El martes 9 de abril de 2024 parecía una jornada cualquiera en El Prat de Llobregat, una ciudad del área metropolitana de Barcelona acostumbrada al trasiego de su estación de tren y a la vida familiar de sus barrios. Sin embargo, aquella tarde, el engranaje de la rutina se detuvo bruscamente en la estación de Cercanías. Un hombre de 42 años se había arrojado a las vías, poniendo fin a su vida de manera violenta. Lo que inicialmente parecía un suicidio aislado pronto revelaría ser el epílogo de una atrocidad mucho mayor que yacía oculta a pocos kilómetros de allí.
Cuando los servicios de emergencia y los Mossos d'Esquadra recuperaron el cuerpo y las pertenencias del fallecido, encontraron algo que heló la sangre de los agentes: unas llaves y una nota. En aquel mensaje, lejos de ser una simple despedida, el hombre pedía "perdón" por lo que había hecho, insinuando una desgracia familiar que activó todas las alarmas policiales. La muerte en las vías no era el único suceso de la noche; era la confesión póstuma de un verdugo que acababa de ejecutar su sentencia final.
Siguiendo la dirección del documento de identidad del suicida, varias patrullas se dirigieron con la máxima urgencia a un piso de la calle Agramunt, en una zona céntrica y tranquila de El Prat. Los agentes temían lo peor, pero la realidad que encontraron al abrir la puerta superó cualquier protocolo de emergencia. El silencio en la vivienda era absoluto, un silencio pesado y antinatural que solo se rompió con el hallazgo de los cuerpos sin vida de tres personas.
En el interior del domicilio yacía Vanesa, una mujer de 43 años, junto a sus dos hijos, unos mellizos —niño y niña— de tan solo 8 años. La escena del crimen no dejaba lugar a dudas sobre la violencia ejercida: los tres presentaba signos evidentes de haber sido asesinados horas antes. La madre y los pequeños no habían tenido oportunidad de defenderse ni de huir; habían muerto en el lugar donde deberían haber estado más seguros, su propio hogar.
La autopsia posterior y las investigaciones preliminares confirmaron que las muertes se produjeron por asfixia y violencia física. El padre, antes de salir de casa para suicidarse, había acabado metódicamente con la vida de su familia. No fue un arrebato momentáneo seguido de una huida; fue un acto de exterminio familiar ejecutado con la frialdad suficiente como para cerrar la puerta, ir a la estación y quitarse la vida para evitar la justicia humana.
La noticia corrió como la pólvora por el vecindario a la mañana siguiente. Los vecinos no daban crédito. Describían a la familia como "normal", "discreta" y "educada". No se escucharon gritos, no hubo peleas públicas previas que hicieran presagiar el horror. Esa normalidad aparente es, a menudo, el camuflaje perfecto para los agresores que actúan de puertas para adentro, donde el control y la violencia son invisibles hasta que es demasiado tarde.
Lo más doloroso para el entorno y para la sociedad fue confirmar que no existían denuncias previas por violencia de género. Vanesa no figuraba en el sistema VioGén, ni había acudido a servicios sociales en busca de ayuda. Era una víctima silenciosa, atrapada quizás en una dinámica de maltrato psicológico o control que no llegó a los juzgados, o simplemente víctima de un asesino que decidió que si él no controlaba sus vidas, nadie lo haría.
El caso fue catalogado inmediatamente como un crimen machista y de violencia vicaria extrema. El asesino no solo mató a su mujer por el hecho de serlo, sino que aniquiló a sus hijos para infligir el máximo dolor posible y borrar su descendencia. En la violencia vicaria, los hijos son instrumentalizados como objetos para dañar a la madre, pero en este caso, la crueldad fue total: mató a la madre y también a los instrumentos de su dolor.
La reacción institucional fue de condena unánime. El Ayuntamiento de El Prat decretó tres días de luto oficial y suspendió los actos públicos. La Generalitat y el Ministerio de Igualdad confirmaron la naturaleza machista del triple crimen, sumando a Vanesa y a los mellizos a la macabra estadística de un año, 2024, que se estaba convirtiendo en uno de los más negros en cuanto a violencia contra la infancia.
En la escuela donde estudiaban los mellizos, el impacto fue devastador. Los psicólogos tuvieron que intervenir para explicar a compañeros de 8 años por qué sus amigos ya no volverían a clase. La comunidad educativa, rota de dolor, se unió a las concentraciones de repulsa en la plaza del Ayuntamiento, donde el silencio de cientos de personas gritó más fuerte que cualquier discurso.
Este crimen puso de manifiesto una vez más los fallos de un sistema que a veces no llega a tiempo porque no detecta el peligro. Expertos como Sonia Vaccaro señalaron que, aunque técnicamente se debate si es violencia vicaria pura (al matar también a la madre), el fondo es el mismo: un hombre que se cree dueño de la vida de su familia. El suicidio del agresor cerró la vía penal, extinguiendo su responsabilidad criminal, pero no la deuda moral con las víctimas.
La familia de Vanesa, sus padres y hermanos, quedaron sumidos en un duelo inimaginable. De un golpe, perdieron a una hija y a dos nietos. La herencia que dejó el asesino no fue solo dolor, sino preguntas sin respuesta sobre qué pasó por su mente para destruir todo lo que había construido. La nota de perdón encontrada en su bolsillo sonó hueca y egoísta frente a la magnitud de la pérdida.
El caso de El Prat se sumó a una racha terrible de crímenes similares en 2024, como el de Almería o Girona, encendiendo el debate sobre la protección de los menores en contextos de violencia machista. La sociedad se preguntó, una vez más, cómo es posible que un padre, la figura teórica de protección, se convierta en el verdugo más letal.
Vanesa trabajaba, cuidaba de sus hijos y tenía sueños que quedaron truncados en esa tarde de abril. Los mellizos, con toda la inocencia de sus 8 años, fueron víctimas de una guerra que no entendían, asesinados por la mano que debía guiarlos. Sus nombres pasaron a engrosar listas oficiales, pero para El Prat siempre serán los niños de la calle Agramunt.
Hoy, el piso permanece cerrado, pero la memoria de lo ocurrido sigue abierta. Las flores y velas colocadas en el portal se marchitaron, pero el recordatorio de que la violencia machista es una emergencia nacional sigue vigente. El Prat no olvida a sus tres vecinos arrebatados por la sinrazón.
El crimen de Vanesa y sus hijos nos obliga a no mirar hacia otro lado. Nos recuerda que detrás de cada puerta cerrada puede haber una historia de terror a punto de estallar y que el machismo mata, no solo a mujeres, sino al futuro mismo de la sociedad representado en sus hijos.
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