El 19 de julio de 2025, la Calle Mayor de Molina de Segura (Murcia) se convirtió en el escenario de un parricidio que ha dejado una cicatriz imborrable en la comunidad. Felipe Hernández, un conocido comerciante de 65 años, abrió su negocio de toda la vida, "Tejidos Hernández", sin saber que esa mañana recibiría la visita letal de quienes debían ser su legado: sus propios hijos. No fue un robo, ni un accidente; fue una ejecución pasional alimentada por años de rencor y disputas económicas.
La secuencia de los hechos, que quedó registrada con una claridad escalofriante por las cámaras de seguridad que el propio Felipe había instalado por miedo, desmonta cualquier coartada de accidentalidad. En las imágenes se observa cómo su hijo, también llamado Felipe, y su hija Rosario, irrumpen en el local. No hay diálogo, no hay negociación. El hijo se dirige directamente a su padre y comienza una agresión brutal que va mucho más allá de una simple disputa verbal.
Felipe padre recibió una lluvia de golpes. Puñetazos certeros y violentos que lo derribaron, mientras su hija Rosario presenciaba la escena con una frialdad pasmosa, sin intervenir para frenar a su hermano ni para socorrer a su padre. La agresión no fue un "arrebato" momentáneo de un solo golpe, como intentó defender el agresor inicialmente; fue una paliza sostenida que buscaba dañar profundamente.
Malherido y sangrando abundantemente, Felipe logró sacar fuerzas de flaqueza cuando sus hijos abandonaron el local, dejándolo tirado a su suerte. Salió a la calle tambaleándose, buscando auxilio entre los vecinos y transeúntes. Sus últimas palabras fueron una sentencia acusatoria que resonó en toda la calle: "Me han pegado mis hijos". Instantes después, se desplomó en la acera, víctima del colapso físico provocado por la agresión.
A pesar de la rápida intervención de los servicios de emergencia y de los intentos de reanimación, Felipe no pudo sobrevivir. Su corazón se detuvo esa misma mañana, cerrando el capítulo de su vida y abriendo el expediente penal contra su descendencia. La autopsia preliminar apuntó a un fallo cardíaco precipitado por el estrés extremo y la hemorragia masiva causada por los traumatismos faciales y craneales.
La investigación policial destapó rápidamente que esta muerte era la crónica de una tragedia anunciada. Felipe llevaba doce años viviendo un infierno de acoso y derribo por parte de sus hijos y su exmujer. Existían al menos diez denuncias previas interpuestas por él, alertando de amenazas, agresiones y coacciones. Había solicitado órdenes de alejamiento que no llegaron a tiempo o no fueron efectivas. Felipe vivía con miedo, y ese miedo tenía los apellidos de su familia.
El móvil del crimen, según las pesquisas, era puramente económico y patrimonial. Tras su separación, Felipe había intentado rehacer su vida junto a Toñi, su nueva pareja, con la que había encontrado la felicidad y la estabilidad emocional. Sin embargo, esta nueva relación y el control sobre ciertas propiedades y plazas de garaje desataron la ira de sus hijos, que veían peligrar lo que consideraban su herencia legítima.
La reacción judicial fue contundente tras el visionado de las cámaras. El hijo, Felipe, fue enviado a prisión provisional comunicada y sin fianza, investigado por un delito de homicidio o asesinato, dependiendo de la calificación final. La juez consideró que existía riesgo de fuga y una gravedad extrema en los hechos. Su defensa ha intentado argumentar que no hubo intención de matar, buscando rebajar la pena a un homicidio imprudente o lesiones con resultado de muerte.
Por su parte, la hija Rosario quedó en libertad con cargos, pero sigue vinculada a la causa. Se le imputa un delito de omisión del deber de socorro, una figura penal que castiga a quien no ayuda a una persona en peligro manifiesto y grave. Su pasividad en el vídeo es la principal prueba de cargo en su contra, mostrándola como una espectadora cómplice del horror.
A fecha de enero de 2026, seis meses después del crimen, la instrucción del caso avanza hacia su fase final. La acusación particular, ejercida por la familia del fallecido y representada por el despacho Simó Abogados, lucha para que los hechos sean calificados como asesinato. Argumentan que existió alevosía, dada la sorpresiva irrupción y la superioridad física, y ensañamiento, por la brutalidad innecesaria de los golpes.
La defensa del hijo agresor sigue sosteniendo la tesis del "homicidio preterintencional", alegando que él solo quería golpearlo, no matarlo, y que la muerte fue un resultado no deseado derivado de patologías previas o mala suerte. Sin embargo, la contundencia de las imágenes juega en su contra ante la opinión pública y, previsiblemente, ante el futuro jurado popular.
El pueblo de Molina de Segura sigue consternado. Los vecinos recuerdan a Felipe como un hombre trabajador y amable, que en sus últimos años solo buscaba paz y disfrutar de su nueva etapa vital. La tienda "Tejidos Hernández", cerrada desde aquel sábado, se ha convertido en un memorial improvisado y en un recordatorio de la violencia doméstica que se ejerce de hijos a padres.
La viuda, Toñi, y el resto de la familia de Felipe, esperan con angustia la fecha del juicio, que podría señalarse para finales de este año 2026. Buscan una condena ejemplar que haga justicia a un hombre que pidió ayuda al sistema una decena de veces y solo recibió silencio hasta que fue demasiado tarde.
El caso de Felipe Hernández ha reabierto el debate sobre la protección de los mayores frente al maltrato filial y la eficacia de las órdenes de protección en conflictos familiares crónicos. Su muerte evidencia las grietas de un sistema que a veces subestima el riesgo cuando la amenaza viene de dentro de casa.
Mientras el hijo espera su destino en una celda, la figura de Felipe se agranda como la de una víctima que lo hizo todo "bien" —denunciar, grabar, protegerse— y aun así no pudo evitar su destino. Su legado es la advertencia de que el odio familiar es un veneno lento que, a veces, termina estallando en un solo día.
La justicia tendrá la última palabra, pero para la memoria colectiva de Murcia, la sentencia moral ya está dictada: Felipe no murió; lo mataron quienes le debían la vida, y lo hicieron por la razón más antigua y miserable del mundo: el dinero.
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