En el polígono de As Gándaras, detrás de un pequeño muro y unos contenedores, alguien dejó escondido un cuerpo como si quisiera borrar una vida del mapa. Allí apareció Judith, 37 años, vecina de Vigo, y el silencio del amanecer se volvió una escena imposible: maleza húmeda, metal frío, y una pregunta que no dejaba espacio para el descanso.
La violencia no se anunció con un disparo ni con un grito que alertara a la ciudad. Llegó apretando la garganta y clausurando la boca con un paño, dos gestos íntimos y brutales que exigen cercanía. La asfixia, doble, habla de un ataque sostenido, de segundos que se estiran hasta convertirse en eternidad, mientras la víctima intenta sostenerse con uñas y rabia.
Judith no era un nombre de titulares antes de ese día. Era alguien con rutinas y trayectos, con personas que la esperaban o la buscaban, con una vida frágil en una esquina del mundo que muchos prefieren no mirar. La noche que la rodeó fue creciendo como una marea, y cuando por fin se retiró dejó el rastro más cruel: su ausencia convertida en evidencia.
Las primeras certezas fueron pocas y duras. El lugar del hallazgo parecía elegido por su anonimato industrial, por la facilidad de pasar sin ser visto. El cuerpo oculto, el entorno de contenedores y muros, la distancia emocional que impone un polígono: todo daba la sensación de un descarte, de un intento de convertir a Judith en un objeto más entre chatarra y sombras.
Con el tiempo, la investigación fue atando cabos que no siempre encajan a la primera. Hubo una detención y una línea de trabajo que pareció consolidarse, como ocurre cuando una hipótesis ofrece una forma de cerrar el círculo. Pero en los casos donde la muerte deja contacto físico, la verdad a veces duerme en lo microscópico, escondida en células, fibras y sangre.
Ese detalle ancla fue el paño: una pieza mínima con un peso inmenso. Estuvo en la boca de Judith en el momento final, como una mordaza improvisada que cambia el aire por pánico. En torno a ese tejido se ordenan muchas preguntas: quién lo tomó, quién lo llevó, quién decidió que el último aliento de Judith no debía escucharse.
Cuando llegaron los resultados genéticos, el caso dio un vuelco que nadie celebra. En las muestras analizadas aparecieron perfiles masculinos no identificados, dos presencias distintas a las que los investigadores llamaron A y B. No son nombres, son sombras con huella, y su existencia obliga a reimaginar lo que ocurrió en esa agresión.
El perfil A no es un rastro aislado: aparece en zonas íntimas, en prendas de ropa y en el propio paño. Pero lo que hiela la sangre es otra cosa: también figura en restos de sangre en las manos de Judith y bajo sus uñas. Esa mezcla sugiere contacto directo, forcejeo, una defensa desesperada que dejó marcado al agresor como un sello involuntario.
El perfil B, por su parte, se repite bajo las uñas y en diferentes puntos del cuerpo y la ropa. No es una firma limpia, sino un mapa de contacto que apunta a una escena compleja. Dos perfiles abren dos posibilidades: cooperación, presencia sucesiva, o una cadena de encuentros que terminó en violencia. Cada hipótesis añade capas de miedo y de incertidumbre.
En el centro de todo, la justicia busca sostenerse en lo que puede probar. La causa se ha sobreseído de forma provisional ante la falta de indicios suficientes contra el único investigado en esa línea inicial. No es un final: es una pausa amarga, un recordatorio de que un expediente puede cerrarse en papel mientras una familia sigue viviendo dentro de la herida.
La escena que describen las lesiones es un combate desigual y cercano. Inmovilización, presión en el cuello, el cuerpo contra el suelo o una superficie dura, y señales de defensa. Ese tipo de muerte no ocurre a distancia: obliga a mirar a la víctima, a sentir su resistencia, a elegir seguir. Por eso cada rastro bajo las uñas pesa como una confesión sin palabras.
Ahora el foco se desplaza hacia la identificación de esos perfiles A y B. Es la parte más fría y más urgente: oficios, cruces de datos, comparaciones, búsquedas que no salen en las conversaciones de bar pero deciden el destino de un caso. Encontrar un nombre detrás de una letra puede devolverle sentido a los meses de espera y a los días sin respuestas.
Mientras tanto, O Porriño conserva su escenario cotidiano: camiones, naves, luces de madrugada. Pero hay lugares que quedan contaminados por lo que ocurrió allí, y As Gándaras es uno de ellos. Cada contenedor, cada muro, se vuelve un recordatorio de que alguien intentó esconder una muerte en plena rutina.
Judith queda en el centro de la historia, no como un dato forense, sino como una vida que terminó sin justicia definitiva. Si la investigación consigue poner nombre a las sombras, el caso podrá reabrirse con una dirección más clara. Hasta entonces, la pregunta persiste: quién estuvo frente a ella en esos segundos finales, y por qué creyó que el olvido era suficiente castigo.
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