Osa de la Vega, Cuenca. 21 de agosto de 1910. José María Grimaldos, apodado "El Cepa", un joven pastor de pocas luces y carácter simple, fue visto por última vez en el camino hacia Tresjuncos. Llevaba encima el dinero de la venta de unas ovejas y la intención de buscar remedio para una hernia que le atormentaba. Su desaparición, en un principio, no levantó grandes sospechas, asumiéndose que había marchado por su propio pie. Sin embargo, la sombra de la duda y las habladurías del pueblo pronto comenzaron a tejer una soga invisible alrededor de dos hombres inocentes.
La familia de "El Cepa", convencida de que su hijo no se habría ido sin avisar, señaló directamente a dos compañeros de oficio: León Sánchez Gascón y Gregorio Valero Santiago. Ambos habían tenido disputas menores o burlas con el desaparecido, suficiente combustible para el fuego de la sospecha rural. Aunque el juez de instrucción inicial sobreseyó el caso en 1911 por falta de pruebas y de cuerpo, la insistencia de la familia y el cambio de autoridades judiciales reabrieron la causa en 1913 con una virulencia inusitada.
La llegada del nuevo juez de instrucción de Belmonte, Isasa, marcó el inicio del horror. Decidido a resolver el caso a cualquier precio y presionado por el caciquismo local, ordenó a la Guardia Civil que consiguiera resultados. León y Gregorio fueron detenidos y sometidos a interrogatorios que hoy se clasificarían sin duda como tortura sistemática, pero que entonces eran "métodos hábiles" para extraer la verdad.
El calvario físico fue atroz. Los agentes utilizaron técnicas brutales para quebrar su voluntad. Se les alimentó exclusivamente con bacalao salado y arenques, privándoles de agua durante días enteros, llevándolos al límite de la desesperación fisiológica. También sufrieron palizas, arrancamiento de uñas y simulacros de castración. El objetivo era claro: debían confesar un crimen que no habían cometido.
Incapaces de soportar más dolor, León y Gregorio se rindieron. Confesaron lo que los guardias querían oír. Inventaron una historia macabra para satisfacer a sus verdugos: dijeron que habían matado a "El Cepa" para robarle, que lo habían descuartizado y que habían hecho desaparecer el cuerpo. La tortura fue tan efectiva que, cuando los llevaron al campo para reconstruir los hechos, los acusados se preguntaban mutuamente en voz baja: "¿Dónde decimos que lo enterramos?".
Con la confesión firmada, el engranaje judicial los aplastó. En 1918, se celebró el juicio en la Audiencia de Cuenca. El fiscal pidió la pena de muerte por garrote vil. Afortunadamente, el jurado, aunque los declaró culpables, apreció atenuantes que les salvaron la vida, conmutando la pena capital por 18 años de prisión para cada uno. La sociedad respiró tranquila: los "monstruos" estaban entre rejas.
León y Gregorio pasaron más de once años en prisión. Sus vidas fueron destruidas; sus familias, estigmatizadas y arruinadas. Perdieron su juventud, su honor y su salud en penales como el de Cartagena y San Miguel de los Reyes. En 1924 y 1925, obtuvieron la libertad condicional por buena conducta, regresando a un mundo que los seguía mirando con asco y miedo.
Pero la verdad tiene la costumbre de emerger cuando menos se la espera. El 8 de febrero de 1926, el cura del pueblo cercano de Tresjuncos recibió una carta (o visita, según la versión) del párroco de otro municipio, Mira. Un feligrés quería casarse y necesitaba su partida de bautismo. El nombre del novio heló la sangre del sacerdote: José María Grimaldos, "El Cepa".
La noticia corrió como la pólvora y llegó a oídos del juez de Belmonte, quien ordenó traer inmediatamente a ese hombre. Cuando "El Cepa" se presentó en Osa de la Vega, vivo, envejecido pero intacto, el shock fue absoluto. No había muerto. Simplemente, se había ido caminando hasta el pueblo de Mira, donde había rehecho su vida trabajando como porquero, ajeno a que dos hombres habían pagado con sangre su ausencia.
El encuentro entre el "muerto" y sus supuestos asesinos es uno de los momentos más dramáticos de la historia judicial española. Cuando el juez confrontó a Grimaldos con León y Gregorio, estos, todavía aterrorizados por el recuerdo de las torturas, dudaron si era real. "¿Me matasteis vosotros a mí?", preguntó el simple de Grimaldos. "No, José María, no te matamos", respondieron llorando los dos hombres rotos.
El escándalo sacudió los cimientos del régimen de Primo de Rivera y llegó a la prensa nacional. El Tribunal Supremo tuvo que intervenir de urgencia. En un recurso de revisión histórico, declaró nula la sentencia de 1918 y proclamó la inocencia absoluta de León Sánchez y Gregorio Valero. El "Crimen de Cuenca" pasó a llamarse popularmente "El crimen que nunca existió".
La repercusión social fue inmensa. Se evidenció la brutalidad de los métodos policiales y la negligencia de los jueces que aceptaron confesiones arrancadas bajo tortura sin una sola prueba material ni un cadáver. El Estado tuvo que indemnizar a las víctimas, aunque ninguna cantidad podía devolverles la década perdida ni borrar las cicatrices físicas y psicológicas.
A pesar de la victoria legal, la vida de León y Gregorio nunca volvió a ser normal. Se les ofreció un puesto de trabajo como guardas en Madrid para alejarlos del ambiente hostil del pueblo, donde las rencillas y la vergüenza de los acusadores falsos hacían difícil la convivencia. Vivieron el resto de sus días con la amargura de la injusticia grabada en la piel.
El caso trascendió las décadas. En 1979, la directora Pilar Miró rodó la película "El crimen de Cuenca", que fue secuestrada militarmente y censurada por la democracia recién nacida, siendo la única película española prohibida durante la Transición, lo que demuestra que, incluso 50 años después, la herida sobre la tortura policial seguía escociendo en las instituciones.
A fecha de 2026, el caso sigue siendo el referente absoluto del error judicial en España. Se estudia en las facultades de Derecho como la prueba empírica de por qué la confesión del acusado nunca puede ser la "reina de las pruebas" si no hay evidencias que la corroboren.
El "Cepa" murió de viejo años después, sin entender jamás la magnitud de la tragedia que su simpleza y su silencio habían provocado. Pero la verdadera tragedia no fue su marcha, sino la maquinaria del Estado que, ante la falta de un culpable, decidió fabricar dos, triturando la verdad a base de bacalao y sed.
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