La ciudad de Badajoz amaneció este martes 13 de enero de 2026 envuelta en la neblina fría del invierno, pero el verdadero escalofrío recorría las calles por una noticia que nadie quería creer. En el interior de una vivienda, un espacio que debería ser el refugio sagrado de la vejez, se había consumado una tragedia atroz. La protagonista, una mujer de 78 años, vio cómo su vida se apagaba no por el desgaste natural del tiempo, sino por la fuerza bruta de quien había sido su compañero de viaje.
Su pareja, un hombre de 81 años, es ahora el rostro visible de una realidad que a menudo ignoramos: la violencia de género en la tercera edad. A esas alturas de la vida, cuando se presupone que las pasiones violentas han dado paso al cuidado mutuo, él decidió romper el pacto de convivencia de la manera más cruel posible. No fue un accidente doméstico ni un descuido; fue una agresión directa, una paliza que dejó marcas imborrables en el cuerpo frágil de la víctima.
Los hechos se desencadenaron en la tarde-noche del lunes 12 de enero. En la intimidad de su domicilio, lejos de las miradas de vecinos o transeúntes, la discusión —si es que la hubo— derivó en un estallido de violencia física. La mujer recibió golpes severos, lesiones de tal magnitud que hicieron necesaria su evacuación urgente al centro médico de referencia en la ciudad.
El traslado al Hospital Universitario de Badajoz fue una carrera contra la muerte. Los sanitarios lucharon por estabilizarla, pero el cuerpo de una mujer de 78 años no tiene la misma capacidad de resistencia ante la barbarie. A pesar de los esfuerzos médicos, su luz se apagó alrededor de las ocho de la tarde del lunes, certificando que las heridas recibidas eran incompatibles con la vida.
La noticia del fallecimiento activó de inmediato los protocolos policiales. La Policía Nacional, encargada de la investigación, no tardó en cerrar el cerco sobre el único sospechoso. El marido, ese anciano de 81 años que para el vecindario podría haber parecido inofensivo, fue detenido bajo la acusación de haber causado la muerte de su esposa.
Lo que más estremece a la comunidad pacense es el silencio previo. Según confirmaron fuentes policiales, no constaban denuncias previas por malos tratos en el sistema VioGén. La víctima nunca había acudido a una comisaría a pedir auxilio, ni existían órdenes de alejamiento vigentes. Vivía su calvario, o quizás la escalada final de violencia, en la más absoluta soledad institucional.
Este silencio administrativo es una característica dolorosa de la violencia machista en mujeres mayores. Pertenecientes a una generación educada en el aguante y la privacidad de los asuntos domésticos, muchas veces normalizan conductas o callan por vergüenza, miedo o dependencia económica y emocional. En este caso, el silencio se rompió demasiado tarde, cuando ya no había voz para gritar.
La detención del agresor fue rápida y su paso a disposición judicial, inmediato. El juez, ante la gravedad de los indicios y el resultado de muerte, decretó prisión provisional para el octogenario. Ver a un hombre de 81 años ingresar en la cárcel es una imagen poco común, pero subraya que la justicia penal no exime de responsabilidad por razón de edad cuando el delito es sangre de tu propia sangre.
El caso ha sido asumido por la Unidad de Atención a la Familia y Mujer (UFAM) de la Policía Nacional, que trabaja para reconstruir las últimas horas de la pareja y determinar si hubo detonantes específicos o si se trató del desenlace de un maltrato invisible y sostenido en el tiempo. La investigación se mantiene con el rigor necesario para que la condena sea firme.
Si la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género confirma oficialmente la naturaleza machista del crimen, esta mujer se convertiría en la cuarta víctima mortal en España en lo que llevamos de 2026. Una cifra que, apenas iniciada la segunda semana del año, hiela la sangre y nos recuerda que la lacra sigue viva y golpeando con fuerza.
La sociedad de Badajoz, conmocionada, mira ahora hacia sus propios mayores con una interrogante incómoda. ¿Cuántas otras historias similares se esconden detrás de las puertas cerradas de los pisos antiguos? ¿Cuántas mujeres de esa generación siguen durmiendo con el enemigo, creyendo que ya es demasiado tarde para cambiar su destino?
Las instituciones no han tardado en reaccionar. El Ministerio de Igualdad y las autoridades locales han expresado su condena y dolor, recordando que los recursos de ayuda, como el teléfono 016, no tienen límite de edad. Sin embargo, para esta vecina de Badajoz, la ayuda no llegó a tiempo de evitar el golpe final.
El cuerpo de la víctima fue trasladado al Instituto de Medicina Legal para la autopsia, un último trámite burocrático que pondrá nombre científico a la brutalidad sufrida. Mientras tanto, su agresor pasará sus últimas noches entre rejas, lejos del hogar que convirtió en una escena del crimen.
La historia de esta pareja nos deja una lección amarga: el machismo es un monstruo que no envejece, solo se transforma. Puede esconderse tras las canas y la fragilidad aparente, pero su capacidad de destrucción permanece intacta hasta el último aliento.
Hoy, Badajoz llora a una vecina que debió haber terminado sus días con paz y dignidad, y no en la camilla de un hospital víctima de una paliza. Su nombre se suma a la lista de la vergüenza, recordándonos que la protección de nuestras mayores es una asignatura pendiente y urgente.
Que su memoria sirva para abrir los ojos y los oídos ante lo que ocurre en las casas de nuestros ancianos. Porque la violencia no se jubila, y la justicia no puede permitirse el lujo de llegar tarde cuando la vida de una mujer de 78 años está en juego.
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