Madrid, noviembre de 2022. La ciudad se preparaba para el bullicio prenavideño, pero en las calles del barrio de Arganzuela, el frío otoñal traía consigo un presagio oscuro. Milena Sánchez Castro, una joven de 20 años llena de vitalidad y proyectos, se movía por la capital con la confianza de quien cree controlar su destino. Sin embargo, su actividad como escort la exponía a una lotería macabra donde la seguridad es una ilusión frágil y el peligro puede vestir traje de normalidad.
El martes 22 de noviembre, Milena acordó una cita. El punto de encuentro fue la céntrica Plaza de Tirso de Molina, un lugar concurrido donde el anonimato es fácil. Allí la esperaba Alfonso Fidel, un hombre de 53 años, de apariencia inofensiva y sin antecedentes penales que hicieran saltar las alarmas. Juntos se dirigieron al domicilio de él, en el número 7 de la calle Fray Luis de León, un piso que pronto se convertiría en una trampa sin salida.
Lo que ocurrió tras cruzar el umbral de aquella vivienda es una historia de violencia desatada. La cita, que debía ser un intercambio transaccional, derivó en una agresión brutal. Los informes forenses revelarían después que Milena no tuvo una muerte rápida ni indolora; su cuerpo presentaba múltiples golpes, signos inequívocos de una lucha desesperada por sobrevivir ante un agresor que la superaba en fuerza y crueldad.
El desenlace fatal llegó con un contundente golpe en la cabeza. Alfonso terminó con la vida de la joven, apagando su voz y sus sueños en la soledad de aquel piso. Pero el horror no terminó con el asesinato. Lejos de huir o entregarse, el asesino tomó una decisión que denota una frialdad psicopática: decidió ocultar el cuerpo en su propia casa, creando un mausoleo improvisado en una de las habitaciones.
Milena fue encerrada en un cuarto bajo llave. Alfonso colocó un candado en la puerta, sellando el secreto de su crimen. Durante los días siguientes, convivió con la presencia muda de su víctima al otro lado del muro, manteniendo una fachada de normalidad que estremece por su cinismo. La vida en el edificio continuaba, los vecinos saludaban, y nadie imaginaba que en el primero derecha el tiempo se había detenido.
La desaparición de Milena no pasó desapercibida. Su novio, extrañado por la falta de noticias y el silencio inusual de su teléfono, interpuso una denuncia apenas 24 horas después, el 23 de noviembre. La geolocalización de su móvil situaba su último rastro en la zona de Arganzuela, pero la precisión tecnológica no siempre basta para derribar las puertas correctas a tiempo.
El caso dio un giro desconcertante el 26 de noviembre. La policía acudió al domicilio de Fray Luis de León, pero no buscando a Milena, sino alertados por un posible suicidio. Encontraron a Alfonso ahorcado en el baño. El verdugo había decidido ejecutar su propia sentencia, llevándose a la tumba las respuestas y, aparentemente, la ubicación de la joven.
En esa primera inspección, los agentes no encontraron a Milena. Vieron un suicidio de un hombre de mediana edad, levantaron el cadáver y cerraron la puerta, sin saber que a pocos metros, tras el candado de una habitación cerrada, yacía la chica a la que media España empezaba a buscar. Fue una oportunidad perdida, un cruce de destinos trágico donde la burocracia y el azar jugaron en contra.
La investigación de la desaparición siguió su curso, y los hilos finalmente se conectaron. Los agentes de la Brigada de Policía Judicial vincularon al suicida con la última cita de Milena. El 28 de noviembre, regresaron al piso, esta vez con una orden clara de registrar cada rincón. La puerta con el candado, que antes había pasado como un detalle más de la privacidad del fallecido, se convirtió ahora en el foco de todas las sospechas.
Al forzar la cerradura, la realidad golpeó a los investigadores. Allí estaba Milena, tendida en la cama, oculta bajo la falsa seguridad de aquel encierro. El hallazgo confirmó que Alfonso no solo la había matado, sino que había planeado meticulosamente cómo esconderla, quizás ganando tiempo para pensar una salida que nunca llegó antes de su suicidio.
Un detalle aún más perturbador emergió de las pesquisas posteriores. Se supo que, en el intervalo entre el asesinato de Milena y su propio suicidio, Alfonso contactó con otra mujer. Llevó a otra escort al mismo piso, conviviendo durante horas con ella mientras el cuerpo de Milena yacía en la habitación contigua. Esa mujer estuvo, sin saberlo, en la escena de un crimen reciente, rozando un peligro mortal que, por fortuna, no se materializó para ella.
La autopsia preliminar confirmó la violencia del ataque. Milena había sufrido un traumatismo craneoencefálico severo y lesiones por todo el cuerpo. No fue un accidente sexual que se fue de las manos; fue un homicidio doloso. La alevosía del acto se ve magnificada por la posterior ocultación y la frialdad de seguir buscando compañía femenina con un cadáver en casa.
La noticia sacudió a la sociedad española, reabriendo el debate sobre la estigmatización y desprotección de las mujeres en situación de prostitución. Milena no era solo una "escort"; era una hija, una novia, una joven con derecho a vivir segura. Su entorno laboral la hizo vulnerable a un depredador que se escudó en la privacidad de su domicilio para convertirse en monstruo.
La familia de Milena, devastada, tuvo que enfrentar no solo el duelo, sino la frustración de saber que el asesino escapó de la justicia terrenal. No habrá juicio, ni condena, ni prisión para Alfonso Fidel. Su suicidio dejó a las víctimas colaterales sin la posibilidad de cerrar el ciclo judicial, con un "por qué" que nunca será respondido.
El caso de Milena Sánchez Castro queda como una herida abierta en la crónica negra de Madrid. Nos recuerda que el peligro no siempre tiene antecedentes penales ni cara de villano. A veces, es un hombre común que cierra una puerta con candado y sigue con su vida, mientras al otro lado se apaga el futuro de una chica de 20 años.
Hoy, la calle Fray Luis de León ha recuperado su ritmo, pero el eco de lo sucedido persiste. La historia de Milena es un grito de advertencia sobre la violencia oculta y la vulnerabilidad extrema. Su memoria exige que no se la recuerde por cómo murió o por a qué se dedicaba, sino por la injusticia de una vida arrebatada por la mano de quien se creyó dueño de ella.
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