El Enigma del Astrofísico: Doce Años de Silencio en La Laguna



San Cristóbal de La Laguna, Tenerife. Abril de 2013. Antonio Muñoz Romero, un joven cordobés de 32 años, vivía lo que muchos considerarían un sueño académico. Graduado en Física, se había mudado a las Islas Canarias para cursar un máster en el prestigioso Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Su vida transcurría entre libros, observaciones estelares y la rutina tranquila de un estudiante que comparte piso en el barrio de San Benito. Nada en su comportamiento hacía presagiar que estaba a punto de convertirse en el protagonista de un misterio absoluto.

El 14 de abril de 2013, Antonio habló con su familia a través de Facebook. Se mostró contento, animado y con planes de futuro. De hecho, apenas 24 horas antes, había abonado el segundo plazo de la matrícula de su máster, un gesto administrativo que denotaba su clara intención de continuar con sus estudios y su vida en la isla. Sin embargo, ese pago sería uno de sus últimos actos registrados.

El rastro de Antonio se perdió oficialmente el 15 de abril. Sus compañeros de piso, con quienes mantenía una relación cordial pero independiente —típica de estudiantes que pasan mucho tiempo en sus habitaciones—, no notaron su ausencia de inmediato. Fue el silencio prolongado y la falta de noticias lo que encendió las alarmas de su familia en Córdoba, a miles de kilómetros de distancia.


Cuando la Policía Nacional y la Guardia Civil entraron en su habitación para investigar, se encontraron con un escenario que desmontaba cualquier teoría de huida voluntaria. Sobre el escritorio y en los cajones estaban todas sus pertenencias esenciales: su documentación, su cartera con dinero, sus tarjetas de crédito y, lo más desconcertante de todo, sus gafas graduadas. Antonio tenía una miopía considerable; salir sin ellas implicaba caminar hacia un mundo borroso e inseguro.

Pero el detalle que heló la sangre de los investigadores y de la familia fue el hallazgo de su teléfono móvil. El dispositivo también había quedado atrás, pero su registro de llamadas guardaba un último grito mudo: una llamada al 112 realizada la mañana del 16 de abril. La llamada nunca llegó a ser atendida por un operador; se cortó o se colgó antes de establecer conexión. ¿Intentó pedir ayuda Antonio desde su propia habitación? ¿O alguien manipuló el teléfono para simular una emergencia?

La investigación se topó con un muro desde el principio. Sin testigos que lo vieran salir, sin movimientos bancarios y sin rastro digital posterior a esa llamada fallida, las hipótesis se multiplicaron sin ninguna certeza. Se barajó la posibilidad de un brote psicótico repentino, una desorientación que lo llevara a salir sin sus gafas y perderse, pero su historial médico y su comportamiento previo no avalaban esta teoría.


Otra línea de investigación apuntó a los montes de Tenerife. Antonio era aficionado al senderismo y le gustaba recorrer zonas como el Macizo de Anaga o Las Mercedes. La Unidad de Guías Caninos y el helicóptero de la Guardia Civil peinaron barrancos, senderos y zonas escarpadas durante semanas, buscando algún indicio, una prenda de ropa, algo. La respuesta de la montaña fue el silencio absoluto.

La familia Muñoz Romero se trasladó a Tenerife, empapelando la isla con el rostro de Antonio. Su padre y su hermana, Estefanía, se convirtieron en la sombra de la investigación, exigiendo que no se cerrara el caso y que se rastreara cada cueva y cada pozo. Participaron en batidas ciudadanas y mantuvieron vivo el interés mediático, luchando contra la tendencia natural de la sociedad a olvidar a los desaparecidos de larga duración.

Los años pasaron y el caso entró en ese limbo doloroso de los "casos fríos". En 2018 y 2019, se realizaron nuevas revisiones de los expedientes y búsquedas puntuales en zonas que no habían sido inspeccionadas al milímetro, pero el resultado fue siempre negativo. Antonio parecía haberse evaporado.


Una de las incógnitas más grandes sigue siendo esa llamada al 112. La geolocalización de la época situaba el móvil en la zona de su vivienda, pero no podía precisar si la llamada se hizo desde dentro del piso o desde la calle inmedia. Si Antonio estaba en peligro dentro de su casa, ¿por qué dejó el móvil allí? Si salió, ¿por qué no se llevó nada?

La hipótesis del accidente en solitario en una zona remota sigue siendo la oficial más plausible para las autoridades, pero la familia nunca ha descartado la intervención de terceras personas. "Alguien tuvo que ver algo, alguien sabe algo", han repetido incansablemente. La falta de sus gafas sugiere que, si salió, no planeaba ir lejos, o que fue sacado de su entorno contra su voluntad o bajo engaño.

En enero de 2026, Antonio Muñoz Romero sigue figurando en las bases de datos de SOS Desaparecidos y del Centro Nacional de Desaparecidos (CNDES). Su ficha ha sido actualizada con proyecciones de edad: hoy tendría 45 años. Su rostro de estudiante joven ha envejecido en la imaginación de quienes lo buscan, pero la incógnita sigue intacta.

La Universidad de La Laguna y el Instituto de Astrofísica perdieron a una promesa, pero su familia perdió su eje. Su padre, Antonio, ha declarado en múltiples ocasiones que no quiere culpables, solo quiere saber dónde está su hijo para poder descansar. La incertidumbre es una tortura que no prescribe.


El caso de Antonio nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia digital y física. Un joven conectado, con proyectos y vida social, puede desaparecer en el siglo XXI sin que ninguna cámara, satélite o testigo registre su destino final.

Doce años después, la habitación de San Benito ya ha sido ocupada por otros estudiantes, ajenos quizás a que en esas mismas paredes se fraguó un misterio sin resolver. Pero para los Muñoz Romero, el tiempo se detuvo en abril de 2013.

Tenerife sigue guardando el secreto del astrofísico. Quizás la verdad descansa en el fondo de un barranco inaccesible de Anaga, o quizás camina entre nosotros con otro nombre y otra memoria. Hasta que aparezca una prueba, Antonio sigue siendo el joven que miraba a las estrellas y terminó perdido en la oscuridad de la tierra.

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