Eva Yasmin (Bilbao, 30 de mayo de 2025): la violencia vicaria que rompió una familia en Rekalde y el mensaje que llegó demasiado tarde



Eva Yasmin tenía 13 años y la edad en la que una habitación todavía guarda rastros de infancia aunque el mundo ya empiece a exigir respuestas de adulta. Esa madrugada, en Bilbao, su nombre dejó de pertenecer a su casa para pertenecer a una noticia que nadie quería leer. No era un caso lejano: era una menor, era un portal, era un barrio entero despertando con el corazón en la garganta. 

El 30 de mayo de 2025, alrededor de las cinco de la mañana, se produjo el hecho que las autoridades confirmaron como violencia vicaria: una forma de violencia machista en la que se lastima a los hijos para herir a la madre. El Ministerio de Igualdad condenó públicamente el crimen y precisó un dato que suele repetirse con una crueldad silenciosa: no existían denuncias previas por violencia de género contra el presunto agresor. 

Ocurrió en el barrio de Rekalde, en Bilbao, en una vivienda situada en la zona de Larraskitu. Allí vivía Eva con su madre y su padre, Pedro Gonzalo Castillo Orellana, de 43 años, según informaron medios nacionales. Lo que desde fuera puede parecer “una familia más” por dentro estaba, al parecer, en un momento especialmente delicado: se habló de tensiones y de una posible separación o cambio de vivienda, un punto de alto riesgo cuando existe control y la relación se está rompiendo. 

Antes del desenlace, la madre de Eva logró salir de la casa con heridas y pedir ayuda. La Policía Municipal la auxilió y fue trasladada al hospital, fuera de peligro según las primeras informaciones. Es una de las imágenes más duras de comprender: una mujer huyendo para salvarse, sabiendo que detrás queda lo que más ama, sin tiempo para calcular nada. 


En el interior del domicilio, Eva perdió la vida. La Ertzaintza investigó lo ocurrido como violencia vicaria y las crónicas señalaron que, después, el padre se quitó la vida, lo que impide un proceso penal ordinario contra él. Eso deja una forma extraña de vacío: el daño ocurre, la autoría se atribuye con claridad en los informes, pero el juicio que muchas familias necesitan para sentir verdad pública nunca llega. 

A veces, lo más aterrador de estas historias no es la oscuridad de la noche, sino lo cotidiano del lugar. Un piso donde se desayuna, se discute por tonterías, se guardan mochilas, se regañan tareas. En ese tipo de escenarios, la violencia no entra como un extraño: entra como algo que ya estaba dentro, creciendo en silencio, esperando el momento en que la víctima intenta salir del control. 

Tras conocerse el crimen, Bilbao y las instituciones vascas reaccionaron con concentraciones de repulsa. El Ayuntamiento difundió su condena y se realizó un acto institucional en la ciudad. Esos minutos de silencio son necesarios, pero también insuficientes: la familia de Eva no vuelve a la normalidad cuando termina la concentración; vuelve a una casa donde el aire ya no pesa igual. 


El Ministerio de Igualdad subrayó que se trataba de la segunda víctima menor por violencia vicaria en España en 2025 y recordó que desde 2013 se contabilizan oficialmente decenas de menores asesinados en este contexto. Las cifras importan para entender el patrón, pero nunca deben tapar el centro: Eva no es un número, es una niña con rostro, con historia, con una familia que ya no podrá abrazarla. 

La Cadena SER recogió declaraciones del viceconsejero de Seguridad del Gobierno Vasco confirmando el carácter vicario del crimen y señalando de nuevo que no había denuncias previas. En Euskadi, además, existen recursos específicos y líneas de atención que muchas víctimas no llegan a usar porque el miedo convence de que “no es para tanto” o de que “nadie va a creerme”. Y cuando el miedo gana, el riesgo crece. 

En este caso, el golpe también abre una conversación incómoda: cómo se detectan las señales cuando no hay denuncias, y qué se hace con el control “invisible”. El control no siempre se presenta como grito; a veces es vigilancia del teléfono, prohibiciones disfrazadas de “preocupación”, cambios de humor que obligan a caminar con cuidado, o una convivencia donde la madre ya vive en modo supervivencia. 

La violencia vicaria tiene una particularidad que la vuelve especialmente cruel: busca dañar donde más duele, usando a los hijos como instrumento. Por eso, en rupturas con antecedentes de control o amenazas, el riesgo no se minimiza ni se negocia. Se toma en serio. Se planifica salida. Se pide ayuda acompañada. Se prioriza la protección de los menores, incluso cuando el entorno insiste en “no exagerar”. 


Para quien está fuera, es fácil preguntar “¿por qué no se fue antes?”. Para quien está dentro, a veces irse se siente más peligroso que quedarse. La dependencia emocional, el miedo a represalias, la falta de red, el cansancio, la vergüenza, el “por mi hija aguanto”... Todo eso puede inmovilizar. Y el agresor lo sabe: por eso el control suele aumentar cuando percibe que la víctima se está alejando. 

La pérdida de Eva deja también otra herida: la de una madre que sobrevive con un dolor que no tiene mapa. En violencia vicaria, la víctima directa también es la madre, porque el objetivo es destruirla por dentro, dejarla viviendo con un antes y un después. Las asociaciones que trabajan este tema insistieron, tras el caso, en reforzar la coordinación institucional y la protección real de menores cuando hay riesgo. 

Si algo puede rescatarse como conciencia, es aprender a escuchar señales sin exigir pruebas “perfectas”. Amenazas del tipo “te vas a arrepentir”, mensajes que buscan aterrorizar, episodios de control que se normalizan, aislamiento, miedo en la mirada… y, sobre todo, el presentimiento de que la ruptura puede desatar una reacción peligrosa. Cuando una madre dice “tengo miedo”, esa frase no se discute: se cree. 

Si eres familia, amistad o vecindario y detectas riesgo, tu papel importa. No se trata de enfrentarse sin protección; se trata de acompañar y activar ayuda: ofrecer un lugar seguro, ayudar a planificar una salida, guardar documentación importante, y llamar a emergencias si hay peligro. En situaciones críticas, una llamada puede ser la diferencia entre llegar a tiempo o llegar a duelo. 


En España, si estás en peligro inmediato, llama al 112. Para violencia contra las mujeres, el 016 atiende 24/7 (y también WhatsApp 600 000 016). En Euskadi existe el 900 840 111 como recurso de atención, citado por el Gobierno Vasco tras este caso. Y si necesitas orientación para menores, ANAR 900 20 20 10 y el 116 111 pueden ayudar. Pedir ayuda no es un gesto pequeño: es un paso hacia la vida. 

Eva Yasmin tenía 13 años. Ese dato debería bastar para que el país entero se quedara en silencio de verdad, no solo un minuto. Recordarla con respeto es no convertirla en morbo, no repetir su historia como entretenimiento, y sí convertir su nombre en una advertencia útil: cuando el control aparece, cuando el miedo se instala, cuando una mujer intenta irse… es cuando más apoyo necesita. Porque la libertad nunca debería pagarse con una ausencia. 

Cuando el miedo te roba la voz, esto grita por ti

En situaciones de pánico, la garganta se cierra y pedir ayuda se vuelve imposible. Esta alarma personal está diseñada para romper el silencio ensordecedor de una agresión: un sonido de 140dB y una luz estroboscópica para disuadir y alertar cuando tú no puedes hacerlo.

Ver cómo funciona

Leer más

Publicar un comentario

0 Comentarios