“Me llevo a Marianito y en unos días volvemos”: la desaparición de Mariano Iván Kaczuba, el niño que se fue con su padre y nunca regresó



Florencio Varela, sur del Gran Buenos Aires, octubre de 2001. Mariano Iván Kaczuba tiene 4 años, una mochila pequeña, un jardín de infantes al que asiste todos los días y una rutina dividida entre la casa de su mamá y las visitas a su papá. Esa semana, Juan Mariano Kaczuba, de 66 años, le dice a Silvia Noemí López que quiere llevar al nene como otras veces a Misiones, a visitar a la familia en Posadas. No es un viaje extraño: ya han ido antes, vuelve cansado pero contento. Esta vez, en cambio, padre e hijo suben al micro… y jamás regresan. Así empieza el caso de Mariano Iván Kaczuba, una historia de sustracción parental, silencios y encubrimientos que, más de dos décadas después, sigue sin respuesta. 

Antes de desaparecer, la vida de Mariano transcurría en un entorno tan común que duele pensar en lo que vendría. Nació el 11 de abril de 1997 y vivía con su madre y sus hermanas en Florencio Varela; sus padres tenían un pequeño comercio y un locutorio que atendían a pulmón. Lo describen como un nene tranquilo, algo tímido, pegado a sus hermanas mayores y muy curioso. Iba al jardín con regularidad, jugaba en la vereda y llevaba una vida tan de barrio como cualquiera. Silvia ha repetido muchas veces que con Juan Mariano no había, al menos en apariencia, conflictos graves: se separaron, sí, pero mantenían un vínculo “correcto” por el bien del nene. 

Los viajes a Misiones formaban parte de ese acuerdo. Juan Mariano, oriundo de esa provincia, subía seguido hacia Posadas para ver a su familia o hacer trabajos temporales; a veces iba solo, otras veces se llevaba al pequeño Mariano unos días, con el compromiso de devolverlo en fecha. Nunca había pasado nada raro. Por eso Silvia acepta aquel viaje de comienzos de octubre de 2001: padre e hijo se despiden en Florencio Varela con la promesa de volver a los pocos días, igual que siempre. Para ella es otro tramo de esa custodia compartida de hecho, tan frágil como los acuerdos verbales que miles de familias sostienen sin papeles. 


Lo primero que la inquieta no es el silencio del hijo, sino el del padre. Los días pasan y Juan Mariano no llama para avisar que llegaron bien ni para contar cuándo vuelven. Silvia empieza a marcar, una y otra vez, los teléfonos de Misiones. Al principio le dicen que “salieron a hacer unos mandados”, después que “ya volvieron a Buenos Aires” y, finalmente, que Juan está muerto y que el nene está desaparecido. Tres versiones distintas en pocos días, todas desde el mismo entorno familiar paterno. Es en ese momento cuando el miedo se transforma en certeza: algo muy grave está ocurriendo. Silvia viaja a Posadas y radica la denuncia. 

La justicia misionera abre una causa por sustracción ilegal del menor y desaparición, con intervención del Juzgado de Instrucción 3 de Posadas. Se ordenan intervenciones telefónicas, declaraciones y rastrillajes en distintos puntos donde podría estar el niño. Silvia, acompañada por una de sus hijas, recorre pueblo tras pueblo siguiendo pistas mínimas: alguien que dice haber visto a un nene parecido, un comentario de que “el hijo de Juan vive por acá”. Va a jardines de infantes; algunas maestras, conmovidas, le permiten entrar a las aulas para mirar uno por uno los rostros de los chicos por si alguno fuera Mariano. Siempre sale con el corazón en la mano… y las manos vacías. 

En uno de aquellos recorridos, un comisario de Alem se comunica con su par de Santa Ana: un testigo ha señalado una casa donde supuestamente viven padre e hijo. Una comisión policial se presenta en el domicilio, pero los ocupantes aseguran que ni Juan ni Mariano están allí y que, en realidad, se habrían ido a Paraguay hacía ya un año. De golpe, la pista se traslada al otro lado de la frontera y se suma a algo que la madre siente desde el principio: alrededor de Juan Mariano parece haber un cerco de protección, un encubrimiento familiar que dificulta cada paso de la investigación. 


Con el tiempo, el expediente se va enfriando. No hay constancia oficial de la supuesta muerte de Juan Mariano Kaczuba, no hay registro claro de un cruce hacia Paraguay con el niño, no hay testigos que digan con certeza dónde vieron por última vez a Mariano Iván. Lo que sí hay, según reconstruyen medios y organizaciones, es una familia paterna que se contradice, que cambia de versión y que nunca termina de colaborar del todo. La investigación, sin una línea firme, va quedando casi paralizada, atrapada entre jurisdicciones, silencios y burocracia. Mientras tanto, en Florencio Varela, el cuarto de un nene de 4 años se mantiene congelado en 2001. 

