El Emparedador de Torremolinos: Marco Gaio Romeo y la Justicia que Llegó Tarde


La historia criminal de Marco Gaio Romeo, un ciudadano italiano de 45 años residente en la Costa del Sol, no es solo el relato de un asesino, sino la radiografía de un fracaso institucional. En mayo de 2023, la localidad malagueña de Torremolinos se vio sacudida por un feminicidio brutal, pero lo que nadie imaginaba es que esa muerte destaparía una casa de los horrores que había permanecido oculta durante nueve años. Marco no era un asesino primerizo; era un depredador que había logrado burlar al sistema, viviendo sobre la tumba de su primera víctima mientras cortejaba y asesinaba a la segunda.

El detonante de la caída de Marco fue el asesinato de Paula, una joven española de 28 años, el 17 de mayo de 2023. Tras una discusión en el domicilio que compartían, Marco la atacó con una ferocidad inusitada, asestándole 14 puñaladas. No fue un crimen silencioso; los vecinos escucharon los gritos, pero la rapidez del ataque impidió cualquier auxilio. Marco huyó de la escena, pero fue capturado horas más tarde. Hasta ese momento, para la policía, era otro caso trágico de violencia de género, un nombre más en la lista negra del año.

Sin embargo, el verdadero horror emergió en la comisaría. Mientras era interrogado por la muerte de Paula y al ver un cartel de "Desaparecida" colgado en el tablón de anuncios policial, Marco soltó una confesión espontánea y escalofriante que congeló a los agentes: "A esa la maté yo también. Está emparedada en mi casa". La mujer de la foto era Sibora Gagani, su expareja italo-albanesa, desaparecida sin dejar rastro en el verano de 2014.

El perfil de Marco Gaio Romeo es el de un narcisista de manual con rasgos psicopáticos. Durante casi una década, construyó una vida de normalidad aparente sobre un secreto atroz. Su *modus operandi* con Sibora reveló una planificación y una frialdad extremas. Tras apuñalarla en 2014, decidió que no se desharía del cuerpo en un descampado o en el mar. Optó por algo mucho más siniestro: construir un cajón de madera, introducir el cadáver cubierto de cal y ácido para evitar el olor, y emparedarlo dentro de su propio apartamento en el barrio de El Calvario.

La policía registró el piso indicado, que ahora estaba habitado por otros inquilinos ajenos al horror que escondían sus paredes. Tras picar en el lugar señalado por Marco, utilizando detectores de rayos X, encontraron el sarcófago improvisado. Allí estaban los restos de Sibora, preservados por la cal, junto a un ramo de flores y el cuchillo con el que la mató. Este detalle del ramo revela la psique retorcida del asesino: una mezcla de trofeo, remordimiento teatral y posesión eterna. Para él, Sibora seguía siendo suya, atrapada en su muro para siempre.

Aquí es donde entra el análisis crítico del sistema. El caso de Marco Gaio Romeo es la prueba palpable de que la justicia falló estrepitosamente. Sibora Gagani desapareció en 2014 y su familia insistió desde el primer día en que no se había ido voluntariamente. Señalaron a Marco, dijeron que él la maltrataba y que la tenía controlada. Sin embargo, la policía trató el caso como una "desaparición voluntaria", cerrando la investigación sin realizar un registro exhaustivo de la vivienda en aquel entonces.

Si en 2014 se hubieran cruzado los datos y escuchado a la familia con perspectiva de género, Paula estaría viva hoy. Marco no era un desconocido para el sistema VioGén; tenía antecedentes por violencia con otras parejas posteriores a Sibora. A pesar de figurar en las bases de datos policiales como un agresor reincidente, nadie conectó su historial violento con la desaparición de la mujer italo-albanesa. Fue un error de conexión de puntos que costó una segunda vida.

