Santa Brígida, en Gran Canaria, volvió a convertirse en el epicentro de una noticia que desafía cualquier lógica humana. El 29 de mayo de 2022, la paz de la finca El Gamonal se rompió para siempre, dejando tras de sí un relato de traición y sufrimiento que ha quedado grabado en la historia negra de la isla.
Juan Betancor no era solo un nombre conocido en los tribunales; era un abogado penalista respetado, un hombre que había dedicado su carrera a entender las leyes y defender causas complejas. Nadie podía imaginar que su mayor peligro no vendría de un juzgado, sino de alguien en quien confiaba plenamente dentro de sus propios muros.
En su finca residía Antonio Paulo, un hombre de 72 años al que el abogado había acogido y empleado para las tareas de mantenimiento durante más de una década. Lo que parecía ser una relación de lealtad y trabajo de años, escondía un resentimiento que fermentó en silencio hasta volverse letal.
Aquella mañana de domingo, la normalidad se desvaneció entre el olor a gasolina y el brillo de un mechero. Sin previo aviso, el empleado sorprendió a su jefe y, movido por un odio acumulado, lo roció con combustible antes de prenderle fuego en un pasillo de la vivienda.
En un acto desesperado por salvar su vida, Juan Betancor, envuelto en llamas, corrió hacia el aljibe de la finca. Pensó que el agua sería su refugio y la única forma de apagar el infierno que devoraba su piel, sin saber que su agresor tenía un plan mucho más oscuro.
Una vez que el abogado se lanzó al agua buscando alivio, Antonio Paulo no se detuvo. En lugar de retroceder ante el horror de lo que había hecho, cerró la pesada tapa del depósito y colocó peso encima para asegurar que su víctima no pudiera escapar de aquella trampa mortal.
El silencio de la finca se llenó entonces con los gritos amortiguados de un hombre que luchaba por respirar en la oscuridad, atrapado entre el humo y el agua. Fue la intervención de la esposa de Juan, Fátima, y la rápida llegada de la Guardia Civil lo que permitió localizar el lugar donde se encontraba.
Al abrir el aljibe, la escena fue devastadora. Los agentes y familiares encontraron a un hombre irreconocible, con más del 80% de su cuerpo consumido por el fuego, suplicando ayuda desde el fondo del depósito. Sus últimas palabras, pidiendo ser rescatado, quedaron grabadas en quienes lograron sacarlo de allí con vida.
A pesar de ser trasladado de urgencia a una unidad de quemados de alta especialización, la gravedad de las lesiones era irreversible. Tres días después, tras una agonía que nadie debería sufrir, el corazón de Juan Betancor dejó de latir, dejando a la sociedad canaria en un estado de shock absoluto.
El impacto de este crimen fue masivo no solo por la identidad de la víctima, sino por la frialdad del método utilizado. No fue un arrebato momentáneo, sino un ataque planeado para asegurar el máximo sufrimiento, convirtiendo un elemento de vida como el agua en una cárcel asfixiante.
El juicio, celebrado en julio de 2024, sacó a la luz los detalles de una convivencia que el agresor describió como opresiva, aunque el jurado no encontró justificación alguna para semejante ensañamiento. Antonio Paulo fue declarado culpable de asesinato, enfrentándose a una condena que probablemente será el final de sus días.
La figura de Juan Betancor es recordada hoy por sus colegas como la de un profesional brillante, pero sobre todo como la de un hombre que, paradójicamente, intentó ayudar a quien finalmente se convertiría en su verdugo. La traición aquí no fue solo laboral, sino profundamente humana.
Hoy, la finca de El Gamonal guarda un silencio pesado. Quienes pasan por la zona no pueden evitar mirar hacia el lugar donde un hombre buscó salvación en el agua y encontró el peso de la crueldad cerrándose sobre él. Es un recordatorio de que los monstruos a veces no se esconden, sino que cuidan nuestro jardín.
El vacío dejado en el sector jurídico de Canarias es inmenso. Betancor era un pilar de su profesión, alguien que entendía los matices de la oscuridad humana, pero que difícilmente pudo prever el nivel de sevicia que se gestaba bajo su propio techo.
Este caso ha dejado una cicatriz abierta sobre la seguridad y la vulnerabilidad en el entorno doméstico. Nos enseña que el resentimiento, cuando no se gestiona, puede transformarse en una fuerza destructiva capaz de aniquilar décadas de supuesta gratitud en un solo instante.
Juan Betancor descansa ahora, pero su historia permanece como una de las páginas más trágicas de los sucesos en España. Su nombre ya no evoca solo leyes y juicios, sino la resistencia de un hombre que luchó hasta el último aliento en la oscuridad de un aljibe.
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