Coronel Suárez, una localidad bonaerense donde el ritmo suele ser apacible, se convirtió a principios de diciembre de 2025 en el epicentro de una tragedia que supera la ficción más oscura. En un camino rural cercano a Huanguelén, dentro de un camión detenido al costado de la ruta, la policía halló una escena que heló la sangre incluso de los oficiales más experimentados. Gustavo Gabriel Suárez, de 48 años, había cumplido la amenaza final de un hombre que decidió usar la vida de su propio hijo como herramienta de venganza.
Todo comenzó con una relación rota y una obsesión enfermiza. Gustavo Suárez no aceptaba la separación de Dayana García, una sargento de la Policía Bonaerense que había decidido poner fin a la convivencia para protegerse a ella y a su hijo, Francisco, de tan solo 4 años. Dayana, conocedora de los ciclos de violencia, había acudido a la justicia en repetidas ocasiones, advirtiendo que Suárez era un hombre peligroso y que su inestabilidad emocional representaba un riesgo latente para el menor.
Sin embargo, el sistema falló estrepitosamente. A pesar de las advertencias y de los audios amenazantes que Suárez enviaba, el Juzgado de Garantías decidió derivar el caso al Juzgado de Paz local, burocratizando una urgencia de vida o muerte. Las medidas de restricción de acercamiento, ese "papel" que tantas veces se ignora, no fueron suficientes para detener a un hombre que ya había planificado meticulosamente cómo infligir el mayor dolor posible a su expareja.
La noche del crimen, Suárez pasó a buscar a su hijo. Nada parecía fuera de lo normal para los vecinos que los vieron, pero en la mente del hombre, ese era el último viaje. Condujo su camión hasta una zona apartada, lejos de miradas indiscretas, llevando consigo un arma calibre .22. Mientras tanto, Dayana comenzó a recibir una serie de mensajes que confirmaban sus peores pesadillas: Suárez no tenía intención de devolver al niño.
El mensaje final, que hoy resuena con una crueldad insoportable, fue enviado directamente al teléfono de la madre. "Nos vamos con Fran así estás tranquila como lo pediste", escribió Suárez, tergiversando la realidad para culpar a la víctima de su propia decisión asesina. En el texto, lleno de resentimiento y odio, le recriminaba haber rehecho su vida y haberle "mentido", utilizando la manipulación emocional más vil para justificar lo injustificable.
"Ahora a llorar a la iglesia, Dayana", sentenció en la carta que dejó escrita, una misiva cargada de frases lapidarias como "pan y ajo" (aguantarse y joderse), burlándose del dolor futuro de la madre. Suárez le describió con frialdad sádica cómo ella sufriría cada vez que viera a un niño con el guardapolvo de jardín, sabiendo que su hijo ya no estaría allí para usarlo. No fue un arrebato de locura; fue una ejecución emocional planificada.
Dentro del vehículo, Suárez disparó contra el pequeño Francisco. El niño recibió un impacto de bala en la cabeza. Acto seguido, el hombre volvió el arma contra sí mismo y se quitó la vida de la misma forma, sellando un pacto de muerte unilateral. Cuando la policía, alertada por Dayana y sus compañeros de la fuerza, llegó al lugar tras rastrear la ubicación, se encontraron con el silencio absoluto de la muerte.
A pesar de la brutalidad del acto, los servicios de emergencia encontraron a Francisco con signos vitales muy débiles. Fue trasladado de urgencia al hospital local en un intento desesperado por salvarlo, pero la gravedad de la herida hizo imposible el milagro. El pequeño falleció a los pocos minutos, convirtiéndose en víctima de lo que se conoce como violencia vicaria: el asesinato de un hijo para destruir en vida a la madre.
La noticia corrió como la pólvora por Huanguelén y Coronel Suárez. La indignación social se dirigió no solo contra la figura del asesino, sino contra el juez Alberto Mansi y el sistema judicial que desoyó las súplicas de Dayana. ¿Cómo era posible que un hombre con denuncias y un perfil violento tuviera acceso irrestricto a su hijo? La pregunta quedó flotando en el aire viciado de la morgue judicial.
En la carta hallada, Suárez también escribió: "Te propusimos que no te vayas a Pigüé y lo hiciste igual. No te importó el amor de tu hijo, así que ahora hacete cargo de tus actos". Estas palabras evidenciaron que el crimen fue un castigo por la autonomía de la mujer, por su decisión de mudarse y seguir adelante. El niño no era para él una persona, sino un objeto de su propiedad con el que podía negociar o destruir según su conveniencia.
El entierro de Francisco fue una manifestación de dolor colectivo. Dayana, destrozada, tuvo que despedir a su hijo mientras la sociedad le exigía respuestas a un Estado ausente. El caso reabrió el debate sobre la efectividad de las medidas perimetrales y la necesidad de suspender el régimen de visitas ante la más mínima sospecha de riesgo, algo que en este caso no se hizo a tiempo.
A día de hoy, enero de 2026, la causa penal contra Gustavo Suárez se ha extinguido por la muerte del imputado, pero la causa social sigue abierta. Organizaciones feministas y de derechos del niño han tomado el nombre de Francisco como bandera para exigir reformas legales que impidan que los violentos usen a sus hijos como armas.
El perfil de Suárez, analizado post mortem, encaja con el del psicópata integrado: un hombre que hacia afuera podía parecer funcional, pero que en la intimidad ejercía un control coercitivo letal. Su suicidio no fue un acto de arrepentimiento, sino la última pieza de su venganza, asegurándose de no enfrentar las consecuencias terrenales de sus actos y dejando a Dayana con la carga de la supervivencia.
La frase "Nos vamos así estás tranquila" quedará grabada como el epítome del cinismo criminal. Suárez no buscaba la tranquilidad de nadie; buscaba el tormento eterno de quien osó dejarlo. Francisco, con su inocencia de 4 años, pagó el precio de una guerra que no era suya, atrapado en el asiento de un camión junto al hombre que debía protegerlo.
Huanguelén intenta volver a la normalidad, pero la sombra del camión en la ruta persiste. La casa de Dayana está vacía de risas infantiles, y el guardapolvo que Suárez mencionó en su carta cuelga ahora como un testigo mudo de la ausencia. La justicia llegó tarde, y cuando llega tarde, ya no es justicia, es solo autopsia.
Este caso nos recuerda que la violencia de género no termina con la separación; a veces, es ahí donde comienza su fase más letal. Gustavo Suárez y Francisco ya no están, pero la lección de sangre que dejaron en Coronel Suárez nos obliga a no mirar nunca más hacia otro lado cuando una madre dice: "Tengo miedo".
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