No fue solo una cuerda: el caso Mario Biondo, el cámara hallado muerto en Madrid que aún pide respuestas


El 30 de mayo de 2013, en un piso del centro de Madrid, todo parecía congelado en una escena que la policía describió en pocas líneas: Mario Biondo, 30 años, cámara de televisión italiano, marido de la presentadora Raquel Sánchez Silva, apareció sin vida en el salón de la vivienda que compartían en la calle Magdalena, en la zona de Tirso de Molina. En pocas horas, aquella imagen se resumió en dos palabras frías: “muerte voluntaria”. Doce años y tres autopsias después, ni su familia ni parte de la justicia italiana y española aceptan que la historia termine ahí.

Antes de convertirse en “el caso Mario Biondo”, Mario era el chico de Palermo que había cumplido su sueño: trabajar en televisión y enamorarse en un rodaje. En 2011 conoció a Raquel durante la grabación de Supervivientes: ella presentadora desde Honduras, él cámara del equipo técnico. La química se hizo visible muy pronto y, en junio de 2012, se casaron en Taormina, Sicilia, en una boda luminosa frente al mar. Tras la luna de miel, fijaron su vida en Madrid: ella como rostro habitual de Mediaset, él como operador de cámara en la misma casa. Desde fuera, parecían esa pareja joven y prometedora que lo tiene todo en marcha.

La jornada previa al final de Mario fue, en apariencia, rutinaria. Raquel estaba fuera por trabajo, en un viaje a Extremadura, y él se quedó solo en el piso. Quedó con amigos, habló por teléfono con su familia en Italia, hizo planes para el día siguiente: tenía que madrugar porque debía cubrir un evento deportivo. Algunas fuentes sitúan sus últimas horas entre vídeos, videojuegos y mensajes, nada que encaje con la imagen de alguien que prepara un adiós. Pero en la madrugada del 30, ese hilo de normalidad se rompe para siempre.


A primera hora, Raquel intenta llamarle sin éxito. Preocupada, contacta con otras personas para que se acerquen a la vivienda. Será una empleada del hogar la que, al entrar, se encuentre la escena: Mario en el salón, con una cuerda al cuello sujeta a una estantería, ya sin vida. La policía acude, revisa la casa, no ve signos evidentes de robo ni de entrada forzada y encaja rápido la hipótesis: un acto auto infligido, en un contexto que se da por supuesto. El juzgado de instrucción respalda esa lectura y, en cuestión de semanas, la causa se archiva en España como muerte voluntaria.

Para la familia Biondo, en Palermo, aquello fue como recibir dos golpes seguidos: la noticia de la muerte y la rapidez del cierre. Tras el funeral, pidieron que el cuerpo fuera repatriado a Sicilia y solicitaron una nueva autopsia. En total, a lo largo de estos años se han hecho tres exámenes forenses y dos exhumaciones del cuerpo de Mario: uno en España y dos en Italia. Las tres autopsias oficiales, en términos estrictamente técnicos, mantuvieron la etiqueta de muerte voluntaria, pero algunos peritos italianos empezaron a señalar detalles que, a sus ojos, no encajaban con una escena tan “simple”.

Los padres, Santina D’Alessandro y Giuseppe “Pippo” Biondo, nunca aceptaron que su hijo se hubiera quitado la vida. Durante años han denunciado lo que consideran una investigación superficial en España: fotografías que no se tomaron, móviles que no se analizaron a fondo, registros informáticos borrados y una primera autopsia que, según ellos, pasó por alto lesiones compatibles con la presencia de terceras personas. Ante la negativa de reabrir el caso en Madrid, llevaron su batalla a Italia: lograron que la Fiscalía de Palermo abriera diligencias y que se exhumara el cuerpo para nuevos análisis.



En agosto de 2022, el juez de instrucción de Palermo archivó la causa italiana… pero lo hizo dejando por escrito algo que lo cambiaba todo: a la vista de los informes, consideraba “probable” que Mario hubiera sido víctima de un ataque y que la escena del salón fuera una puesta en escena para simular una muerte voluntaria. El magistrado hablaba de “mano desconocida”, pero reconocía también que, por el tiempo transcurrido y las carencias de la investigación inicial, era prácticamente imposible identificar a un responsable concreto. Italia cerraba, sí, pero dejando encendida una luz roja sobre la versión oficial española.

