Almansa, Albacete. 18 de septiembre de 1990. En un piso humilde de la calle San Antonio, se gestaba una tormenta psicológica que acabaría desencadenando uno de los crímenes más irracionales y salvajes de la historia de España. Rosa González Fito, una niña de 11 años, jugaba en su casa sin saber que las dos mujeres que debían cuidarla, su madre Mercedes y una vecina curandera, habían cruzado ya el umbral de la realidad para adentrarse en un delirio místico sin retorno.
Las protagonistas de esta tragedia eran Mercedes Fito, la madre de la niña, y María Engracia, una mujer local conocida por sus supuestas dotes de vidente y sanadora. Mercedes, una mujer vulnerable y sugestionable, había caído bajo el influjo absoluto de María Engracia. Durante semanas, la curandera había alimentado en la mente de la madre una idea monstruosa: su hija Rosa no era una niña normal, sino que estaba embarazada del demonio o poseía una "semilla del mal" en su interior que debía ser extirpada.
La noche de autos, el padre de familia no estaba en casa, un factor que dejó el campo libre para que la locura se desatara. María Engracia convenció a Mercedes y a otra vecina, Ana, de que había llegado el momento del "alumbramiento". No había embarazo real, la niña tenía 11 años y era virgen, pero en las mentes enfermas de las mujeres, el vientre de la pequeña albergaba una oscuridad que amenazaba al mundo.
El ritual comenzó como una sesión de rezos y cánticos, pero pronto degeneró en una tortura física indescriptible. Colocaron a la niña sobre una cama y comenzaron a manipular su cuerpo. La curandera dirigía la operación, convenciendo a la madre de que el dolor de su hija no era sufrimiento, sino la resistencia del mal a salir. La anulación de la voluntad de Mercedes fue total; veía a su hija sufrir y creía estar salvándola.
Lo que ocurrió después supera cualquier guion de terror. Sin utilizar instrumental quirúrgico, valiéndose únicamente de sus manos, las mujeres procedieron a intentar sacar el supuesto "mal" a través de la vía vaginal de la niña. La brutalidad empleada causó desgarros masivos y la extracción literal de órganos internos. Rosa, inmovilizada y aterrorizada, sufrió un dolor inimaginable hasta que su cuerpo colapsó.
Cuando la niña falleció a causa de las hemorragias masivas y el shock traumático, las mujeres no reaccionaron con horror. Al contrario, la calma reinó en el piso. En su delirio compartido, creían haber cumplido su misión. Lavaron el cuerpo, limpiaron la estancia y esperaron, convencidas de que lo que yacía en la cama ya no era peligroso, o incluso esperando una especie de resurrección purificada.
El hallazgo del cadáver se produjo cuando el padre regresó o cuando los ruidos alertaron al entorno, dependiendo de las fuentes de la época, pero la imagen que encontró la Guardia Civil fue la de una carnicería envuelta en una atmósfera de paz inquietante. Las mujeres relataron a los agentes lo sucedido con una naturalidad pasmosa, explicando que habían "sacado el mal". No había conciencia de crimen, solo de ritual cumplido.
La autopsia de Rosa González Fito fue una de las más duras a las que se han enfrentado los forenses de Albacete. El informe detalló que la niña había sido eviscerada parcialmente por vía vaginal. La causa de la muerte fue un shock hipovolémico brutal. No había drogas en su sistema que mitigaran el dolor; la niña sintió todo hasta perder la consciencia.
El caso conmocionó a la sociedad española de 1990, que asistía atónita al choque entre la modernidad y la España negra de la superstición profunda. Las detenidas fueron sometidas a exhaustivos exámenes psiquiátricos. Los doctores concluyeron que sufrían un trastorno psicótico compartido, conocido técnicamente como "Folie à deux" (o à trois, considerando a la tercera vecina implicada en menor grado).
El juicio se celebró en la Audiencia Provincial de Albacete. La defensa y los peritos coincidieron: Mercedes y María Engracia eran inimputables. No sabían lo que hacían porque estaban totalmente desconectadas de la realidad en el momento de los hechos. El tribunal dictó una sentencia absolutoria en lo penal, pero impuso medidas de seguridad privativas de libertad en centros psiquiátricos penitenciarios.
Mercedes Fito fue internada en el hospital psiquiátrico de Foncalent (Alicante). Allí, con el paso del tiempo y la medicación antipsicótica, la niebla del delirio se disipó. Fue entonces cuando llegó su verdadera condena: la lucidez. Al recuperar la razón, Mercedes tuvo que enfrentarse al hecho de que había matado a su propia hija con sus manos. Se dice que su dolor y arrepentimiento fueron devastadores.
María Engracia, la inductora del delirio, también fue internada. Su figura quedó marcada como la de una mujer peligrosa capaz de anular la voluntad ajena. Ambas mujeres cumplieron sus años de internamiento y, tras ser estabilizadas y consideradas no peligrosas bajo medicación, fueron puestas en libertad a principios de la década de los 2000.
Hoy, en 2026, el "Exorcismo de Almansa" se estudia en las facultades de Psicología y Criminología como el caso paradigmático de la psicosis inducida. Demuestra cómo una persona dominante (la curandera) puede arrastrar a una persona dependiente (la madre) a cometer actos que van contra el instinto más básico de protección maternal.
Las protagonistas del horror, si siguen vivas hoy, serían ancianas de avanzada edad, viviendo en el anonimato total, lejos de Albacete. La casa de la calle San Antonio sigue en pie, pero el estigma del suceso impregnó el barrio durante décadas. Los vecinos de entonces nunca pudieron olvidar los gritos, ni el silencio posterior.
El caso sirvió para endurecer la vigilancia sobre las prácticas de curanderismo extremo y pseudociencias en España. Puso de manifiesto que la ignorancia y la superstición, cuando se mezclan con la enfermedad mental no diagnosticada, son un cóctel letal.
Treinta y seis años después, lo que perdura es la memoria de Rosa. Una niña de 11 años cuya vida fue sacrificada en el altar de la locura. No murió a manos de un asesino en serie ni de un delincuente común, sino de quienes más debían amarla, convertidas en verdugos por una creencia invisible y atroz.
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