El Palmar es una pedanía murciana conocida por su tranquilidad y su vida vecinal, un lugar donde las puertas suelen abrirse a los amigos y la confianza es moneda común. Sin embargo, el domingo 10 de septiembre de 2023, esa calma se rompió en la calle República Argentina. En el interior de un domicilio familiar, Maravillas, una mujer de 63 años muy querida en la zona, se disponía a pasar una tarde tranquila sin sospechar que la amenaza no vendría de un desconocido, sino del círculo más íntimo de su propio hogar.
La vida de Maravillas giraba en torno a su familia, especialmente a su hijo, Alejandro, un joven que en aquel momento mantenía una estrecha amistad con Bryan R.P., de origen boliviano. Ambos compartían tiempo y confidencias, una relación que parecía sólida ante los ojos de los demás. Sin embargo, bajo la superficie de esa amistad, se estaba gestando una narrativa tóxica relacionada con el dinero y una supuesta herencia familiar que, según se diría después, se convirtió en el motor de una tragedia absurda.
Aquella tarde de septiembre, Bryan se dirigió a la casa de Maravillas con un plan en mente. Iba armado con un revólver de aire comprimido y llevaba el rostro cubierto con una braga o pasamontañas para ocultar su identidad. Su objetivo, según confesaría más tarde ante el tribunal, era apoderarse de un dinero en efectivo —entre 20.000 y 30.000 euros— que creía que la mujer guardaba en la vivienda, supuestamente proveniente de una herencia del marido fallecido.
El asaltante logró acceder al inmueble sin forzar la entrada, un detalle que inicialmente levantó sospechas sobre si alguien le había facilitado el acceso. Una vez dentro, el destino jugó su carta más cruel: durante el asalto, la prenda que cubría el rostro de Bryan se deslizó o cayó, dejando su cara al descubierto. Maravillas, que se encontró de frente con el intruso, no vio a un ladrón anónimo, sino al amigo de su hijo, al chico que probablemente había sentado a su mesa en alguna ocasión.
Al verse reconocido, el pánico y la violencia se apoderaron de Bryan. Lejos de huir, decidió que la única forma de asegurar su impunidad era silenciar a la única testigo de su crimen frustrado. La atacó con una brutalidad desmedida, golpeándola repetidamente hasta causarle la muerte. El robo, que supuestamente era el móvil principal, pasó a un segundo plano ante la explosión de violencia alevosa ejercida sobre una mujer indefensa en la seguridad de su salón.
La huida del asesino fue tan caótica como el crimen. Al intentar abandonar la vivienda, se topó con el marido de Maravillas y padre de Alejandro, a quien también agredió en su desesperación por escapar. Acorralado y sin una salida limpia, Bryan intentó descolgarse por un balcón o ventana para llegar a la calle, pero la maniobra salió mal y sufrió una caída desde cierta altura que le provocó heridas considerables, impidiéndole alejarse demasiado del lugar de los hechos.
La Policía Nacional llegó rápidamente, alertada por el tumulto, y detuvo a Bryan en las inmediaciones, herido y visiblemente alterado. La escena que encontraron dentro de la casa era dantesca, confirmando que Maravillas había sido asesinada con saña. Pero la sorpresa llegó poco después, cuando las autoridades también detuvieron a Alejandro, el hijo de la víctima, bajo la sospecha de haber sido el autor intelectual del robo que acabó en muerte.
Durante la instrucción del caso, las versiones de los dos amigos se enfrentaron radicalmente. Bryan, desde la cárcel, aseguró que Alejandro fue quien ideó el plan, facilitándole información y supuestamente las llaves para entrar, con la promesa de repartirse el botín a medias. Según su relato, el hijo estaba resentido porque su madre no le entregaba el dinero de la herencia, pintando a Alejandro como un parricida codicioso que envió a su amigo a hacer el trabajo sucio.
Alejandro, por su parte, defendió su inocencia desde el primer minuto. Negó haber planeado robo alguno y aseguró que su madre era "el salvavidas de su vida", la persona que más quería. Su defensa sostuvo que Bryan actuó por cuenta propia, movido quizás por comentarios sacados de contexto o por su propia avaricia, y que él no tenía nada que ver con la entrada del asesino en la vivienda aquel fatídico domingo.
El caso conmocionó a Murcia y mantuvo en vilo a la opinión pública hasta diciembre de 2025, fecha en la que se celebró el juicio con jurado popular en la Audiencia Provincial. Durante las sesiones, se desgranaron las pruebas y los testimonios, intentando discernir si había un monstruo o dos detrás de la muerte de Maravillas. La tensión en la sala era palpable, con la familia de la víctima dividida entre el dolor y la duda sembrada por el asesino confeso.
El jurado popular, tras deliberar, emitió un veredicto contundente a mediados de diciembre de 2025. Declararon a Bryan culpable de asesinato con alevosía y de robo con intimidación en grado de tentativa. Consideraron probado que mató a Maravillas para evitar ser descubierto tras ser reconocido, aplicando la agravante de alevosía por la indefensión de la víctima y rechazando sus excusas.
Sin embargo, la decisión sobre Alejandro fue absolutoria. Los miembros del jurado no encontraron pruebas de que el hijo hubiera conspirado con el asesino. Creyeron la versión de que no le entregó las llaves y que no existió un "pacto criminal" para robar a su propia madre. Se determinó que Bryan actuó solo en la ejecución y planificación final, desmontando la teoría de la fiscalía que pedía prisión también para el hijo.
La sentencia definitiva, dictada por el magistrado el 23 de diciembre de 2025, condenó a Bryan R.P. a una pena total de 21 años de prisión: 20 años por el delito de asesinato y un año más por la tentativa de robo. Además, se le impuso la obligación de indemnizar a la familia, cerrando así la vía penal para el autor material de los hechos.
Para Alejandro, la absolución significó la libertad legal, pero el veredicto no borra la tragedia de haber perdido a su madre a manos de quien consideraba su amigo. El tribunal reconoció que la acusación contra él se basaba en datos inexactos y en la palabra de un asesino que intentaba repartir culpas, devolviéndole su inocencia ante la sociedad, aunque el estigma de la sospecha inicial es una herida difícil de cerrar.
El móvil económico que impulsó a Bryan resultó ser una quimera: el jurado estableció que en la vivienda ni siquiera existía tal cantidad de dinero en efectivo proveniente de la herencia. Maravillas murió por un botín fantasma, víctima de la codicia infundada de un joven que decidió que su vida valía menos que unos billetes imaginarios que nunca llegó a encontrar.
Hoy, la casa de El Palmar permanece como testigo mudo de aquella traición. La justicia ha hablado, enviando al culpable a prisión por más de dos décadas y exonerando al hijo, pero para la familia de Maravillas, la sentencia no devuelve la presencia de una madre y esposa que abrió la puerta a la confianza y encontró la muerte. El "crimen del Palmar" se cierra judicialmente, pero deja tras de sí la lección amarga de que, a veces, el peligro más letal viene disfrazado de amistad.
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