Oviedo amaneció con una pregunta clavada en marzo de 2023: Tatiana Coinac, moldava de 44 años, fue hallada sin vida en su piso de la calle Ámsterdam, en la zona de Teatinos. Estaba en la bañera, y la escena parecía pensada para confundir.
La alerta llegó desde lejos. Su madre, desde Benicarló, llamó al no conseguir contactar con ella durante días. La Policía acudió a la vivienda y confirmó lo peor el domingo 12 de marzo de 2023.
En ese apartamento no solo había una muerte: había un intento de borrar un crimen. El autor desnudó y lavó a la víctima y trató de presentar lo ocurrido como un accidente en el baño. El detalle ancla, sin embargo, estaba en lo que no se ve a simple vista.
Los laboratorios terminaron hablando. Dos restos de ADN del agresor en una almohada y en una sudadera se convirtieron en una de las claves del caso. Lo que parecía limpio no lo estaba.
La investigación reconstruyó también el origen del contacto. A comienzos de febrero de 2023, un cabo del Ejército —Adán Feito— conoció a Tatiana a través de páginas web de contactos donde ella ofrecía servicios sexuales. Hubo un primer encuentro y, semanas después, una nueva cita.
La fecha de esa segunda cita quedó fijada: 9 de marzo. El hombre se desplazó a Oviedo desde Pola de Lena, tras conversaciones telefónicas y mensajes de WhatsApp. Ella le abrió la puerta creyendo que sería un encuentro más.
Dentro del dormitorio, la violencia escaló con método. El agresor utilizó fundas de almohada para amordazarla con un nudo fuerte y anudó sus muñecas con otra prenda, anulando cualquier defensa. No fue un impulso: fue control.
La agresión sexual fue descrita como extremadamente violenta, con lesiones graves. Después vino el tramo final: la estranguló con una técnica conocida como “mataleón”, durante varios minutos
Luego intentó ganar tiempo. Trasladó el cuerpo al baño y lo dejó en la bañera. Cortó la ropa con unas tijeras, tiró vestigios, abrió el grifo y lavó a la víctima. El objetivo era simple: que la escena mintiera.
Las cámaras de videovigilancia hicieron el resto de la cronología. En total, estuvo 57 minutos en el edificio: el intervalo entre entrar y salir. Después regresó a su rutina en Pola de Lena, con su familia.
La Policía Nacional siguió el rastro durante semanas. La genética forense, la inspección ocular y la tecnología de imagen permitieron interpretar vestigios mínimos y convertirlos en prueba. Cada objeto del piso se volvió un testigo.
La detención llegó el 29 de mayo, tras dos meses de pesquisas coordinadas desde la investigación policial. En sede policial, el hombre terminó confesando, aunque posteriormente intentó negar los hechos en otras fases del proceso.
El caso no se resolvió solo con una declaración. Había indicios materiales: ADN en las fundas de almohada usadas como mordaza, huellas, y registros que lo situaban como último cliente en entrar al piso. La escena, pese al lavado, conservó memoria.
En febrero de 2025, el acusado aceptó una pena de 42 años de prisión: 30 por asesinato y 12 por agresión sexual, además de una indemnización de 200.000 euros. El acuerdo evitó el juicio con jurado que estaba previsto.
Oviedo no olvidó el golpe: una mujer asesinada en su casa tras una cita, un intento de encubrirlo como accidente, y una investigación que dependió de la precisión. En este caso, la ciencia fue el idioma que desmontó la mentira.
El expediente quedó cerrado en papeles, pero la pregunta que deja es más oscura: cuántas escenas ‘limpias’ siguen escondiendo verdad bajo la superficie. En la calle Ámsterdam, bastó un rastro microscópico para abrir la puerta correcta.
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