Benicàssim: Ana María Sorribas y el Ataque en el Centro de Salud (2026)


Benicàssim, Castellón, lunes 16 de febrero de 2026. A las 12:30, el centro de salud seguía con su ritmo de siempre: turnos, esperas, gente mirando el móvil y nombres que se repiten porque el pueblo se conoce. En ese escenario cotidiano, Ana María Sorribas estaba de guardia, sin imaginar que aquel mediodía iba a quedarse marcado para todos.

Ana María tenía 64 años y llevaba media vida cuidando a los demás. Para muchos pacientes era una cara familiar, una voz tranquila, una rutina que alivia. Por eso el golpe fue doble: no solo la pérdida de una mujer, sino la sensación de que ni siquiera el lugar destinado a curar estaba a salvo.

El hombre detenido tenía 70 años y había sido su expareja. Habían compartido una relación durante años y se habían separado, se conoció después, el pasado diciembre. En historias así, la ruptura no siempre es el final: a veces es el punto donde la obsesión busca una última palabra.

El ataque ocurrió delante de testigos, en la sala de espera. Se habló de un arma blanca de grandes dimensiones y, en el lugar, de dos cuchillos de cocina. La escena no fue una calle oscura ni una casa aislada: fue un espacio público, iluminado, con gente alrededor, con la normalidad aún pegada a las paredes.

Tras las primeras heridas, compañeros y sanitarios trataron de sostener lo que se iba. Llegó la asistencia urgente y el traslado al Hospital General Universitario de Castellón se convirtió en una carrera contra el tiempo. Durante un rato, todo fue ese tipo de esperanza que solo existe en los pasillos: la de que la medicina consiga ganarle terreno a lo irreversible.

Pero Ana María no sobrevivió. Y cuando la noticia se confirmó, Benicàssim pasó de la confusión al duelo. El centro de salud cerró sus puertas, como si también necesitara protegerse del recuerdo inmediato de lo ocurrido.


En medio del caos, el agresor fue retenido por personas que estaban allí. No fue una persecución ni una huida: fue una detención en caliente, en el mismo lugar donde se había desatado la violencia. Esa cercanía lo vuelve aún más difícil de procesar: no hubo distancia para que el miedo se acomodara.

La Guardia Civil se hizo cargo de las primeras diligencias y del detenido. También trascendió que ni la víctima ni el presunto autor figuraban en el sistema VioGén, y que no constaba una orden de alejamiento entre ambos. A veces el peligro no deja expediente previo; solo deja señales que se entienden tarde.

Los detalles se acumulan en la memoria colectiva como objetos en una mesa: la hora exacta, el lugar preciso, los testigos que aún oyen los gritos, la silla donde alguien esperó su turno sin saber que estaba a punto de presenciar un crimen. En un pueblo, esos fragmentos se repiten en voz baja durante semanas.

Quedó además la sensación amarga de lo previsible. No porque lo fuese, sino porque la violencia machista tiene un patrón que se reconoce después: control, ruptura, amenaza, castigo. Y cuando ese patrón se materializa, lo que parecía impensable adopta la forma de una noticia que nadie quería leer.

El Ayuntamiento decretó días de luto y convocó un minuto de silencio. Son gestos que intentan poner orden al shock, dar un lugar al dolor, decir en público lo que en privado se rompe. Pero también son un recordatorio: la comunidad acompaña, aunque no pueda devolver el tiempo.

Para quienes trabajaron con Ana María, el centro de salud ya no será el mismo. La consulta, los pasillos, la sala de espera: todo queda atravesado por una ausencia. En profesiones de cuidado, la muerte suele llegar desde fuera; esta vez entró por la puerta principal.

La investigación judicial seguirá su curso, con sus plazos y sus nombres legales. Pero hay una verdad que no necesita trámite: Ana María Sorribas salió de casa para trabajar y terminó convertida en víctima dentro de su propio lugar de trabajo.


En Benicàssim, el mediodía del 16 de febrero ya no es una fecha más. Es una cicatriz con dirección concreta: una sala de espera, una bata, un turno que no se terminó. Y la pregunta que queda suspendida, incómoda y necesaria, es la misma de siempre: ¿cuántas señales hacen falta para que la protección llegue antes del golpe final?

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