La mañana del 11 de enero de 2003, el barrio del Putxet, en Barcelona, respiraba como cualquier sábado. Un portal, un ascensor, la bajada a un aparcamiento privado. María Àngels Ribot entró en ese espacio de cemento sin imaginar que allí abajo la esperaba un sonido seco, mínimo y brutal: un golpe de martillo.
No hubo una discusión previa ni una historia compartida que explicara el encuentro. La relación entre víctima y agresor era la más inquietante de todas: la de dos desconocidos que coinciden en un lugar rutinario. La vida de Ribot se apagó entre plazas de parking y luz artificial, donde el eco convierte cualquier ruido en amenaza.
En la superficie, el día siguió. Pero en los pasillos del edificio quedó la sensación de una puerta que ya no protegía. La idea de que el peligro estaba en el sótano, en la misma ruta que se repite sin pensar: bajar por el coche, subir con bolsas, volver a casa.
Once días después, el 22 de enero, el mismo aparcamiento volvió a tragarse una historia. María Teresa de Diego descendió al parking y nunca regresó. De nuevo el martillo, de nuevo la violencia concentrada en un espacio estrecho, como si el lugar hubiera sido elegido por su silencio.
Dos fechas, dos mujeres, el mismo escenario. El barrio entendió entonces que no se trataba de un hecho aislado. Las conversaciones cambiaron de tono: ya no era ‘bajo un momento’, sino ‘avísame cuando vuelvas’, ‘no vayas sola’, ‘deja la llave preparada’.
Con el tiempo aparecieron detalles que encajaban como piezas sucias: el robo de bolsos, el intento de sacar dinero con tarjetas ajenas, la idea de que alguien podía observar horarios, entradas y salidas. No era solo violencia; era una violencia que aprovechaba la costumbre.
El nombre de Juan José Pérez Rangel empezó a tomar forma alrededor de ese parking. Lo describieron como alguien capaz de merodear sin llamar la atención, un rostro que se confunde con el entorno hasta que, de pronto, el entorno se convierte en trampa.
En el juicio se hablaría de indicios concretos: rastros biológicos, una huella, objetos vinculados al segundo ataque, y también imágenes captadas en momentos posteriores. Pero en el corazón del relato seguía la misma pregunta, la que no se responde con papeles: por qué dos mujeres, por qué ese lugar, por qué así.
Pérez Rangel mantuvo su inocencia y trató de abrir otras hipótesis, como si sembrar dudas pudiera borrar la escena del sótano. Sin embargo, el jurado lo declaró culpable por unanimidad, y esa unanimidad sonó a una puerta que se cierra con un golpe lento.
La sentencia llegó con un número que no consuela a nadie, pero que mide el peso del daño: 52 años y 9 meses de prisión. El castigo sumaba las dos muertes y otros actos ligados a lo que ocurrió después, como si la justicia intentara abarcar todo el recorrido, desde el primer golpe hasta el último intento de beneficio.
Para las familias, la condena no devolvió la normalidad. La rutina es lo primero que se rompe en estos casos: el ascensor, el pasillo, el gesto de bajar al parking. Lo cotidiano se vuelve sospechoso, y el miedo aprende a vivir en lugares donde antes solo había prisa.
El Putxet no recordaría el caso por una gran persecución ni por una escena pública, sino por lo contrario: por el silencio de un aparcamiento privado, por el instante en que una vida puede quedar atrapada entre columnas y coches.
El móvil exacto no quedó claro. A veces eso es lo más desesperante: que la historia tenga un final judicial y aun así conserve un hueco oscuro en el centro, un vacío que obliga a mirar el horror sin una explicación que lo domestique.
María Àngels Ribot y María Teresa de Diego quedaron unidas por once días y un mismo umbral. Y aunque el tiempo avance, el eco del martillo en el Putxet sigue siendo una forma de memoria: la de una rutina que terminó en oscuridad.
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