La madrugada del 25 de diciembre de 2025, el municipio de Burjassot, en el área metropolitana de Valencia, se preparaba para celebrar el día más mágico del año. Sin embargo, en un edificio de la calle Blasco Ibáñez, la ilusión navideña se rompió de la forma más brutal imaginable. Un niño, que acababa de cumplir nueve años en noviembre, se precipitó desde el balcón de un séptimo piso hacia el patio interior de la finca, convirtiendo la noche de paz en una pesadilla eterna para su familia.
El menor se encontraba pasando las fiestas navideñas en casa de sus abuelos paternos, junto a su padre, ya que sus progenitores estaban separados. Nada en su comportamiento durante la cena de Nochebuena hizo presagiar la tragedia. Se fue a dormir con la emoción propia de su edad, esperando abrir sus regalos a la mañana siguiente. Pero algo ocurrió en la soledad de su habitación, algo lo suficientemente oscuro para empujarlo a tomar una decisión irreversible mientras el resto de la casa dormía.
El hallazgo del cuerpo se produjo en plena madrugada. Los servicios de emergencia, alertados por el estruendo y la reacción de los familiares, acudieron de inmediato, pero las lesiones causadas por la caída desde tal altura eran incompatibles con la vida. Los sanitarios solo pudieron certificar el fallecimiento y ofrecer asistencia psicológica a un padre y unos abuelos que entraron en estado de shock absoluto.
La Policía Nacional, a través del Grupo de Homicidios, asumió la investigación. Desde el primer momento, la inspección ocular descartó la participación de terceras personas en el domicilio y la hipótesis del accidente fortuito perdió fuerza. Todo apuntaba a un acto voluntario, un suicidio consumado por un niño de nueve años, un hecho estadísticamente anómalo y psicológicamente devastador que obligó a los agentes a buscar el detonante fuera del mundo físico.
La investigación se centró inicialmente en su entorno escolar. El niño residía habitualmente con su madre en otra localidad valenciana, Riba-roja de Túria. Los agentes contactaron con su colegio para indagar sobre posibles casos de acoso escolar o bullying presencial. Sin embargo, los primeros informes y testimonios de profesores y compañeros no arrojaron indicios de conflictos graves en las aulas que explicaran tal desesperación.
Descartada, o al menos debilitada, la vía del acoso escolar tradicional, la mirada de los investigadores se dirigió hacia la única ventana que el niño tenía abierta esa noche: la digital. Los agentes incautaron la tablet y el teléfono móvil que el menor utilizaba, dispositivos que se han convertido en la pieza angular del caso y que están siendo analizados minuciosamente por los peritos informáticos.
El foco de las pesquisas se ha situado sobre dos plataformas de videojuegos inmensamente populares: Fortnite y Roblox. Se sabe que el niño era usuario activo de estos juegos, donde la interacción con otros jugadores a través de chats de voz y texto es constante y, a menudo, difícil de supervisar para los adultos. La policía sospecha que el detonante de la tragedia se esconde en esas conversaciones virtuales.
La hipótesis principal que baraja ahora la Policía Nacional es que el menor pudo ser víctima de ciberacoso, de algún reto viral macabro o, lo que es más aterrador, de un caso de "grooming". Se investiga si algún adulto, oculto tras un avatar infantil, pudo haberlo coaccionado, amenazado o manipulado psicológicamente para inducirlo al suicidio en esa fecha tan señalada.
El análisis forense de los dispositivos es complejo. Los investigadores están rastreando historiales de chat, conexiones a servidores y mensajes privados en busca de cualquier amenaza o instrucción que el niño hubiera recibido en las horas o días previos a su muerte. La volatilidad de los mensajes en estas plataformas y el anonimato de los usuarios complican la identificación de los posibles responsables.
También se está revisando su actividad en redes sociales como TikTok, donde a menudo circulan "challenges" o desafíos virales que ponen en riesgo la integridad de los menores. No se descarta que el niño intentara cumplir alguna prueba de valor absurda impuesta por la presión de grupo digital, aunque la intencionalidad del salto sugiere un trasfondo de angustia más profundo.
La familia, destrozada, colabora con las autoridades entregando todas las contraseñas y accesos disponibles. Su dolor se ve agravado por la incomprensión de cómo un peligro mortal pudo colarse en la seguridad del hogar sin que nadie se diera cuenta. El niño no dejó nota de suicidio, lo que refuerza la teoría de un impulso repentino provocado por un estímulo externo inmediato.
Expertos en ciberseguridad y psicología infantil advierten que los depredadores en juegos como Roblox aprovechan la inocencia de los niños para ganarse su confianza y luego someterlos a chantajes. Un niño de nueve años no tiene las herramientas emocionales para gestionar una amenaza de un supuesto amigo virtual que le dice que "si no haces esto, mataré a tu familia".
El caso ha generado una ola de pánico contenido entre los padres de Valencia y de toda España. Fortnite y Roblox son patios de recreo virtuales donde juegan millones de niños a diario. La idea de que en esos espacios lúdicos pueda esconderse un inductor al suicidio ha encendido todas las alarmas sobre la falta de control parental efectivo en la era digital.
El juzgado que instruye la causa ha decretado el secreto de sumario para proteger la intimidad del menor y no entorpecer las diligencias tecnológicas. Se espera que el volcado de datos de los servidores de los videojuegos arroje luz sobre con quién habló el niño esa madrugada y qué se le dijo para que viera en la muerte su única salida.
A fecha de mediados de enero de 2026, la policía sigue "cazando" al fantasma digital. Si se confirma la intervención de un tercero a través de la red, estaríamos ante un delito de inducción al suicidio o homicidio imprudente, dependiendo de las circunstancias. Los agentes buscan una IP, un rastro, un nombre de usuario que ponga rostro al horror.
Mientras Burjassot intenta recuperar la normalidad tras una Navidad teñida de luto, la habitación del niño permanece vacía. Su muerte nos obliga a mirar las pantallas de nuestros hijos con otros ojos, recordándonos que el abismo ya no necesita estar en un acantilado; a veces, basta con un clic y una conexión a internet para caer en él.
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