Vitoria, Álava. Década de 1870. La llanada alavesa, una región de brumas y caminos rurales solitarios, se convirtió en el escenario de una pesadilla que paralizó a la sociedad vasca del siglo XIX. Las mujeres empezaron a aparecer muertas en los alrededores de la capital, pero no eran simples homicidios. Los cuerpos presentaban mutilaciones atroces, violaciones y, en algunos casos, evisceraciones que recordaban a las labores de matanza del ganado. El responsable no era un espíritu maligno, sino un jornalero de aspecto tosco y mirada perdida llamado Juan Díaz de Garayo.
Nacido en 1821 en Eguilaz, Garayo era un hombre marginado, analfabeto y con un historial de comportamientos extraños, aunque nadie lo consideraba peligroso hasta que cruzó la línea. Casado cuatro veces y viudo tres, su vida estaba marcada por la miseria y el alcohol. Su carrera criminal comenzó en 1870 con un asesinato motivado inicialmente por el robo, pero que despertó en él una pulsión latente mucho más oscura: el placer de matar vinculado a la frustración sexual.
Su primera víctima confirmada fue una prostituta anciana a la que estranguló tras haber pagado por sus servicios. Sin embargo, el patrón de "El Sacamantecas" se definió con sus siguientes crímenes. Garayo abordaba a mujeres, muchas de ellas jóvenes o prostitutas en situaciones vulnerables, ofreciéndoles dinero o compañía. Cuando intentaba mantener relaciones sexuales y fracasaba debido a su impotencia o disfunción, la vergüenza se transformaba en una ira homicida incontrolable.
El modus operandi era brutal. Utilizaba sus propias manos para estrangular o un cuchillo para apuñalar. Pero lo que generó el terror absoluto y dio origen a su apodo fue lo que hacía después. En varios de sus crímenes, Garayo abrió el abdomen de las víctimas con herramientas de campo. Esta mutilación post-mortem, unida a la superstición popular de la época, hizo que la gente creyera que buscaba extraer las "mantecas" o grasas humanas.
La leyenda urbana corrió como la pólvora. Se decía que los ricos pagaban fortunas por ungüentos hechos con grasa de doncellas para curar la tuberculosis, o que el gobierno usaba esa grasa para lubricar las nuevas y modernas vías del ferrocarril. Garayo se convirtió en el "Sacamantecas", el monstruo con el que se asustaba a los niños para que no salieran de casa al anochecer. Vitoria vivió años de toque de queda autoimpuesto por el pánico.
Sin embargo, la realidad forense era diferente. Garayo no era un comerciante de grasa humana; era un asesino desorganizado y sádico. Las autopsias y su posterior confesión revelaron que, aunque abría los cuerpos, nunca se llevó la grasa para venderla. Las evisceraciones eran actos de profanación, una forma de destruir el objeto de su deseo frustrado. El mito superó a la realidad, convirtiéndolo en un hombre del saco sobrenatural.
Durante casi diez años, actuó con impunidad, amparado por la falta de técnicas policiales modernas y por la movilidad que le daba su trabajo en el campo. Mató a seis mujeres confirmadas (cuyas edades oscilaban entre los 13 y los 55 años) e intentó asesinar a otras cuatro que lograron escapar milagrosamente. Fueron precisamente los testimonios de las supervivientes los que empezaron a dibujar el rostro del ogro.
El final de su reinado de terror llegó en 1880. Garayo intentó atacar a una mujer, Juana Bish, pero esta resistió y sus gritos alertaron a los vecinos. Fue detenido poco después. Su captura fue un evento multitudinario; la gente quería linchar al hombre que había sembrado el miedo en sus hogares. Ante la policía, Garayo mostró una frialdad pasmosa. No negó los hechos; los relató con una indiferencia que heló la sangre de los jueces.
"Me daban ganas de matar y mataba", fue una de sus frases más recordadas. No había remordimiento, solo la descripción mecánica de sus impulsos. Explicó que sentía una opresión en el pecho y calor en la cabeza que solo se aliviaban al ver la muerte. Esta descripción despertó el interés de la ciencia médica de la época, que debatía entre la maldad pura y la enfermedad mental.
El juicio se celebró en Vitoria en medio de una expectación nacional. Abogados y psiquiatras debatieron sobre su imputabilidad. ¿Era un loco (un "monomaniaco" en términos de la época) o un malvado? La defensa intentó alegar enajenación mental, basándose en su bajo intelecto y sus antecedentes familiares, pero la brutalidad de los crímenes y la consciencia con la que narraba los hechos pesaron más.
Fue condenado a muerte por garrote vil. La ejecución tuvo lugar el 11 de mayo de 1881 en el Polvorín Viejo de Vitoria. Miles de personas acudieron a presenciar el final del monstruo. Se cuenta que Garayo subió al cadalso con entereza, pidiendo perdón a medias y aceptando su destino. El torniquete metálico puso fin a su vida, pero dio inicio a la segunda fase de su historia: la científica.
Tras su muerte, el cuerpo de Garayo no descansó. En pleno auge de la frenología y las teorías de Cesare Lombroso (que buscaban rasgos físicos de la criminalidad), su cabeza fue separada del cuerpo para ser estudiada. Los doctores querían encontrar en su cerebro la "anomalía" física que explicara su maldad. Buscaban una deformidad, una marca biológica del asesino.
El estudio del cráneo de "El Sacamantecas" se convirtió en una obsesión para antropólogos como el doctor Esquerdo. Sin embargo, no encontraron nada extraordinario a nivel anatómico que justificara sus actos, más allá de ciertos rasgos que ellos interpretaron subjetivamente como "primitivos". La maldad de Garayo no estaba escrita en sus huesos, sino en su psique.
A fecha de 2026, el cráneo de Juan Díaz de Garayo sigue existiendo. Se conserva en el Museo de Antropología Forense de la Universidad Complutense de Madrid, junto a los de otros criminales históricos. Es una pieza de museo que nos observa desde las cuencas vacías, recordándonos los orígenes de la criminología en España.
La figura del "Sacamantecas" permeó la cultura popular española para siempre. El término dejó de referirse solo a él para convertirse en sinónimo de secuestrador de niños o asesino misterioso. Aún hoy, en algunas zonas rurales, se utiliza la expresión para advertir sobre los peligros de confiar en extraños.
El caso de Juan Díaz de Garayo es el eslabón perdido entre el bandolerismo antiguo y el asesino en serie moderno en España. No mataba por dinero, aunque a veces robara; mataba por una compulsión interna. Fue el Jack el Destripador español, actuando casi en la misma época, pero en los caminos polvorientos de Álava en lugar de la niebla de Londres.
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