Ambrosio vivía en la oscuridad, pero su mundo estaba lleno de gente que lo quería. Para un vendedor de la ONCE, la confianza es la única forma de moverse por la vida. Sin embargo, esa misma confianza fue la llave que permitió entrar a su verdugo. No hubo ventanas rotas porque el peligro no vino de fuera; vino de alguien a quien él llamaba familia.
La madrugada del 27 de septiembre de 2025, la tranquilidad de la Sierra de Cádiz se rompió de la forma más atroz posible. Ambrosio estaba solo en su casa, una vivienda rural que debía ser su refugio. No hubo ventanas rotas ni puertas forzadas a la fuerza bruta; quien entró esa noche no necesitaba ganzúas. Probablemente, Ambrosio reconoció los pasos o la voz y, confiado, permitió el acceso a su verdugo.
Lo que siguió no fue un simple robo, fue una ejecución movida por una rabia incomprensible. El ataque fue salvaje. Ambrosio recibió más de cincuenta puñaladas, una cifra que habla de un odio visceral más que de la frialdad de un ladrón profesional. Al no poder ver, su indefensión fue absoluta ante la lluvia de cortes que acabó con su vida en el salón de su propia casa.
Su cuerpo fue hallado horas después, sumiendo a Benaocaz y Ubrique en un estado de shock. ¿Quién querría matar con tanta saña a un hombre ciego y querido por todos? La Guardia Civil acordonó la zona y comenzó una inspección ocular minuciosa. Había sangre, había desorden, pero faltaba algo crucial: la lógica de un crimen al azar.
Los investigadores de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de Cádiz notaron enseguida detalles que no encajaban con un asalto común. Aunque la casa estaba revuelta, la caja fuerte no había sido abierta. Los asaltantes parecían buscar algo con desesperación o, quizás, simular un robo para encubrir el verdadero motivo: el personal.
Durante cuatro meses, el silencio volvió a caer sobre el caso, pero no sobre la investigación. En los laboratorios de Criminalística se analizaban muestras biológicas, huellas y vestigios que el asesino dejó en su frenesí. Mientras el pueblo lloraba a su cuponero, los agentes tejían una red alrededor del círculo íntimo de la víctima.
Las sospechas se fueron cerrando sobre el entorno sentimental de Ambrosio. No era un secreto que las relaciones personales pueden esconder los rencores más oscuros. La Guardia Civil centró su atención en una expareja de la víctima y en su hijo, un joven de nacionalidad colombiana que residía lejos de allí, en Cartagena, Murcia.
La 'Operación Tavizna' culminó finalmente esta primera semana de febrero de 2026. Los agentes se desplegaron simultáneamente en el sur y el levante español. En Cartagena, las esposas se cerraron alrededor de las muñecas del hijo de la expareja de Ambrosio, señalado como el presunto autor material de las puñaladas.
Casi al mismo tiempo, en la provincia de Cádiz, era detenida la madre del joven y expareja de Ambrosio. A ella no se le acusaba de empuñar el cuchillo, sino de algo igual de oscuro: encubrimiento. Según la investigación, ella sabía lo que su hijo había hecho y calló, permitiendo que el crimen quedara impune durante meses.
La hipótesis que cobra fuerza es la del móvil económico mezclado con el rencor. Ambrosio, generoso en vida, podría haber sido visto por sus agresores no como un ser querido, sino como una fuente de ingresos o un obstáculo. La brutalidad del crimen sugiere que el asesino descargó sobre él una frustración acumulada, aprovechándose de su vulnerabilidad.
El Juzgado de Instrucción de Ubrique decretó el ingreso en prisión provisional para el joven detenido en Cartagena. Se le imputa un delito de asesinato con alevosía y ensañamiento, agravado por la discapacidad de la víctima. No tuvo piedad ni oportunidad de defensa.
Su madre también ha ingresado en prisión, aunque su rol exacto en la planificación del crimen aún se está terminando de perfilar. La justicia considera que su silencio fue cómplice necesario para que su hijo intentara eludir a la Guardia Civil cruzando varias provincias.
La noticia de las detenciones ha traído un amargo alivio a los vecinos de Benaocaz. Saber que no había un asesino en serie suelto les tranquiliza, pero saber que fue 'alguien de la casa' duele más. La traición duele más que el miedo.
Ambrosio vendía cupones, pequeños papeles que prometen cambiar la vida de la gente. Irónicamente, su vida fue arrebatada por aquellos que querían tomar por la fuerza lo que no les correspondía. La avaricia, en este caso, no solo rompió el saco, sino que destrozó una vida inocente.
Ahora, la casa de Tavizna permanece cerrada, muda testigo de la última noche de Ambrosio. Las pruebas forenses y las confesiones, si las hay, terminarán de escribir los últimos capítulos de esta historia en el juicio. Pero para la memoria colectiva, el veredicto ya está claro.
El vendedor de la ONCE ya no recorre las calles de Ubrique, pero su historia queda como una advertencia sombría. A veces, el peligro no acecha en un callejón oscuro ni tiene rostro de desconocido; a veces, el peligro se sienta a tu mesa, te llama por tu nombre y espera a que apagues la luz.
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