La madrugada del 31 de diciembre de 2025, mientras Madrid ultimaba los preparativos para despedir el año y comer las uvas, el distrito de Villaverde se convirtió en el escenario de un horror vertical. Fátima, una joven española de origen dominicano de tan solo 26 años, encontró la muerte de la forma más brutal imaginable. No murió por accidente ni por voluntad propia; fue lanzada al vacío desde la ventana de un undécimo piso, presuntamente empujada por el hombre que le alquilaba una habitación. Su cuerpo impactó contra el suelo, rompiendo el silencio de la Nochevieja con el sonido seco de una vida truncada.
La tragedia adquiere tintes aún más desgarradores al conocerse la situación personal de la víctima. Fátima acababa de ser madre por quinta vez. Hacía apenas tres o cuatro días que había dado a luz a una niña y había recibido el alta hospitalaria para regresar a casa con su recién nacida. Su cuerpo, aún convaleciente del parto y debilitado por la cesárea o el esfuerzo natural, no tuvo ninguna oportunidad de defenderse ante la fuerza de su agresor en aquella altura mortal.
El escenario del crimen fue el número 1 de la calle de la Estrategia, en una zona humilde de Villaverde. Fátima vivía allí en régimen de alquiler de habitación, una solución habitacional precaria a la que se ven abocadas muchas familias monomarentales. Compartía el piso con el presunto asesino, un hombre de nacionalidad española de unos 30 años, con quien no mantenía una relación sentimental, sino un vínculo de convivencia forzosa marcado por la necesidad económica.
Los hechos se desencadenaron en torno a las 5:40 de la madrugada. Según los testimonios de los vecinos recopilados por el Grupo V de Homicidios, se escucharon gritos y una fuerte discusión previa en el interior de la vivienda. La disputa, cuya causa exacta aún se investiga, podría haber estado relacionada con el llanto de la recién nacida o con desavenencias por la convivencia, factores que habrían detonado la furia del agresor contra una mujer en situación de extrema vulnerabilidad física.
La mecánica del crimen fue rápida y despiadada. El hombre habría agarrado a Fátima y la habría forzado a salir por la ventana del salón. A pesar de sus intentos desesperados por aferrarse a la vida, la joven cayó desde una altura aproximada de 30 metros. Los servicios de emergencia del Samur-Protección Civil llegaron al lugar minutos después, pero las lesiones eran incompatibles con la vida. Solo pudieron certificar su fallecimiento y cubrir su cuerpo mientras la policía acordonaba la zona.
Mientras Fátima yacía en la acera, en el piso de arriba quedaba la bebé recién nacida, sola y ajena a que acababa de perder a su madre. La rápida intervención de la Policía Nacional permitió rescatar a la menor y localizar al presunto autor, quien se encontraba aún en el domicilio. Según fuentes policiales, el hombre presentaba un estado de alteración, aunque no se ha confirmado si estaba bajo los efectos de sustancias estupefacientes en el momento de la detención.
La víctima tenía un historial de vida complejo, marcado por la lucha y la supervivencia. Era madre de otros cuatro hijos menores de edad, que en ese momento no se encontraban en la vivienda, sino bajo el cuidado de su abuela materna y otros familiares. Con su muerte, cinco niños quedan huérfanos, enfrentándose a un futuro incierto y doloroso sin el pilar fundamental de su hogar.
La investigación inicial descartó que se tratara de un caso de violencia de género en el sentido estricto de la ley española (pareja o expareja), ya que no existía relación sentimental entre ellos. Sin embargo, el caso se investiga como un feminicidio, entendiendo que la vulnerabilidad de la mujer y la superioridad física ejercida por el hombre fueron determinantes. Fátima figuraba en el sistema VioGén, pero por denuncias previas a otras exparejas, no por conflicto con este inquilino.
El detenido, cuya identidad completa no ha trascendido para proteger la instrucción, fue trasladado a la comisaría de Usera-Villaverde y posteriormente a la Jefatura Superior. Durante los interrogatorios iniciales, mantuvo una actitud errática. El juez de guardia decretó el pasado 2 de enero su ingreso en prisión provisional, comunicada y sin fianza, imputándole un delito de homicidio doloso o asesinato, calificación que se concretará según avancen las pruebas forenses.
La autopsia realizada en el Instituto de Medicina Legal ha confirmado que la causa de la muerte fue el politraumatismo severo por precipitación. No obstante, los forenses buscaron también signos de lucha o heridas defensivas previas en el cuerpo de Fátima, para demostrar que ella intentó resistirse antes de ser lanzada, lo que reforzaría la acusación de asesinato por alevosía y superioridad.
El barrio de Villaverde ha quedado conmocionado. Vecinos y asociaciones feministas se han concentrado en los días posteriores bajo el lema "No es un suceso, es un asesinato". La indignación crece al saber que Fátima había pedido ayuda a los servicios sociales en ocasiones anteriores, evidenciando la fragilidad de la red de protección para madres solas en riesgo de exclusión.
La custodia de los cinco hijos, incluida la bebé de días, ha pasado provisionalmente a la Comunidad de Madrid, aunque la abuela materna está luchando para obtener la tutela y mantener a los hermanos unidos. La situación económica de la familia es precaria, por lo que se han iniciado campañas de solidaridad vecinal para cubrir los gastos del sepelio y las necesidades básicas de los menores.
Este crimen ha puesto de manifiesto la crisis de la vivienda en Madrid. Fátima no podía costear un piso entero para ella y sus hijos, lo que la obligó a compartir techo con un desconocido, una "ruleta rusa" de convivencia que terminó de la peor manera. La precariedad habitacional se revela aquí como un factor de riesgo indirecto pero letal en la violencia contra las mujeres.
El caso de Fátima es el último golpe de un 2025 que cerró con sangre y el triste preludio de un 2026 que comienza de luto. Su muerte no es solo una estadística; es la historia de una madre que acababa de dar vida y a la que se la arrebataron sin piedad. La bebé que lloraba en el piso 11 es hoy el símbolo de la orfandad más cruel.
La instrucción judicial continuará durante los próximos meses. Se analizarán los teléfonos móviles, los antecedentes del agresor y los testimonios de los vecinos que escucharon el terror. La Fiscalía pedirá previsiblemente una condena ejemplar, teniendo en cuenta la indefensión de una mujer en pleno puerperio.
Hoy, 7 de enero de 2026, las flores colocadas en el portal de la calle Estrategia empiezan a marchitarse, pero el dolor sigue vivo. Fátima, la joven de 26 años con cinco hijos y toda una vida por delante, ya no está. Solo queda exigir que la justicia sea tan implacable como la caída a la que fue condenada esa madrugada de Nochevieja.
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