El *modus operandi* de Marco evolucionó del ocultamiento sofisticado a la violencia explosiva. Con Sibora, buscó la invisibilidad, el crimen perfecto donde la víctima simplemente se "esfuma". Con Paula, en 2023, actuó con un descontrol impulsivo, acorralado quizás por la inminente ruptura. Esta diferencia en la ejecución muestra a un asesino adaptable, cuyo único denominador común era el sentido de propiedad sobre las mujeres: si no eran suyas, no serían de nadie.


La detención de Marco destapó también su capacidad de manipulación. En los interrogatorios iniciales, intentó jugar con la policía, negándose a ratificar su confesión ante el juez para prolongar el sufrimiento de las familias. Disfrutaba siendo el centro de atención, el dueño de la verdad sobre el destino de los cuerpos. Su colaboración fue intermitente, diseñada para mostrar poder, no arrepentimiento.

El sistema judicial español tuvo que enfrentarse a la vergüenza de admitir que tuvo al asesino en el radar durante años por otros delitos menores y denuncias de otras mujeres, pero nunca profundizó lo suficiente. Tras el hallazgo de Sibora, el Ministerio del Interior ordenó revisar los protocolos de VioGén para que, en casos de desapariciones de mujeres cuyos exnovios tengan antecedentes violentos, se active automáticamente una investigación por homicidio, un cambio que llegó nueve años tarde para Sibora.

El juicio, celebrado entre finales de 2024 y 2025, fue un despliegue de pruebas macabras. La Fiscalía solicitó la Prisión Permanente Revisable, argumentando no solo los asesinatos, sino el ensañamiento y la ocultación de cadáver. Los peritos psicológicos describieron a Marco como un ser carente de empatía, un depredador social que utilizaba su encanto superficial para captar mujeres vulnerables y luego aislarlas y destruirlas.


Durante las sesiones, Marco mantuvo una actitud desafiante. Intentó alegar enajenación mental transitoria y consumo de drogas, las coartadas habituales de quienes buscan atenuantes. Sin embargo, la construcción del muro para ocultar a Sibora demostraba una capacidad cognitiva intacta y una voluntad clara de eludir la justicia. No estaba loco; era malvado y calculador.

La familia de Paula tuvo que enfrentarse en la sala al hombre que, semanas antes del crimen, comía en su mesa. La familia de Sibora viajó desde Italia para ver, por fin, el rostro del hombre que les mintió durante una década diciendo que ella "se había vuelto a su país". El dolor de ambas familias se unió en una acusación común contra un monstruo que vivió impune demasiado tiempo.

En este inicio de 2026, Marco Gaio Romeo se encuentra cumpliendo su condena en una prisión de alta seguridad, aislado del resto de internos por su peligrosidad. La sentencia ha confirmado la Prisión Permanente Revisable, asegurando que no volverá a pisar la calle. Su nombre ha quedado ligado a la reforma de los protocolos policiales, un legado escrito con la sangre de dos mujeres que merecían protección.


El caso de "El Emparedador" nos deja una lección amarga sobre la burocracia policial. La falta de diligencia en 2014 permitió que un asesino perfeccionara su maldad. La pared que Marco construyó no solo ocultaba un cuerpo; ocultaba la ineficacia de un sistema que, a veces, necesita ver sangre fresca para buscar la sangre seca.

Torremolinos ha vuelto a ser un destino turístico, pero el piso de El Calvario sigue cerrado, marcado por el estigma. Marco Gaio Romeo creyó ser el arquitecto de un secreto eterno, pero terminó siendo el arquitecto de su propia celda. Paula y Sibora descansan ahora, pero su historia sigue gritando desde los muros que la justicia, cuando llega tarde, no es justicia completa, es solo un castigo póstumo.

Cuando el miedo te roba la voz, esto grita por ti

En situaciones de pánico, la garganta se cierra y pedir ayuda se vuelve imposible. Esta alarma personal está diseñada para romper el silencio ensordecedor de una agresión: un sonido de 140dB y una luz estroboscópica para disuadir y alertar cuando tú no puedes hacerlo.

Ver cómo funciona

Leer más

Publicar un comentario

0 Comentarios