Isidro Hernández tenía 76 años y una vida hecha de costumbres pequeñas, de trayectos conocidos y saludos repetidos. El 12 de febrero de 2026, en Telde, su rastro se perdió y el tiempo empezó a medirse en horas de espera.
Al principio, la desaparición fue eso: una ausencia que no encajaba. Un familiar dio la voz de alarma y, en cuestión de poco, la noticia se convirtió en un nombre compartido: Isidro. Un nombre que se repite cuando se busca y se teme a la vez.
Durante seis días, la búsqueda fue creciendo como crece la inquietud en un pueblo grande y una isla pequeña: vecinos que preguntan, teléfonos que suenan, mensajes que van y vuelven, y la sensación de que cualquier detalle podría ser la llave.
Se rastrearon zonas del municipio y lugares de difícil acceso. Cada tramo de tierra removida, cada vuelta por un sendero, llevaba la misma esperanza silenciosa: encontrarlo con vida, traerlo de vuelta a casa, cerrar el círculo.
Pero la realidad tomó otro camino. El 18 de febrero, cerca de la Sima de Jinámar, en un camino de tierra y picón, apareció el cuerpo de un hombre. No había señales externas evidentes que explicaran el final, solo la crudeza del hallazgo.
La localización llegó de la mano de una unidad canina especializada. El guía y su perro, Rony, recorrieron el terreno con una paciencia entrenada para lo que nadie quiere confirmar. A veces, el olfato es el último hilo que une a una familia con la verdad.
Rony no era un nombre cualquiera dentro del dispositivo: era la promesa de que el rastreo no se rendía. En búsquedas así, los equipos trabajan contra el silencio del campo y contra el ruido interior de quienes esperan.
Para los familiares, cada jornada acumulaba el peso de la incertidumbre. No es solo no saber; es imaginar todas las posibilidades a la vez, y aun así salir cada mañana con la esperanza intacta, porque renunciar a ella duele más.
La comunidad también se volcó. En estos casos, la solidaridad no se anuncia: se hace. Alguien ofrece un coche, otro un punto de agua, otro una linterna, otro una ruta que conoce. La búsqueda se vuelve colectiva.
Cuando el hallazgo se confirmó, la historia cambió de tono. La pregunta dejó de ser dónde está Isidro y pasó a ser qué ocurrió. El duelo, sin embargo, no espera a las respuestas: llega de golpe y se queda.
Quedó la imagen del terreno, la proximidad de la sima, y el recuerdo de un operativo que no escatimó esfuerzos. Quedó, sobre todo, la certeza de que la desaparición de una persona es un miedo que contagia a todos.
Isidro no era un titular: era alguien con familia, con recuerdos, con una silla en la mesa y un lugar en la rutina de otros. Por eso los carteles no son papel: son una forma de decir no te olvidamos.
Ahora, el caso entra en una fase distinta, con diligencias y comprobaciones para aclarar lo sucedido. Pero la vida en Telde ya quedó marcada por esos días de búsqueda y por el golpe final.
Hay despedidas que llegan sin aviso y dejan el aire lleno de preguntas. En Telde, el nombre de Isidro Hernández quedó unido a una fecha y a un lugar, y a esa esperanza que se sostuvo hasta el último paso.
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