juicio arrancó en abril de 2015 con jurado popular, y el proceso expuso una realidad que heló a muchas personas: la facilidad con la que alguien puede construir un personaje para dominar a quienes confían. En sede judicial, Aguilar llegó a admitir su responsabilidad en los hechos, mientras la acusación pública pedía penas elevadas. El jurado lo declaró culpable de dos delitos de asesinato con alevosía. 

La sentencia se dictó el 30 de abril de 2015: 38 años de prisión (19 por cada delito) y 397.000 euros en indemnizaciones, según informó el propio Poder Judicial. Aun con cifras y resoluciones, lo que queda en la memoria es otra cosa: dos nombres, dos edades, dos familias que recibieron la noticia que nadie debería recibir, y un barrio que aprendió a desconfiar del lugar donde antes se enseñaba “tranquilidad”. 

Durante el proceso también apareció un elemento que se repite en muchos casos mediáticos: el intento de explicar lo inexplicable con una causa que suene externa, como si así el daño pesara menos. Se habló de un problema de salud alegado por el acusado, pero ni la investigación ni la sentencia cambiaron el núcleo de lo probado: hubo decisiones, hubo control, hubo violencia, y hubo vidas que no regresaron. 


Cuando se mira hacia Yenny y Maureen, lo más doloroso es imaginar la normalidad de su día antes de todo: un mensaje, una cita, una conversación aparentemente común. En historias así, el agresor no solo arrebata la vida; también intenta arrebatar la dignidad. Por eso es importante recordarlas como personas completas, no como “personajes secundarios” de un criminal: fueron mujeres con historia, con responsabilidades, con gente que las esperaba. 

Este caso también sirve para reconocer señales de alerta que muchas víctimas describen cuando caen en manos de falsos guías, “maestros” o líderes carismáticos: exigencias de secreto, presión para aislarse de amistades o familia, deudas económicas presentadas como “compromiso”, prácticas que cruzan límites bajo la excusa de “terapia”, y un control emocional que convierte el miedo en obediencia. Si algo dentro de ti dice que la puerta se está cerrando, esa sensación merece ser escuchada.

Pedir ayuda a tiempo puede cambiarlo todo. Si hay peligro inmediato, en España la vía urgente es el 112. Para orientación y atención especializada ante violencia contra las mujeres existe el 016 (también WhatsApp 600 000 016 y chat online). Y si has sufrido un delito o necesitas acompañamiento, las Oficinas de Asistencia a las Víctimas del Delito ofrecen un servicio público y gratuito; para denunciar, la Policía Nacional recomienda hacerlo por 091, 112, internet o en dependencias policiales. 


Y si esta historia te remueve por dentro, si te despierta ansiedad o recuerdos, también hay apoyo: la Línea 024 de atención a la conducta suicida existe para sostener en crisis a quien lo necesite y a su entorno. Porque detrás de cada caso no solo quedan víctimas directas; quedan ondas de dolor, miedo y preguntas. Nombrar lo ocurrido con verdad y humanidad es una forma de cuidar, para que la próxima persona que vea una señal extraña no la minimice… y decida actuar. 

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