Ejecución en el callejón: El sacrificio de Bori tras una noche de fiesta en Alcorcón



Alcorcón, una de las arterias vibrantes del cinturón sur de Madrid, suele ser escenario de risas y juventud durante las madrugadas de fin de semana. Sin embargo, en octubre de 2022, la oscuridad de un callejón estrecho se tragó los sueños de un joven de 19 años que solo buscaba refugio y un futuro lejos de la crisis de su Venezuela natal.

Bori, como todos le llamaban cariñosamente, era un joven en situación de asilo que había llegado a España cargado de esperanzas. Su vida, que apenas comenzaba a florecer en libertad, se cruzó con la cara más amarga de la violencia urbana una noche de celebración que debía terminar en abrazos y no en disparos.

Todo comenzó en la discoteca Diverso, un punto de encuentro habitual donde Bori y sus amigos celebraban un cumpleaños. Lo que empezó como una velada de música y brindis se torció en la salida, cuando una chispa de conflicto encendió una pelea que, aunque parecía haber terminado, solo era el preludio de una cacería humana.

Tras el altercado inicial, Bori y sus acompañantes decidieron retirarse, caminando hacia la seguridad de su hogar para dejar atrás la tensión. No sabían que, en la sombra de las calles laterales, un vehículo los acechaba con la paciencia de un depredador esperando el momento exacto para saltar sobre su presa.

De pronto, el chirrido de unos neumáticos rompió el silencio de la noche; un coche frenó en seco cortándoles el paso. De su interior emergió una figura vestida de blanco, una imagen casi espectral que, en lugar de ayuda, portaba el frío metal de una pistola lista para ser utilizada.

"¡Mátales, mátales!", fue el grito que desgarró el aire, una orden de ejecución que convirtió la calle en un campo de tiro. Sin tiempo para procesar el terror, Bori y sus amigos Joel y una joven se vieron perseguidos por tres hombres decididos a no dejar testigos de su paso por aquel lugar.



En un acto de heroísmo instintivo que define el carácter de un hombre, Bori no corrió para salvarse solo a sí mismo. Según los testimonios y la reconstrucción de los hechos, el joven hizo de escudo humano, interponiéndose entre las balas y su amigo Joel, evitando que el plomo alcanzara a quien caminaba a su lado.

La persecución se adentró en un callejón angosto, una ratonera donde el eco de los disparos se multiplicaba contra las paredes. Un proyectil alcanzó a Bori en el hombro izquierdo, haciéndole perder el equilibrio y caer pesadamente contra la estructura metálica de un andamio que se alzaba en la zona.

Indefenso en el suelo y herido, Bori no encontró piedad en sus perseguidores. Sus verdugos lo alcanzaron y, con una frialdad que estremece a los investigadores, lo ejecutaron descerrajándole un tiro en la cabeza a apenas un metro de distancia, asegurándose de que su luz se apagara allí mismo.

Mientras Bori yacía en el asfalto, sus amigos lograban escapar milagrosamente de una muerte que parecía segura. Joel y la joven sobrevivieron no solo por su velocidad, sino por el tiempo que el sacrificio de Bori les compró frente a unos atacantes que vaciaron sus cargadores sin remordimiento.

La investigación de la Policía Nacional fue un rompecabezas de pruebas biológicas y rastro digital. Gabriel, uno de los acusados, dejó un reguero de sangre en el callejón tras haber sido herido en la pelea previa, una firma genética que lo situaba irremediablemente en la escena del crimen junto al cuerpo.

Estarly Rafael P.S. tampoco pudo escapar de la evidencia; los restos de pintura en el parachoques de su coche coincidían con el impacto de la huida. Además, el posicionamiento de los teléfonos móviles de los tres sospechosos dibujó una ruta criminal que terminaba en el Hospital Severo Ochoa, donde buscaron cura para sus propias heridas.

En febrero de 2026, la Audiencia de Madrid ha sido el escenario final de este drama judicial. Sentados en el banquillo, Estarly, Jesús y Gabriel mantuvieron un silencio desafiante o culparon a otros, pero las pruebas eran demasiado sólidas para ser ignoradas por los ciudadanos que formaban el tribunal.

El jurado popular ha dictado una sentencia de culpabilidad por unanimidad. Consideran probado que los tres son responsables del asesinato de Bori y de las dos tentativas sobre sus amigos, rechazando la teoría de un "fuego cruzado" alegada por las defensas para intentar rebajar la gravedad del acto.

La Fiscalía y las acusaciones particulares han sido contundentes al solicitar penas de hasta 55 años de prisión para cada uno de los implicados. Es una cifra que busca castigar no solo el homicidio, sino la alevosía y la tenencia ilícita de unas armas que nunca debieron haber salido a la calle.



Bori ya no podrá ver el futuro que buscó al cruzar el océano, pero su nombre queda grabado en la memoria de Alcorcón como el del joven que dio su vida para que otros pudieran seguir respirando. Su historia es una pesadilla de violencia gratuita que nos recuerda lo frágil que puede ser la vida tras una noche de fiesta.

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