La mañana de este sábado, 3 de enero de 2026, los pasillos del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) han sido testigos de una sentencia histórica que cierra uno de los capítulos más oscuros de la crónica negra madrileña. Los magistrados han decidido corregir el fallo anterior y endurecer el castigo contra Mauricio S.G., el agente de la Policía Local de Alcalá de Henares que asesinó a su tía abuela. La condena ya no es de 39 años; ahora, el policía se enfrenta a la Prisión Permanente Revisable, la máxima pena legal, sellando su destino tras las rejas de por vida.
La historia de esta traición comenzó en 2021, cuando el cuerpo sin vida de María de los Ángeles, una anciana de 86 años, fue hallado en su domicilio de Alcalá. La escena parecía sacada de un manual básico de criminalidad: cajones revueltos, joyas desaparecidas y la apariencia de un robo violento que había terminado en tragedia. Sin embargo, para los expertos de Homicidios, había un detalle que gritaba en medio del silencio: la puerta no estaba forzada. El asesino no había entrado rompiendo; había entrado con llave.
Las miradas de los investigadores no tardaron en posarse sobre la figura de Mauricio. No era un sospechoso habitual. Era policía local, un hombre entrenado para proteger, y sobrino nieto de la víctima. Para la anciana, él era su pilar, la persona de confianza que la acompañaba al médico y gestionaba sus asuntos. Lo que ella no sabía es que, bajo el uniforme, su sobrino escondía una vida secreta de deudas asfixiantes y una codicia que estaba a punto de estallar.
La investigación financiera destapó la realidad de Mauricio: estaba en la ruina. Sus cuentas bancarias eran un agujero negro de préstamos y gastos descontrolados. La única luz al final de su túnel económico era la herencia de su tía abuela, de quien era heredero universal. Pero Mauricio no estaba dispuesto a esperar a que la naturaleza siguiera su curso. Necesitaba el dinero ya, y decidió que la vida de la mujer que lo quería valía menos que su solvencia financiera.
La noche del crimen, el policía ejecutó su plan con una frialdad espeluznante. Aprovechando que tenía llave, entró en la vivienda mientras la mujer estaba sola. No hubo piedad. Se valió de su superioridad física y de las técnicas que conocía para inmovilizar y asfixiar a una persona octogenaria con movilidad reducida. La atacó en el lugar donde ella se sentía más segura, transformando su hogar en una trampa mortal sin salida.
Tras acabar con su vida, Mauricio puso en marcha la fase de encubrimiento. Revolvió la casa, simuló que faltaban objetos de valor y creó un escenario caótico para despistar a sus propios compañeros de profesión. Creía que su placa actuaría como un escudo de invisibilidad, confiando en que nadie sospecharía de "uno de los nuestros". Sin embargo, subestimó la tecnología y la perseverancia de la Policía Nacional.
Las cámaras de seguridad de la zona y el geoposicionamiento de su teléfono móvil fueron su perdición. Las pruebas digitales lo situaron en la escena del crimen a la hora exacta de la muerte, desmontando su coartada. Además, su comportamiento en los días posteriores, fingiendo dolor en el tanatorio y consolando al resto de la familia mientras calculaba cuándo cobraría la herencia, reveló un perfil psicopático carente de empatía.
Su detención provocó un seísmo en el cuerpo policial de Alcalá. Mauricio ingresó en prisión provisional negándolo todo, manteniendo una actitud arrogante. En el primer juicio, celebrado en la primavera de 2025, un jurado popular lo declaró culpable por unanimidad, y la Audiencia Provincial le impuso 39 años de cárcel. Pero la Fiscalía y la acusación particular no se conformaron; sabían que la gravedad de los hechos exigía un castigo mayor.
El recurso presentado ante el TSJM ha dado sus frutos este inicio de 2026. El alto tribunal ha considerado que la alevosía fue absoluta y que la vulnerabilidad de la víctima era extrema. Atacar a una anciana de 86 años, en su propia casa y abusando de la confianza familiar, constituye un agravante que justifica la Prisión Permanente Revisable. La justicia ha entendido que no fue un homicidio más, sino una ejecución doméstica premeditada.
Esta nueva sentencia implica que Mauricio no verá la luz del sol en libertad en, al menos, 25 años, momento en el que se revisará si está rehabilitado, algo poco probable dado su perfil. La decisión envía un mensaje contundente: la traición a la sangre y a los vulnerables se paga con el aislamiento perpetuo. El uniforme que vestía para imponer la ley no le ha servido para burlarla.
La defensa del policía ha anunciado que recurrirá al Tribunal Supremo en un último intento desesperado, pero las pruebas son una losa demasiado pesada. El análisis de su situación económica, las grabaciones y los restos biológicos han tejido una red de la que difícilmente podrá escapar. La avaricia rompió el saco y, con él, su vida entera.
Para la familia de María de los Ángeles, esta sentencia definitiva trae un cierre necesario. Han tenido que soportar no solo la pérdida de la matriarca, sino el dolor de saber que el verdugo comía en su misma mesa. La herencia maldita que motivó el crimen nunca llegará a manos de Mauricio; su único legado será el de ser el policía que mató por dinero.
El caso ha servido también para revisar los controles internos en los cuerpos de seguridad sobre agentes con problemas económicos graves, entendiendo que la desesperación financiera puede ser un detonante peligroso para quienes portan armas y placa. Mauricio cruzó una línea de la que no hay retorno.
En la celda donde pasará el resto de sus días, Mauricio tendrá tiempo de sobra para pensar en el error de cálculo. Creyó que cometería el crimen perfecto, pero olvidó que en la investigación de homicidios, los lazos familiares y el dinero son siempre el primer hilo del que se tira.
El crimen de Alcalá de Henares quedará marcado en la historia judicial como el ejemplo de la máxima crueldad por lucro. La Prisión Permanente Revisable es ahora la única realidad para el hombre que quiso heredarlo todo y terminó perdiendo hasta su nombre.
Hoy, la justicia ha hablado alto y claro: no hay placa que cubra la mancha de sangre de un familiar. Mauricio S.G. entró a esa casa como heredero y saldrá de la historia como un asesino condenado a vivir entre muros hasta el fin de sus días.
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