En paralelo, entra en escena Missing Children Argentina. A pedido del juez de Posadas, la organización crea una ficha de búsqueda con los datos de Mariano: fecha de desaparición 10 de octubre de 2001, lugar Florencio Varela, edad 4 años entonces, 28 años hoy. En 2013 elaboran una proyección de edad para imaginar cómo podría verse el chico a los 13: afinan rasgos, simulan el crecimiento, publican la imagen en su web y la comparten en redes, con la esperanza de que alguien —o incluso el propio Mariano, si la ve— reconozca algo familiar en ese rostro adolescente. 

La historia de Mariano Iván aparece a cuentagotas en los medios nacionales. En 2013, el diario El Territorio de Misiones cuenta el caso como “el chico que se perdió en Buenos Aires y ahora lo buscan en Posadas”, recordando que se lo vio por última vez en la casa de Florencio Varela y que, desde entonces, la familia materna no ha parado de viajar y buscar. En 2017, la presidenta de Missing Children, Lidia Grichener, menciona su nombre en una entrevista sobre niños desaparecidos a La Nación, junto a casos como Milagros de los Ángeles Cordero y María Luján Olguín, para visibilizar que muchos de esos chicos ya son adultos y siguen sin aparecer. En 2021, un informe de TN vuelve a incluir la desaparición de Mariano en una lista de niñas y niños que se esfumaron y hoy serían personas mayores de edad. 


Mientras tanto, la familia no abandona. Silvia abre un perfil de Facebook con el nombre de su hijo y llena el muro con las fotos que tiene: Mariano en brazos de su hermana, Mariano jugando, Mariano junto a Juan Mariano Kaczuba. Publica también las imágenes del padre, por si alguien en algún pueblo de Misiones, Paraguay o cualquier otro lugar reconoce a ese hombre mayor y al chico que lo acompaña. Organizaciones como Presentes Ausentes, Fundación ANAR y cuentas de difusión de personas desaparecidas comparten cada tanto la ficha: “seguimos buscando a Mariano Iván Kaczuba, sustraído ilegalmente por su padre en 2001; si sabés algo, llamá al 0800-333-5500”. 

Con los años, empiezan a surgir preguntas que nadie sabe responder. Silvia nunca habló de peleas graves ni de una ruptura violenta con el padre del niño, lo que hace más difícil entender por qué Juan Mariano habría decidido cortar todo vínculo. ¿Fue una huida impulsiva que se le fue de las manos? ¿Entregó al nene a otra familia, quizá fuera del país, convencido de que estaría mejor así? ¿Está vivo y oculto, o realmente murió y con él se fue la clave para encontrar a Mariano? Hoy, si siguiera con vida, el padre tendría alrededor de 86 años; cuesta imaginar que una persona tan mayor pueda seguir sosteniendo sola una mentira tan pesada, y por eso algunas teorías apuntan a terceros: familiares o personas que lo habrían ayudado a desaparecer al chico. 

Lo que no es teoría es el impacto que todo esto ha dejado en la familia materna. Silvia ha contado que, en aquellos primeros años, llegaba a revisar uno por uno los chicos que salían de las escuelas, o a entrar en plazas y mirar cada carita con la fantasía de reconocer a su hijo. En Misiones, las maestras que la dejaron pasar a las aulas fueron testigos mudos de esa escena: una madre que se detiene unos segundos frente a cada niño, buscando en sus rasgos una copia de aquel nene de cuatro años que tiene grabado en la memoria. Ese desgaste emocional, sumado a la sensación de abandono institucional, ha hecho que en los últimos años prefiera hablar poco con la prensa y concentrar sus fuerzas en seguir viviendo, sin dejar de esperar. 

En 2025, el caso de la desaparición de Mariano Iván Kaczuba sigue oficialmente abierto pero sin grandes movimientos. No hay noticias de avances recientes en la causa de Posadas; lo que persiste es el trabajo silencioso de Missing Children y otras ONG que mantienen su ficha activa, y las campañas periódicas en redes repitiendo siempre la misma frase: “el tiempo pasa, pero seguimos buscándote”. Su nombre aparece ya no solo en listados de menores desaparecidos, sino también en artículos sobre sustracción parental, recordando que no todas las desapariciones son obra de un extraño en la calle: a veces, la amenaza viene de la mano que debería cuidar.

La pesadilla del caso Mariano Iván Kaczuba es precisamente esa: no hay gritos en la madrugada ni un desconocido acechando en la esquina; hay un viaje familiar, una promesa de regreso y un adulto de confianza que decide no volver. Desde entonces, el niño que se fue con su papá podría ser hoy un hombre de casi treinta años que quizá ignora su verdadero nombre, su origen y la historia de una madre que nunca dejó de buscarlo. Contar su caso, una y otra vez, no es recrearse en el dolor: es intentar que, en algún rincón de Misiones, Paraguay o cualquier otro lugar, alguien reconozca su cara, su historia o la de ese padre que un día se llevó a “Marianito” y no lo trajo de vuelta. Porque a veces, la única forma de romper una pesadilla es que por fin llegue a los oídos de la persona que la está viviendo sin saberlo.

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