La Deuda Mortal: Cuando la Amistad Cuesta la Vida en O Barco


O Barco de Valdeorras es una localidad tranquila en la provincia de Ourense, un lugar donde la comunidad suele conocerse y donde los sueños de prosperidad atraen a personas de diversas latitudes. Leticia Magalí Sanabria, una joven paraguaya de 29 años a la que todos llamaban "Rosi", había encontrado allí un refugio para construir su futuro. Su vida se definía por el trabajo incansable en el sector de la limpieza, acumulando euro tras euro con la meta fija de regresar a su tierra natal y ofrecer bienestar a su familia al otro lado del Atlántico.

Leticia no vivía sola; compartía su día a día y su techo con Fátima, una compatriota y compañera de trabajo con la que había forjado un vínculo que, a ojos de todos, parecía de amistad sólida. Ambas compartían las fatigas de la jornada laboral y la intimidad de un apartamento en la calle Conde de Fenosa, creando una pequeña familia lejos de casa. Sin embargo, bajo la superficie de esa convivencia, se gestaba una tensión invisible alimentada por el dinero y la confianza traicionada.

El viernes 10 de septiembre de 2021, la rutina de Leticia se detuvo para siempre. Fue encontrada sin vida en su propio domicilio, en un escenario que inicialmente desconcertó a los servicios de emergencia y a los investigadores. No había señales de forzamiento en las puertas, ni el desorden caótico propio de un robo violento perpetrado por desconocidos. La muerte había entrado con llave o, peor aún, nunca había salido de la casa.


La persona que dio la voz de alarma fue precisamente Fátima. Con una frialdad que solo se comprendería mucho después, la compañera de piso interpretó el papel de la amiga desolada que descubre el horror. Llamó a los servicios de emergencia e incluso intentó maniobras de reanimación, construyendo una coartada emocional in situ. Pero el cuerpo de Leticia hablaba un idioma que los forenses saben traducir: marcas en el cuello y signos de asfixia mecánica que gritaban homicidio.

La investigación de la Guardia Civil fue minuciosa y compleja, extendiéndose durante meses en los que el círculo de sospechas se cerraba lentamente. Al principio, surgieron teorías distractores, como la supuesta presencia de un hombre encapuchado o conflictos con exparejas, sombras que parecían diseñadas para desviar la atención de lo evidente. Pero los agentes se centraron en el entorno más cercano, aquel que tenía la oportunidad y, sobre todo, el motivo.

El móvil económico emergió como la clave maestra del caso. Se descubrió que Leticia, en su afán ahorrador, había prestado una suma considerable a quien consideraba su amiga. Se hablaba de una deuda que rondaba los 11.000 euros, un dinero que Leticia necesitaba recuperar para sus planes inminentes de envío de remesas y eventual retorno a Paraguay. La presión por la devolución de ese préstamo personal se convirtió en el detonante de la tragedia.


Fátima fue detenida dos meses después del crimen, en noviembre de 2021. La acusación sostenía que, ante la imposibilidad o la falta de voluntad de pagar la deuda, optó por eliminar a la acreedora. La asfixia, un método personal y directo, indicaba una interacción cercana, un ataque que requería fuerza pero también la proximidad de alguien a quien la víctima no temía hasta que fue demasiado tarde.

El proceso judicial fue largo, y Fátima pasó un tiempo en prisión provisional antes de ser puesta en libertad a la espera de juicio, lo que añadió angustia a la familia de Leticia, que observaba desde la distancia cómo la presunta asesina caminaba libre. No fue hasta principios de 2025 cuando finalmente se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Ourense, con un jurado popular encargado de dictar veredicto.

Durante las sesiones del juicio, los testimonios fueron demoledores. Testigos confirmaron la existencia de la deuda y la insistencia de Leticia en recuperarla. La narrativa de la defensa intentó sembrar dudas, apuntando a otras líneas de investigación que habían sido descartadas, pero la evidencia circunstancial y las contradicciones de la acusada pesaron más. La fiscalía y la acusación particular dibujaron el perfil de una mujer que antepuso su codicia a la vida humana.


Uno de los momentos más tensos fue revivir la manipulación de la escena. Se planteó cómo Fátima, tras cometer el crimen, habría alterado el entorno y fingido el hallazgo, utilizando esas horas muertas para borrar huellas, aunque no pudo borrar la verdad biológica del cuerpo de Leticia. La traición no fue solo el asesinato, sino la farsa posterior, el consuelo fingido ante quienes lloraban la pérdida.

El jurado popular, tras horas de deliberación, emitió su veredicto en abril de 2025: culpable. Consideraron probado que Fátima causó la muerte de Leticia, asfixiándola en su hogar. Sin embargo, el veredicto se inclinó hacia el homicidio y no el asesinato, un matiz legal que, aunque reconoce la autoría, a veces deja un sabor amargo en quienes buscan la máxima condena posible por la alevosía percibida.

La sentencia confirmó que la motivación económica fue el motor del crimen. Esos 11.000 euros, fruto de horas de limpieza y sacrificio, no sirvieron para dar una mejor vida a la familia de Leticia, sino que se convirtieron en la razón de su final. La vida de una mujer joven, llena de proyectos, fue tasada y descartada por un puñado de billetes que su deudora no quería soltar.


La comunidad de O Barco y la diáspora paraguaya recibieron la condena con una mezcla de alivio y dolor persistente. Alivio porque la verdad oficial señalaba a la responsable, y dolor porque ninguna pena de cárcel devuelve la vida ni borra la imagen de los últimos instantes de terror de "Rosi" a manos de quien creía su amiga.

El caso de Leticia Magalí Sanabria nos obliga a reflexionar sobre la fragilidad de la confianza. Nos muestra cómo la avaricia puede corroer los lazos más cercanos, transformando la convivencia en un riesgo mortal. En un mundo donde muchos emigran para sobrevivir, encontrar la muerte en el lugar que debía ser tu refugio es la injusticia suprema.

La condena a Fátima cierra el expediente judicial, pero abre una interrogante inquietante sobre la naturaleza humana. ¿Cuánto vale una vida? Para su asesina, valía menos que la vergüenza de una deuda o la codicia de quedárselo todo. Leticia trabajó para construir un sueño, y alguien decidió que ese sueño terminara en una pesadilla de asfixia y silencio.


Hoy, el nombre de Leticia Magalí resuena no solo como víctima, sino como símbolo del esfuerzo migrante truncado por la maldad. Su historia queda escrita en la crónica negra de Galicia como un recordatorio de que, a veces, el peligro más letal no entra por la ventana, sino que tiene llave de casa y duerme en la habitación de al lado.

Cuando el miedo te roba la voz, esto grita por ti

En situaciones de pánico, la garganta se cierra y pedir ayuda se vuelve imposible. Esta alarma personal está diseñada para romper el silencio ensordecedor de una agresión: un sonido de 140dB y una luz estroboscópica para disuadir y alertar cuando tú no puedes hacerlo.

Ver cómo funciona

Leer más

Publicar un comentario

0 Comentarios