El Crimen de la Zapatería Acín: 18 Años de Silencio en Sabadell



El barrio de Sol i Padrís, en Sabadell, era en 2007 un lugar donde la vida transcurría con la familiaridad de los vecindarios de toda la vida. En el corazón de esta comunidad se encontraba la zapatería Acín, un negocio local atendido por Ana María Milán, una mujer de 41 años que llevaba trabajando allí desde que era casi una niña. Ana María era el rostro amable que recibía a los clientes, una mujer divorciada, madre de un hijo y descrita por todos como una persona sin enemigos, trabajadora y de un carácter excelente.

La tarde del 28 de febrero de 2007 comenzó como cualquier otra jornada laboral, pero terminó convirtiéndose en una de las páginas más oscuras de la crónica negra catalana. Ana María se encontraba sola en el establecimiento, cumpliendo con su turno, cuando la normalidad se rompió de forma violenta. Nadie en la calle escuchó gritos ni vio movimientos extraños que alertaran de lo que estaba ocurriendo tras el mostrador de aquella tienda llena de cajas de zapatos.

La alarma saltó cuando la familia de Ana María no pudo contactar con ella. Su hermana Encarna, presintiendo que algo grave había sucedido, corrió hacia la zapatería con el corazón en un puño. Al llegar, se encontró con un cordón policial que le impidió el paso, una barrera física que confirmaba sus peores temores. Dentro, la escena que hallaron los investigadores era dantesca, propia de una furia que no encajaba con el perfil de una simple dependienta.


El cuerpo de Ana María yacía en la trastienda, brutalmente agredido. El asesino no se había limitado a un ataque rápido; la mujer presentaba heridas de arma blanca, un corte profundo en el cuello realizado con un cúter cuya hoja se encontró rota en el escenario, e incluso el impacto de una bombona de butano en la cabeza. La saña empleada hablaba de una violencia desmedida, muy superior a la necesaria para cometer un simple robo.

A pesar de la brutalidad, el móvil del robo parecía débil. De la caja registradora apenas faltaban unos 200 euros, una cantidad irrisoria para justificar tal ensañamiento. Este detalle llevó a los Mossos d'Esquadra a plantearse desde el principio que el agresor podría haber tenido otra motivación, quizás personal o sexual, o que se trataba de alguien que conocía a la víctima y cuya identidad quedó expuesta durante el asalto, obligándole a matarla para no dejar testigos.

La investigación inicial se topó con un muro de silencio. A pesar de interrogar a vecinos y revisar el entorno de la víctima, no aparecieron pistas sólidas. No había cámaras de seguridad que hubieran captado al agresor entrando o saliendo, y las pruebas biológicas recogidas en aquel momento no arrojaron coincidencias en las bases de datos policiales. El asesinato de Ana María se fue enfriando poco a poco, pasando a engrosar la estantería de casos sin resolver.


Tuvieron que pasar doce largos años para que el caso volviera a la actualidad. En junio de 2019, la Unidad Central de Homicidios de los Mossos d'Esquadra detuvo a un hombre de 68 años, un fontanero jubilado que vivía cerca de la zapatería y que había sido cliente del establecimiento. La detención trajo una ola de esperanza a la familia, que creyó ver por fin el final de su calvario judicial.

Sin embargo, aquella esperanza fue efímera. Tras pasar a disposición judicial, el sospechoso quedó en libertad provisional. El juez consideró que los indicios presentados, aunque apuntaban hacia él, no eran lo suficientemente contundentes como para mantenerlo en prisión preventiva o dictar una sentencia condenatoria en ese momento. El caso volvió a sumirse en la incertidumbre, dejando al presunto asesino en la calle y a la familia de Ana María destrozada de nuevo.

El silencio volvió a reinar en torno a la zapatería Acín hasta finales de 2025. Los avances en las técnicas forenses permitieron a los investigadores someter la ropa que Ana María llevaba el día de su muerte a nuevos análisis microscópicos. Lo que la tecnología de 2007 no pudo ver, la de 2025 lo reveló con claridad: en las prendas de la víctima había trazas de metales muy específicos.


Los análisis detectaron partículas de hierro, cobalto y plomo, una combinación de elementos que no es habitual encontrar en la ropa de una dependienta de zapatería, pero que es extremadamente común en la indumentaria de alguien que trabaja con tuberías y soldaduras. Estas micropartículas señalaban directamente, una vez más, hacia la profesión del fontanero que ya había sido investigado años atrás.

Con estos nuevos indicios técnicos, el Juzgado de Instrucción número 5 de Sabadell decidió reactivar la causa. En noviembre de 2025, el sospechoso, que ahora cuenta con unos 75 años, fue citado nuevamente a declarar. La justicia intentaba cerrar el cerco, utilizando la ciencia para vincular físicamente al hombre con la escena del crimen, demostrando que hubo un contacto directo entre él y la víctima en el momento del ataque.

A pesar de la contundencia de los nuevos hallazgos forenses, la comparecencia del investigado el 26 de noviembre de 2025 no tuvo el desenlace que la acusación esperaba. El juez, tras escuchar su declaración, decretó de nuevo su libertad con cargos. Aunque las partículas metálicas son un indicio de peso, por sí solas no bastaron para decretar su ingreso inmediato en prisión, manteniéndose las medidas cautelares mientras se completa la instrucción.


Para la hermana de Ana María y el resto de su familia, esta decisión ha sido un nuevo golpe emocional. Han pasado casi dos décadas esperando una respuesta, viendo cómo el principal sospechoso entra y sale de los juzgados sin que llegue una condena firme. La sensación de impunidad se mezcla con el dolor de la ausencia, creando una herida que no termina de cicatrizar.

El caso de la zapatera de Sabadell se encuentra ahora en un punto crítico. La investigación policial se da prácticamente por concluida con la certeza de tener al responsable identificado, pero la batalla judicial exige una carga de prueba que no deje lugar a la duda razonable. Los Mossos están convencidos de que las piezas del puzle encajan, pero falta el último golpe de mazo del juez.

La zapatería Acín cerró sus puertas hace tiempo, pero el recuerdo de lo que allí ocurrió sigue vivo en la memoria del barrio. Los vecinos no olvidan a Ana María, aquella mujer amable que encontró la muerte en su lugar de trabajo. La reapertura del caso en 2025 ha vuelto a poner su nombre en las conversaciones, recordándonos que los crímenes no prescriben en el corazón de quienes amaron a la víctima.

Hoy, mientras el sospechoso sigue en libertad, la justicia tiene una última oportunidad para saldar su deuda con Ana María Milán. 18 años después, la verdad parece estar más cerca que nunca, atrapada en unas partículas invisibles de metal que podrían ser la clave para que, por fin, la zapatera de Sabadell pueda descansar en paz y su asesino pague por la atrocidad cometida.

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