Mylan Liempi: el niño de 12 años que fue al Monumental y no volvió, la tragedia del 10 de abril de 2025 y una investigación que aún busca justicia



Mylan Liempi tenía 12 años y una ilusión sencilla, casi universal para un niño hincha: ver a su equipo, sentir el estadio, llevarse una historia feliz para contar al día siguiente. Lo que ocurrió en las afueras del Estadio Monumental convirtió esa ilusión en un vacío que no se llena con minutos de silencio ni con comunicados, porque cuando una familia pierde a un hijo, el mundo se queda sin aire de golpe. 

Había nacido el 1 de agosto de 2012 y vivía en Macul, en la población Jaime Eyzaguirre, un lugar donde el fútbol no es solo deporte: es barrio, pertenencia, conversación diaria. En ese entorno, Mylan era un niño con rutinas, familia, amigos, y la promesa de crecer con el mismo nombre que hoy se repite en tribunales y portadas. 

El 10 de abril de 2025, Colo Colo jugaba ante Fortaleza por Copa Libertadores, y el Monumental se preparaba para una jornada grande. En ese tipo de días, la ciudad se transforma: estaciones con más gente, calles con camisetas, familias que se organizan para llegar temprano. Nadie sale de su casa pensando en un final irreversible, y menos cuando se trata de un niño. 



Pero afuera del estadio, lo que debía ser entrada y espera derivó en caos. Se reportó una avalancha de personas intentando ingresar por la fuerza, y en ese contexto se habló del colapso parcial de una estructura tipo “valla papal”. En medio de empujones y desesperación, el margen para reaccionar se achica hasta volverse inexistente, y el cuerpo más pequeño es el que primero paga el precio. 

Desde el primer día, la gran pregunta fue la misma: cómo ocurrió exactamente la tragedia. Testigos y familiares señalaron la participación de un carro policial (carro lanzagases), y la investigación fue reuniendo registros, cámaras y peritajes para reconstruir segundos que hoy pesan como horas. En un caso así, cada versión importa, porque no se trata de ganar un relato: se trata de establecer verdad y responsabilidades. 

Lo confirmado públicamente es que ese día murieron dos hinchas: Mylan Liempi (12) y la joven de 18 años que distintas fuentes nombran como Martina Riquelme y también como Martina Pérez (en algunos medios aparece como “Martina Pérez” mientras otros la identifican como “Martina Riquelme”). Esa diferencia en el apellido ha generado confusión, pero no cambia el centro de la historia: dos familias quedaron marcadas para siempre. 


En los días siguientes, el dolor tomó forma de funerales, abrazos y una frase repetida por madres y padres que pasan por lo peor: “solo quiero justicia”. La madre de Mylan, identificada en prensa como Pamela Lafuente, fue una de las voces que insistieron en que su hijo no puede quedar reducido a un expediente, porque detrás de cada hoja hay una cama que no se vuelve a desordenar, un plato que no se vuelve a servir, una familia que ya no es la misma. 

También hubo un impacto inmediato en el país futbolero: el partido terminó suspendido, y la tragedia detonó una discusión grande sobre seguridad en los estadios, control de accesos y operación policial en contextos de masas. Cuando un niño pierde la vida a pasos de un recinto deportivo, lo que se rompe no es solo una noche: se rompe la confianza de miles de familias que llevan a sus hijos a ver fútbol creyendo que vuelven juntos. 

La reacción institucional fue rápida y, a la vez, reveladora. La jefa del programa Estadio Seguro, Pamela Venegas, presentó su renuncia tras los hechos, y días después el gobierno anunció el fin del plan Estadio Seguro, afirmando que “ha fracasado” como estructura. Son decisiones fuertes que no reparan lo ocurrido, pero muestran que el caso dejó una marca política y social imposible de esconder. 


Mientras el país debatía, la investigación avanzaba con capas cada vez más técnicas: informes tanatológicos, análisis de cámaras corporales, declaraciones, reconstituciones y peritajes del vehículo policial. En mayo de 2025, el fiscal a cargo confirmó una reconstitución de escena y que carabineros ocupantes del carro estaban siendo investigados como imputados. La historia empezaba a moverse desde la conmoción hacia el terreno duro de las pruebas. 

A lo largo de 2025, reportajes de investigación publicaron nuevos antecedentes. CIPER informó de pericias y testimonios que apuntaban a que el vehículo policial habría atropellado directamente a ambos jóvenes, y describió la reconstitución realizada el 27 de mayo de 2025 como una diligencia clave. En paralelo, también se registraron testimonios que discutían elementos del lugar (como la presencia o no de una valla justo sobre las víctimas), lo que refleja por qué la justicia requiere reconstrucción seria y no conclusiones rápidas. 

El avance más reciente llegó el 22 de diciembre de 2025, cuando el 13.º Juzgado de Garantía de Santiago decretó arresto domiciliario total y arraigo nacional para dos funcionarios de Carabineros imputados en la causa, con un plazo de 120 días para la investigación. La Fiscalía Metropolitana Oriente los formalizó por apremios ilegítimos con resultado de homicidio, y aunque el Ministerio Público solicitó prisión preventiva, el tribunal optó por medidas cautelares distintas. Es importante decirlo con claridad: esto es parte del proceso, no una sentencia final. 


Para la familia de Mylan, esa audiencia no fue “un paso legal” más: fue volver a escuchar su nombre en una sala donde se decide si el país lo mirará de frente o si lo dejará perderse entre tecnicismos. En casos así, la justicia no es venganza: es verdad, reconocimiento y garantías de que no se repetirá. Y por eso duele tanto cuando el camino parece lento, porque el duelo no tiene pausas procesales. 

Este caso también dejó una lección incómoda sobre eventos masivos: cuando hay presión de multitudes, accesos sobrepasados y decisiones tomadas en segundos, el riesgo se dispara. La seguridad no puede depender de la suerte ni de la resistencia de una reja; tiene que depender de planificación, control de flujos, protocolos claros y rendición de cuentas. Si algo se aprendió en Macul esa tarde, es que la improvisación en contextos de masa siempre le cobra la cuenta al más vulnerable. 

Y si hablamos de prevención sin convertir el miedo en costumbre, hay señales que conviene tomar en serio en cualquier evento: aglomeraciones sin control, empujones sostenidos, accesos colapsados, niños separados de sus adultos, personas cayendo sin poder levantarse, y vehículos operando en espacios donde la gente está comprimida. A veces, la decisión más valiente no es “aguantar”, sino retroceder, buscar un punto seguro y pedir ayuda a tiempo.



Si estás en Chile y presencias una situación de riesgo, las emergencias se activan rápido: Carabineros 133, Ambulancia 131, Bomberos 132. Y si un niño o adolescente está en peligro o necesita orientación para denunciar vulneraciones, existe el Fono Niños 147 (Carabineros), disponible 24/7; para violencia intrafamiliar, el Fono Familia 149; y para orientación en violencias de género, el 1455 (SernamEG). Porque la historia de Mylan no debería quedarse solo en lo que pasó: también debería empujar a cuidar mejor a quienes van al estadio con la confianza de volver a casa. 

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