La Palma es una isla de contrastes, donde el verde de los pinos se funde con el negro volcánico y el azul infinito del Atlántico. El 16 de febrero de 2026, mientras las calles de la capital se teñían de blanco por la festividad de Los Indianos, una sombra de incertidumbre empezó a cernirse sobre una familia. Airam Concepción Afonso, un joven de 20 años con autismo, desapareció entre el bullicio y el estruendo que tanto intentaba evitar.
Para Airam, el mundo no se procesa con la misma frecuencia que para los demás. El ruido ensordecedor, las aglomeraciones y el caos de una fiesta multitudinaria pueden convertirse en una prisión sensorial insoportable. Aquella tarde, tras bajarse de una guagua en la entrada de Santa Cruz de la Palma, el joven entró en lo que los expertos llaman un "colapso de autismo", un estado de desconexión y miedo que lo empujó a buscar refugio en la soledad.
A las seis de la tarde de aquel lunes, se produjo el último contacto real. Una breve llamada telefónica a su familia donde Airam, con la voz quebrada por la desorientación, confesó que no sabía dónde se encontraba. Segundos después, la batería de su móvil se agotó, apagando la única luz que lo conectaba con su hogar y dando inicio a una cuenta atrás que hoy cumple once días de angustia.
Desde ese instante, Mercedes Afonso, su madre, vive en un infierno que solo quienes han perdido a un hijo pueden comprender. Sin embargo, en medio del dolor, mantiene una calma asombrosa impulsada por la esperanza. Para ella, Airam no ha desaparecido de forma convencional; su hijo se está escondiendo, huyendo de una realidad que le resulta hostil y buscando el camino de regreso a casa por sus propios medios.
La búsqueda ha movilizado a la isla entera. Helicópteros, drones, buzos y patrullas terrestres peinan cada barranco y cada rincón del litoral. Pero la psicología del autismo añade una capa de complejidad al operativo: Airam podría estar viendo a sus rescatadores y, sin embargo, ocultarse entre la maleza por miedo a la brusquedad de los desconocidos o al sonido de los motores.
Los rastros que ha dejado en su camino son como migas de pan en un cuento oscuro. En la arena de algunas playas y en senderos de la cumbre, han aparecido mensajes grabados con una caligrafía que Mercedes reconoce como la de su hijo. Son gritos mudos, señales de que Airam sigue moviéndose, probablemente bajo el amparo de la luna, cuando el ruido del mundo se apaga y se siente más seguro.
El hallazgo de su mochila negra fue el primer golpe de realidad. Días después, la confirmación de que un pantalón vaquero azul hallado en el mar cerca de Los Cancajos pertenecía "casi con total seguridad" al joven, elevó la tensión del operativo. La búsqueda se ha intensificado en el litoral de Breña Baja, donde el rugido de un mar embravecido dificulta las labores de los buzos y añade una nota de terror a la espera.
Mercedes ha realizado una petición que rompe el corazón por su sencillez y desesperación: solicita a los vecinos de las zonas de rastro que dejen agua y comida en los exteriores de sus casas. Es un intento de alimentar a un hijo que se ha vuelto invisible, una forma de decirle, a través de la supervivencia básica, que no está solo en su exilio voluntario.
La teoría de la familia es que Airam está siguiendo una ruta emocional. Los avistamientos reportados coinciden con lugares significativos para él: las esculturas que hizo su padre en Risco Alto, una antigua casa familiar en La Encarnación o puntos de Santa Cruz de la Palma que conoce bien. Se mueve entre recuerdos, buscando un ancla de seguridad en un paisaje que se ha vuelto confuso.
La psicóloga del joven advierte que un colapso de este tipo puede durar varios días, tras los cuales la persona intenta recuperar la lógica y volver a su entorno. Expertos en desapariciones de jóvenes autistas han recordado casos donde personas en situaciones similares han sobrevivido hasta 20 días en la naturaleza, alimentando la fe de que Airam aún está esperando su momento para aparecer.
Sin embargo, el tiempo es un enemigo implacable. Las noches en la cumbre de La Palma pueden ser gélidas y el terreno, escarpado y traicionero, no perdona errores. Cada hora que pasa sin noticias es una herida que se ensancha en la comunidad palmera, que se ha volcado en una solidaridad ejemplar para traer al joven de vuelta.
La madre de Airam pide "calma" ante el ruido mediático. Teme que el exceso de gente buscándolo de forma desorganizada provoque que el joven se interne aún más en zonas inaccesibles. La instrucción es clara para quien crea verlo: acercarse con extrema delicadeza, sin gritar su nombre, sin movimientos bruscos, respetando ese espacio vital que ahora mismo es su único escudo.
La imagen de Airam, con sus ojos azules y su sudadera negra, se ha convertido en un símbolo de la fragilidad humana frente a la naturaleza y frente a nosotros mismos. Su desaparición nos obliga a reflexionar sobre cómo nuestra sociedad, tan ruidosa y acelerada, a veces empuja a los más sensibles hacia los márgenes de la existencia.
El operativo sigue activo por tierra, mar y aire, desafiando el mal tiempo y la incertidumbre. Las patrullas de la Guardia Civil y Protección Civil no descansan, rastreando cuevas y acantilados con la esperanza de encontrar un rastro fresco, un indicio de que el joven que escribe en la arena sigue luchando por encontrar la senda de regreso.
Mientras tanto, en algún lugar de la isla, quizás bajo el cobijo de un pino o en la sombra de un risco, Airam sigue en su propio mundo. La esperanza de su madre es que, al final de este laberinto sensorial, el joven vea la luz de su casa y decida que ya es hora de dejar de esconderse.
Hoy, La Palma no duerme tranquila. El caso de Airam Concepción es una pesadilla real que nos mantiene pegados a la pantalla, esperando ese mensaje que confirme que el joven del silencio ha vuelto a los brazos de su madre. Hasta entonces, solo queda el eco de su nombre en el viento y los cuencos de agua esperando en las puertas de los vecinos.
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