El lunes 17 de septiembre de 2018 amaneció en Ames, Iowa, con la calma propia del Medio Oeste americano, un escenario de horizontes abiertos y tranquilidad universitaria. Celia Barquín Arozamena, una joven cántabra de 22 años, se dirigió al campo de Coldwater Golf Links con la disciplina que la caracterizaba. No era solo una afición; Celia era una atleta de élite, reciente campeona de Europa amateur, y una estudiante brillante de Ingeniería Civil que había cruzado el océano persiguiendo la excelencia.
El campo de golf, con sus prados cuidados y su silencio reverente, parecía el lugar más seguro del mundo. Celia caminaba sola por los hoyos, concentrada en la mecánica de sus golpes, disfrutando de esa soledad elegida que el deportista necesita para conectar con su juego. Sin embargo, la seguridad era una ilusión frágil, rota por la proximidad de un peligro invisible que acechaba desde los márgenes de la civilización.
A pocos metros del cuidado césped, oculto entre la maleza de un bosque colindante, vivía Collin Daniel Richards. Era un joven de la misma edad que Celia, pero cuya trayectoria vital no podía ser más opuesta: un indigente con un historial de violencia y consumo de drogas, que habitaba en una tienda de campaña precaria. Aquella mañana, Richards no buscaba redención, sino satisfacer un impulso oscuro que, según confesaría a un conocido, le quemaba por dentro: la necesidad de violar y matar a una mujer.
El encuentro fue puramente fortuito y, por eso mismo, aterrador. Celia no conocía a su agresor, ni hubo provocación previa. Simplemente estaba allí, siendo brillante, viva y mujer, en el momento exacto en que el depredador decidió salir de su escondite. La violencia irrumpió en el green con una brutalidad que no dio margen a la huida, transformando un entrenamiento rutinario en una lucha desesperada por la supervivencia.
El ataque fue salvaje. Richards se abalanzó sobre la golfista armado con un cuchillo, infligiendo múltiples heridas en el torso, la cabeza y el cuello. La fuerza y la determinación de Celia, curtida en la competición, no fueron suficientes para frenar la furia de un ataque sorpresa y armado. En cuestión de minutos, el futuro de la ingeniera se apagó sobre la hierba que tanto amaba.
Para ocultar su crimen, el asesino arrastró el cuerpo sin vida hasta un estanque cercano, intentando que el agua borrara las huellas de su atrocidad. Dejó atrás la bolsa de palos de Celia, un objeto inerte en medio del campo que se convertiría en la primera señal de alarma para los otros jugadores que recorrían el circuito.
Fueron precisamente unos golfistas quienes, extrañados por encontrar una bolsa abandonada sin dueño a la vista, alertaron al personal del club y a las autoridades. La policía de Ames llegó al lugar y, tras una breve inspección, el hallazgo del cuerpo en el agua confirmó que no se trataba de una desaparición voluntaria, sino de una escena del crimen activa y reciente.
La respuesta policial fue rápida y efectiva, ayudada por la propia torpeza del mal y la tecnología forense. Un perro de la unidad canina rastreó el olor desde el lugar donde yacía Celia hasta el campamento improvisado en el bosque. Allí, los agentes no tardaron en encontrar a Richards, quien presentaba arañazos recientes en la cara y una herida profunda en la mano izquierda, marcas inequívocas de la resistencia final que ofreció su víctima.
Las evidencias se acumularon con rapidez contra el sospechoso. En su posesión se halló una mochila negra que contenía ropa manchada de sangre y el cuchillo utilizado en el asesinato. Además, testimonios del entorno de los sintecho revelaron que Richards había llegado al campamento cubierto de sangre, arena y agua, y que se había lavado antes de intentar huir, en un vano intento de limpiar su conciencia y su piel.
La noticia de la muerte de Celia golpeó como un tsunami a dos continentes. En España, su familia y la Federación de Golf no daban crédito a que la joven promesa hubiera encontrado tal final en un lugar aparentemente idílico. En Iowa, la comunidad universitaria, que la había acogido y celebrado como "Deportista del Año", se sumió en un luto profundo, llenando el campus de vigilias y mensajes de recuerdo.
El proceso judicial avanzó con la contundencia que exigía la gravedad de los hechos. Collin Daniel Richards fue acusado de asesinato en primer grado. Aunque inicialmente hubo dudas sobre su estrategia de defensa, las pruebas eran abrumadoras. La fiscalía del condado de Story preparó un caso sólido, apoyado en el ADN y la confesión implícita de los actos.
En junio de 2019, Richards se declaró culpable, admitiendo la autoría del crimen para evitar el juicio, aunque esto no cambiaría su destino. En agosto de ese mismo año, la jueza Bethany Currie dictó sentencia: cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. El asesino pasará el resto de sus días tras las rejas, una condena que en el sistema de Iowa es literal y definitiva.
Durante la vista de sentencia, se leyeron cartas de la familia de Celia, palabras cargadas de dignidad y dolor que recordaban no a la víctima, sino a la mujer excepcional que el mundo había perdido. Richards, en un intento tardío de mostrar humanidad, escribió una carta expresando remordimiento y deseo de cambio, pero sus palabras sonaron vacías ante la magnitud de lo irreparable.
La figura de Celia Barquín ha trascendido su muerte. Se convirtió en un símbolo de la vulnerabilidad de las mujeres incluso en espacios públicos y diurnos. Su legado deportivo fue honrado con la Medalla de Oro de la Real Orden del Mérito Deportivo a título póstumo, y su nombre sigue siendo recordado en cada torneo como sinónimo de esfuerzo y sonrisa eterna.
Sin embargo, el dolor de su ausencia permanece intacto. Para sus padres y su hermano, la cadena perpetua del asesino es un consuelo legal, pero no vital. Saber que el responsable no volverá a pisar la calle no devuelve las llamadas que no se hicieron, los torneos que no se jugaron y la vida que fue segada por el simple azar de estar en el camino de un monstruo.
El crimen de Coldwater Golf Links nos deja una lección amarga sobre la naturaleza del mal: a veces no tiene un motivo personal, ni una lógica comprensible. Celia Barquín fue víctima de la oscuridad ajena, pero su luz brilla más fuerte en la memoria colectiva, recordándonos que la excelencia y la bondad son valores que ninguna violencia puede borrar del todo.
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