Mientras tanto, el “caso Biondo” se hacía cada vez más mediático. En 2023, Netflix estrenó la docuserie Las últimas horas de Mario Biondo, presentada como una investigación coral con más de 200 horas de grabación y entrevistas a familiares, periodistas, investigadores y peritos. La serie reavivó la conversación pública sobre qué pudo ocurrir en aquel piso de Madrid y dividió al público: para algunos, confirmaba las dudas; para otros, era un ejercicio de morbo sin conclusiones firmes. La familia llegó a denunciar a la plataforma por considerar que el relato era parcial y que no recogía todas las anomalías que ellos llevaban años señalando.

En España, la vía judicial parecía cerrada desde 2016, cuando la Audiencia Provincial de Madrid rechazó definitivamente reabrir el caso y ratificó el archivo inicial como muerte voluntaria. Pero la resolución de Palermo en 2022 y los nuevos informes forenses italianos cambiaron el tablero. En 2023 y 2024, el despacho Vosseler Abogados, que representa a la familia, presentó documentación actualizada ante los juzgados madrileños para pedir la reapertura, argumentando que existían indicios de intervención de terceros que nunca se habían investigado a fondo.


El giro más contundente llegó en octubre de 2025. La Audiencia Provincial de Madrid, al resolver sobre estas nuevas peticiones, se negó a reabrir la causa por un motivo estrictamente procesal —la llamada cosa juzgada—, pero reconoció negro sobre blanco algo que hasta entonces nadie había escrito en un auto español: que hay indicios de que la muerte de Mario Biondo “pudo no ser voluntaria” y que la instrucción inicial fue “inapropiada” y dejó sin practicar diligencias clave, como ciertas búsquedas de comunicaciones y registros. Por primera vez, un tribunal en España ponía en duda la versión con la que se había cerrado el caso doce años antes.

En paralelo, la familia había dirigido parte de sus sospechas hacia el entorno más cercano de Mario, lo que derivó en una denuncia por presunto homicidio contra Raquel Sánchez Silva y un primo de ella. En 2025, esa pieza quedó definitivamente archivada: la Audiencia de Madrid exculpó de forma firme a la presentadora, concluyendo que no existía ningún indicio penal contra ella y avalando la resolución previa del juzgado de instrucción. Desde el punto de vista jurídico, Raquel queda fuera del caso; cualquier señalamiento contra su persona entra en el terreno de las opiniones y del dolor familiar, no de los hechos probados.

Lejos de rendirse, los padres de Mario han anunciado que llevarán su lucha al Tribunal Constitucional y, si es necesario, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En una rueda de prensa en Barcelona, en otoño de 2025, Santina y Pippo volvieron a mostrar fotos de su hijo sonriendo y a hablar de esa “mano que permanece desconocida” que, según ellos y según la justicia italiana, podría estar detrás del final de Mario. Denuncian borrados sospechosos en el ordenador de su hijo, pruebas que tardaron años en viajar de España a Italia y contradicciones en varias declaraciones recogidas durante las comisiones rogatorias.


Entre informes forenses, autos, documentales y tertulias, el cuerpo de Mario ha sido exhumado dos veces, ha pasado por tres mesas de autopsia y ha quedado atrapado en una especie de limbo: oficialmente, su muerte sigue etiquetada en España como acto voluntario, mientras que en Italia un juez dejó por escrito que la opción de un ataque camuflado como suicidio es “probable”. En medio de esas dos verdades procesales, no hay a día de hoy ninguna persona imputada ni juicio en marcha por su final.

El caso Mario Biondo se ha convertido ya en algo más que la historia de un cámara hallado sin vida en su salón: es un espejo incómodo sobre cómo se investigan algunas muertes, sobre la presión del tiempo, los fallos en las primeras horas y el choque entre dos sistemas judiciales que miran lo mismo y ven cosas distintas. También ha alimentado un debate que va más allá de los tribunales: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar la explicación más rápida cuando los detalles hacen ruido? ¿Cuánto pesa el contexto —ser joven, estar casado, tener éxito— a la hora de descartar que alguien quisiera hacer daño?


Al final, detrás de las palabras “suicidio”, “homicidio” o “muerte sospechosa” hay un chico de 30 años que llamó a sus padres la tarde anterior, una pareja que planeaba vacaciones y unos padres que cruzan fronteras con una carpeta en la mano buscando justicia. Doce años después, el salón de la calle Magdalena ya no es noticia, pero el eco de aquella escena sigue resonando en autos judiciales, foros de internet y noches de insomnio. Y la pregunta que flota, incómoda, es siempre la misma: si de verdad no fue solo una cuerda, ¿quién fue la mano que decidió que Mario Biondo no vería amanecer aquel 30 de mayo de 2013?

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