Álex llevaba un disfraz esa tarde, como tantos niños que viven Halloween como una fiesta de luz en mitad del otoño. Tenía 9 años y estaba jugando cerca de casa, en un parque de Lardero (La Rioja), con esa confianza limpia que solo existe cuando el mundo todavía parece seguro. En cuestión de minutos, esa inocencia chocó contra una realidad que nadie quiere pronunciar en voz alta: a veces el peligro está sentado a unos metros, mirando en silencio, esperando el momento.
La tarde del 28 de octubre de 2021, el hombre que después sería condenado, Francisco Javier Almeida, se acercó al menor y logró que lo acompañara hasta su domicilio, próximo al parque. Lo que la justicia declaró probado es que, ya en el interior, cometió una agresión sexual y provocó la muerte del niño. No hay forma de que una frase así no duela: porque detrás de los términos legales hay una familia a la que le arrebataron el futuro en un solo golpe de crueldad.
En este caso, además, la tragedia no se escondió durante días: la secuencia fue rápida, como si el barrio entero hubiera sentido que algo iba mal. La sentencia recoge que el condenado fue sorprendido en el edificio con el menor, y la intervención fue inmediata, pero no bastó para revertir el final irreversible. A partir de ahí, Lardero quedó suspendido en una mezcla de duelo y rabia, de esas que se sienten en los parques vacíos y en los pasillos de los colegios cuando una ausencia se vuelve imposible de explicar a los más pequeños.
La detención y el avance de la investigación abrieron otra herida que creció casi al mismo ritmo que el dolor: ¿cómo era posible que alguien con antecedentes tan graves estuviera viviendo allí? Esa pregunta se convirtió en un eco social, porque el caso no solo destrozó a una familia: también sacudió la confianza en los mecanismos de control y seguimiento cuando se concede una salida penitenciaria a personas con historial de delitos violentos.
Conforme se conocieron más datos, se confirmó que Almeida ya había sido condenado anteriormente por delitos muy graves. Medios como El País señalaron condenas previas por una agresión sexual a una menor a finales de los años 80 y, más tarde, por la muerte de una joven y una agresión sexual en 1998, con una pena elevada. Esa trayectoria fue una de las razones por las que el tribunal consideró la reincidencia al fijar la pena en el caso de Álex.
También se publicó que el condenado estaba en libertad tras haber accedido a un régimen de semilibertad/tercer grado en abril de 2020, pese a informes penitenciarios desfavorables, y que de no haberse concedido ese cambio de situación no habría estado residiendo en Lardero cuando ocurrió el crimen. Ese dato no reescribe lo sucedido, pero explica por qué la indignación fue tan profunda: porque el dolor se mezcló con la sensación de que hubo fallos que pudieron haberse evitado.
El juicio llegó después, con el peso de tener que convertir una pesadilla en hechos demostrables. Se celebró con Tribunal del Jurado en la Audiencia Provincial, y el 30 de marzo de 2023 el jurado declaró culpable por unanimidad a Almeida por asesinato y agresión sexual. Para la familia, ese día no fue alivio: fue, como mucho, la confirmación oficial de una verdad que ya los había roto por dentro.
La sentencia se dictó el 18 de abril de 2023: prisión permanente revisable por el asesinato y 15 años de prisión por la agresión sexual. Además, se establecieron medidas de alejamiento y prohibiciones posteriores al cumplimiento, y compensaciones económicas a la familia, aunque ninguna cifra puede acercarse a lo que significa perder a un hijo.
El recorrido judicial continuó porque la defensa recurrió. Y ahí es donde el caso se volvió aún más definitivo: el Tribunal Superior de Justicia de La Rioja confirmó la condena en julio de 2023, rechazando que se aplicaran atenuantes y manteniendo la calificación de asesinato con los elementos agravantes apreciados.
La última palabra llegó el 14 de marzo de 2024, cuando el Tribunal Supremo confirmó la pena de prisión permanente revisable y los 15 años por agresión sexual, desestimando el recurso del condenado. Ese cierre judicial, aunque firme, no clausura el duelo: solo fija, de manera irreversible, que lo ocurrido tiene un responsable condenado y una respuesta penal máxima.
Aun así, el apodo con el que se popularizó el caso —“el monstruo de Lardero”— dice más de nuestra necesidad de poner distancia que de la verdad. Porque el peligro no siempre se presenta como algo “extraño”; a veces se camufla en la vida cotidiana, en la rutina del barrio, en la normalidad aparente. Y eso es lo que vuelve este caso tan inquietante: no solo lo que pasó, sino el recordatorio de que el cuidado comunitario no puede depender de la suerte.
En el centro, sin embargo, debería estar Álex. Un niño con edad de juegos y de disfraces, con una familia que salió a buscarlo y terminó encontrándose con el dolor más grande que existe. Cuando ocurre algo así, el impacto no se queda en los padres: alcanza a los abuelos, al hermano si lo hay, a la escuela, a los compañeros que vuelven al parque y ya no lo ven, a los docentes que tienen que explicar lo inexplicable con palabras que nunca son suficientes.
Este caso también dejó una conversación social sobre prevención: qué hacer cuando un adulto se acerca de forma insistente a menores, cuando intenta ganar confianza con “favores”, cuando busca momentos de aislamiento o pide secretos. No hace falta “tener certeza” para actuar: basta con una inquietud razonable para avisar a familiares, al centro escolar o a las autoridades. Muchas tragedias empiezan con señales pequeñas que se normalizan por no “molestar”.
Y si eres madre, padre o cuidador, hay una idea que conviene reforzar sin meter miedo: enseñar a pedir ayuda, a decir “no”, a no irse a un domicilio ajeno aunque parezca “cerca”, y a avisar si alguien les incomoda. La educación preventiva no quita libertad: la protege. También ayuda que los barrios se tomen en serio lo que ven, sin convertirlo en chisme y sin mirar hacia otro lado.
Si este tema te remueve o te preocupa por un menor cercano, lo importante es pedir apoyo temprano. En España, ante peligro inmediato llama al 112. Para orientación y ayuda a infancia y adolescencia existe ANAR (900 20 20 10) y el 116 111. Y si un menor desaparece, el 116 000 es el número europeo para menores desaparecidos. Recordar a Álex con respeto también es esto: convertir el dolor en cuidado real, para que ninguna familia vuelva a vivir la misma noche.
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