Abla es un pequeño pueblo de la comarca de Los Filabres-Tabernas, en Almería, donde el blanco de las casas contrasta con la aridez del paisaje. Es un lugar donde el tiempo parece detenerse y los vecinos viven con la tranquilidad de quien se conoce de toda la vida. Sin embargo, el domingo 17 de marzo de 2024, esa paz se rompió para siempre. La noticia que bajó desde un cortijo cercano heló la sangre de sus habitantes: dos de sus vecinas más pequeñas, Elisa y Larisa, habían dejado de jugar para siempre, víctimas de una venganza atroz.
Alina, una joven madre de 23 años de origen rumano, había llegado a Abla buscando refugio y una vida mejor para sus hijas. Larisa, de 4 años, y Elisa, de apenas 2, eran la luz de sus ojos, el motivo por el que se levantaba cada mañana tras una separación traumática. Alina había logrado escapar de una relación marcada por el maltrato y el control, denunciando a su expareja y padre de las niñas por violencia de género. Creía que la orden de alejamiento que tenía vigente sería un muro suficiente para protegerlas.
A pesar de las denuncias y del miedo de Alina, el sistema judicial permitió que el padre mantuviera el régimen de visitas. La ley, a veces ciega ante el riesgo latente, dictaba que las niñas debían pasar tiempo con su progenitor. Aquel fin de semana de marzo tocaba visita. El padre recogió a las pequeñas para llevarlas a un cortijo aislado en el municipio vecino de Alboloduy, un lugar apartado donde nadie podría escuchar lo que estaba a punto de suceder.
El domingo por la tarde, a las 17:00 horas, las niñas debían haber sido devueltas a los brazos de su madre. Pero el reloj avanzó implacable y el coche del padre nunca apareció. A las 17:30, la inquietud de Alina se transformó en pánico. Llamó repetidamente al teléfono de su expareja, pero solo obtuvo el silencio como respuesta. Su instinto le decía que aquel retraso no era un simple descuido; era el presagio de algo terrible.
Desesperada, Alina no quiso esperar más. Acompañada por su actual pareja y guiada por el terror, se dirigió hacia el cortijo de Alboloduy, temiendo encontrarse con la violencia que ya conocía. Al llegar, el escenario estaba extrañamente tranquilo. La puerta estaba cerrada y no se oían risas ni juegos. Fue entonces cuando decidió alertar a la Guardia Civil, intuyendo que sola no podría enfrentar lo que hubiera al otro lado.
Cuando los agentes lograron acceder a la vivienda, cerca de las diez de la noche, se toparon con la escena más cruel imaginable. En una de las habitaciones yacían los cuerpos sin vida de Elisa y Larisa. No había sangre ni signos de lucha evidentes a primera vista, solo el silencio definitivo de dos vidas infantiles truncadas antes de tiempo. Cerca de ellas, también estaba el cadáver del padre.
La autopsia posterior revelaría la mecánica fría y premeditada del crimen. El padre había suministrado a sus propias hijas un pesticida potente, una sustancia tóxica que acabó con sus vidas durante la mañana del domingo. Esperó a que el veneno hiciera efecto, observando el final de las niñas, para después quitarse él la vida ingiriendo la misma sustancia cerca de la medianoche. Todo estaba calculado para que Alina las encontrara muertas.
Este acto no fue un arrebato de locura, sino la ejecución final de una amenaza que Alina ya había escuchado antes: "Te daré donde más te duele". Es la definición pura de la violencia vicaria: utilizar a los hijos como meros instrumentos para infligir un dolor de por vida a la madre. El asesino sabía que matándola a ella el sufrimiento acabaría, pero dejándola viva sin sus hijas, la condena sería eterna.
La noticia destrozó a Alina, que tuvo que recibir asistencia psicológica de urgencia, incapaz de procesar que el sistema que debía proteger a sus hijas las había entregado a su verdugo. "Las mató para hacerme daño", repitió entre lágrimas, una frase que resonó en todos los medios de comunicación y que puso de nuevo sobre la mesa el debate sobre las visitas de padres maltratadores.
El pueblo de Abla se volcó en un duelo colectivo. El Ayuntamiento decretó tres días de luto oficial y las banderas ondearon a media asta. Los vecinos, conmocionados, organizaron una colecta para costear el entierro y ayudar a la joven madre, que se había quedado sola y sin recursos en medio de la pesadilla. La solidaridad fue la única luz en una semana de oscuridad absoluta.
El funeral de Elisa y Larisa fue un acto desgarrador. Cientos de personas acompañaron los pequeños féretros blancos hasta el cementerio local. Globos blancos y rosas fueron soltados al cielo, mientras los compañeros de colegio de Larisa dejaban dibujos y mensajes de despedida. Alina, rota de dolor y sostenida por sus vecinas, tuvo que despedirse de sus "princesas" en una ceremonia que ningún padre debería presenciar.
La indignación social no tardó en llegar. Colectivos feministas y gran parte de la sociedad se preguntaron cómo era posible que un hombre con orden de alejamiento por violencia de género y un juicio pendiente por malos tratos y amenazas pudiera estar a solas con dos niñas indefensas. El fallo del sistema de protección fue evidente y letal.
Se supo después que Alina había intentado ser flexible con las visitas para "ganarse la confianza" del padre y facilitar los trámites de separación, una trampa psicológica en la que caen muchas víctimas bajo coacción. Ella quería volver a Rumanía con sus hijas para empezar de cero, pero necesitaba la firma de él. Ese sueño de libertad fue, paradójicamente, lo que precipitó la venganza del asesino.
Hoy, el cortijo de Alboloduy permanece cerrado, convertido en un monumento a la barbarie. Alina intenta sobrevivir día a día, apoyada por psicólogas y por un pueblo que la ha adoptado como hija propia. No ha podido volver a la casa donde vivía con las niñas; el recuerdo es demasiado doloroso. Sus noches ahora son visitas al cementerio, el único lugar donde puede estar cerca de ellas.
El crimen de Abla quedará marcado en la crónica negra de 2024 como uno de los episodios más tristes de violencia machista. Elisa y Larisa, con 2 y 4 años, no sabían de odios ni de juzgados, solo querían jugar. Su padre les arrebató el futuro no porque no las quisiera, sino porque odiaba más a su madre de lo que las amaba a ellas.
La memoria de las niñas de Abla debe servir para que nunca más se ponga en duda que "un maltratador no puede ser un buen padre". Su silencio nos obliga a gritar justicia para que ninguna otra visita de fin de semana termine en funeral.
0 Comentarios