El verano en Tucumán suele imponer su ritmo lento y sofocante, buscando refugio en la sombra de los árboles o en la frescura de las piletas. Para muchas familias de Yerba Buena, las colonias de vacaciones representan ese oasis necesario, un lugar donde la infancia puede desplegarse con libertad y seguridad mientras los adultos cumplen con sus obligaciones laborales. Nadie imagina que al dejar a su hijo en un jardín maternal de la calle Berutti al 800, la despedida en la puerta será la última.
La mañana del martes 13 de enero de 2026 transcurría con la normalidad bulliciosa propia de un grupo de niños pequeños. El establecimiento, que durante el año funciona como jardín maternal y en verano adapta sus actividades como colonia, albergaba risas y juegos bajo el cuidado de docentes. Sin embargo, la fragilidad de la vida se hizo presente de la forma más inesperada y cotidiana: durante el momento de la merienda.
Un niño de apenas dos años, cuya identidad se mantiene en resguardo por respeto al dolor familiar, se encontraba comiendo uvas, una fruta fresca y habitual en la dieta estival. En un instante crítico, la deglución falló y el alimento se convirtió en una trampa mortal, obstruyendo las vías respiratorias del pequeño. El aire dejó de fluir y el pánico se apoderó de la sala, rompiendo la armonía del desayuno con la urgencia de la asfixia.
Las docentes a cargo reaccionaron ante la emergencia, intentando liberar la obstrucción y realizando las primeras maniobras de reanimación mientras el tiempo, ese juez implacable en casos de hipoxia, corría en contra. La desesperación se transformó en una carrera frenética hacia la ayuda profesional, trasladando al menor de urgencia al Centro de Salud Municipal Ramón Carrillo, ubicado a poca distancia del lugar de los hechos.
El ingreso al hospital estuvo marcado por la gravedad extrema. El niño llegó en paro cardiorrespiratorio, sin signos vitales evidentes, lo que obligó al equipo médico a desplegar un protocolo de máxima complejidad. La sala de emergencias se convirtió en el escenario de una lucha desigual entre la ciencia y la muerte, donde cada segundo contaba y cada maniobra buscaba desesperadamente una respuesta del pequeño corazón detenido.
Durante 48 minutos, los médicos realizaron maniobras de reanimación cardiopulmonar avanzada. Se utilizó desfibrilador y se aplicaron todas las técnicas disponibles para intentar revertir el cuadro, pero el organismo del niño no respondió. La directora del centro de salud, con la voz cargada de la impotencia que genera perder a un paciente tan joven, tuvo que confirmar el desenlace fatal: a las 11:58 se detuvo el protocolo de resucitación.
La noticia de la muerte cayó como un mazazo sobre la familia y la comunidad de Yerba Buena. La incredulidad se mezcló con el dolor más profundo, ese que no encuentra consuelo ni explicación racional inmediata. Un niño sano, lleno de vida, había fallecido por un incidente que, visto desde fuera, parece absurdamente evitable pero que encierra una letalidad devastadora.
La Justicia tucumana tomó intervención inmediata ante la naturaleza del suceso. La Unidad Fiscal de Homicidios de Feria, bajo la dirección de la fiscal María del Carmen Reuter, ordenó el inicio de una investigación exhaustiva para esclarecer las circunstancias exactas de la muerte y determinar posibles responsabilidades. El jardín maternal pasó de ser un lugar de recreo a una escena bajo escrutinio legal.
Personal del Equipo Científico de Investigaciones Fiscales (ECIF) se hizo presente en el establecimiento para realizar las pericias correspondientes. El objetivo no es solo reconstruir la secuencia de hechos, sino verificar si el lugar contaba con los protocolos de seguridad y las habilitaciones necesarias para funcionar como colonia de vacaciones y albergar a niños de esa edad.
Entre las medidas probatorias ordenadas, se procedió al secuestro de documentación administrativa y, crucialmente, de las grabaciones de las cámaras de seguridad del recinto. Estas imágenes serán determinantes para visualizar la dinámica del atragantamiento, la supervisión que tenía el menor en ese momento y la rapidez y eficacia de la respuesta del personal a cargo tras el incidente.
La autopsia, programada para la tarde del mismo martes, fue solicitada para confirmar científicamente la causa de muerte por asfixia mecánica por obstrucción y descartar cualquier otra patología previa o concurrente. Es el paso final forense para cerrar el capítulo médico y abrir el debate sobre la prevención y la seguridad en la alimentación infantil.
Este caso ha reabierto la discusión sobre los riesgos de ciertos alimentos en la primera infancia. Las uvas, por su forma y textura, representan un peligro de atragantamiento conocido, y los expertos recomiendan cortarlas de manera específica para evitar que sellen la glotis en caso de aspiración accidental. La pregunta sobre si se siguieron estas recomendaciones básicas resuena ahora con fuerza en la opinión pública.
La conmoción social es palpable. Padres y madres de toda la provincia miran ahora con recelo las viandas y los protocolos de los lugares donde confían a sus hijos. La tragedia de Yerba Buena ha puesto de manifiesto que la seguridad en las colonias no solo depende de las instalaciones físicas o las piletas, sino de detalles tan pequeños como la forma de servir una fruta.
La investigación deberá determinar si hubo negligencia, impericia o si se trató de un accidente fortuito e imprevisible. Sin embargo, para la familia del pequeño, las categorías legales no alivian el vacío de una habitación que ha quedado en silencio. La pérdida de un hijo de dos años es una herida que altera el orden natural de la existencia.
El establecimiento permanece ahora bajo la lupa, y su futuro dependerá de lo que revelen los expedientes y las cámaras. La responsabilidad de cuidar vidas ajenas, especialmente las más vulnerables, conlleva una carga que no admite errores, y este suceso servirá, lamentablemente, como un recordatorio doloroso de esa premisa.
Hoy, Yerba Buena llora a uno de sus pequeños. El verano continuará, pero para una familia el sol se ha apagado definitivamente. Queda la crónica de un día que empezó con la promesa de diversión y terminó con el silencio de una uva, recordándonos la fragilidad extrema de la vida cuando apenas está comenzando a florecer.
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