En Somosaguas, cuando el verano cae pesado y Madrid parece dormida, una casa puede parecer un refugio definitivo. La madrugada del 1 de agosto de 1980, el chalet del Camino Viejo de Húmera dejó de ser hogar y se convirtió en escena. Dentro, un matrimonio dormía; afuera, el país recién estrenaba democracia y aún no sabía que el horror también entraba por la puerta de los intocables. A esa hora, la calma era solo apariencia.
Manuel de la Sierra y Torres, vinculado al Banco Urquijo, y María Lourdes de Urquijo y Morenés compartían apellido, estatus y una vida demasiado expuesta. Eran marido y mujer y padres de Myriam y Juan. Entre negocios, tensiones familiares e intereses cruzados, aquel apellido pesaba como un muro. Ese contexto no explica un crimen, pero sí anticipa por qué la verdad iba a costar, y por qué todo se volvería sospecha.
Cuando la mañana avanzó, fue una empleada doméstica quien los encontró. No hubo despedidas ni gritos que despertaran a media urbanización: solo el golpe seco de una realidad que nadie quería tocar. La noticia corrió como un incendio, y con ella llegó una sensación incómoda: algo tan grave no iba a poder explicarse con una sola frase, ni con una sola persona señalada en un titular. Demasiadas piezas no encajaban.
Según se reconstruyó, Manuel recibió un disparo mientras dormía. María Lourdes, en una cama cercana, se habría despertado por el ruido, preguntando quién andaba allí. La respuesta no fue una palabra: fueron disparos. En segundos, el dormitorio quedó marcado por una violencia fría, calculada, casi clínica, que contrasta con la intimidad de una habitación donde se supone que uno está a salvo y baja la guardia.
A partir de ese instante, el relato público se llenó de preguntas. ¿Entró alguien con llave? ¿Buscaba algo más que matar? ¿Qué se hizo, exactamente, en los primeros minutos tras el hallazgo? En casos así, cada detalle pesa: una puerta abierta, un objeto movido, una llamada tardía. Y cuando la escena pierde pureza, la investigación no solo busca culpables; también pelea contra su propia sombra. La desconfianza empieza ahí.
Uno de los elementos más comentados fue que, de acuerdo con reconstrucciones periodísticas, los cuerpos fueron lavados antes de la autopsia. También se habló de documentos quemados o desaparecidos, y de decisiones tomadas con una prisa que nadie supo explicar bien. No hace falta adornarlo: cuando se tocan pruebas, la verdad se vuelve frágil. Y cuando la verdad se vuelve frágil, el rumor ocupa el lugar de la certeza.
En el centro de las miradas apareció pronto el entorno familiar. Myriam y Juan quedaron atrapados entre el duelo y la exposición, con el país entero opinando sobre su dolor. Y, cerca de ellos, emergió un nombre que marcaría el caso: Rafael “Rafi” Escobedo, entonces yerno del matrimonio. En una historia de apellidos grandes, él era la pieza más fácil de señalar: estaba dentro de la familia, pero sin el escudo del linaje.
La relación entre suegro y yerno, según se contó en distintas crónicas, era tensa. A veces las familias se rompen en silencio y nadie lo ve hasta que pasa algo irreversible. En aquel verano, esa tensión se convirtió en sospecha. Cuando el país busca un “por qué”, a menudo encuentra antes un personaje que una prueba. Y Rafi, joven y emocionalmente frágil según algunos relatos, encajaba demasiado bien en el papel de sospechoso.
La investigación acabó llevando a Escobedo al banquillo. Se sostuvo que era el autor material, aunque durante tiempo se declaró inocente y su versión cambió antes del juicio. Esa oscilación —real o provocada—, sumada a las dudas sobre la escena y sobre la posible participación de más personas, alimentó un rumor persistente: que la historia oficial era solo una parte, quizá la más conveniente para cerrar un caso que incomodaba.
La condena fue de 53 años de prisión. Y en el recorrido judicial quedó una frase que muchos no han olvidado: que habría actuado “solo o en compañía de otros”. Puede sonar técnico, pero en un caso así se convierte en una grieta enorme. Si existían “otros”, ¿quiénes eran? ¿Por qué esa puerta quedó entreabierta, sin nombres claros y sin un cierre definitivo que calmara a una sociedad entera? Esa ambigüedad dolió casi tanto como el crimen.
En distintas crónicas aparecieron otros nombres del entorno, amistades y personas señaladas como encubridores o colaboradores. Se mencionó la desaparición del arma y de casquillos, y la imposibilidad de contrastar ciertos hallazgos con el rigor que se esperaría en un doble asesinato. Cada pieza ausente funcionaba como un recordatorio: la investigación, además de buscar culpables, parecía perseguida por pérdidas, errores y decisiones difíciles de justificar desde fuera.
Con el paso de los años, la vida de Escobedo terminó de la forma más oscura. Murió en prisión, oficialmente por ahorcamiento. Pero su abogado y otras voces insistieron en que aquello no encajaba, y se llegó a hablar de intoxicación. Cuando un condenado muere y el caso no está cerrado en la memoria colectiva, el final no es un cierre: es un eco que se multiplica, una duda que se hereda. Y un expediente que vuelve a abrirse en cada conversación.
Mientras España cambiaba, el crimen se quedó fijo como una herida de época: prensa, poder, morbo y miedo mezclados. Se publicaron libros, se hicieron programas, se rescataron entrevistas y teorías. Y, sin embargo, persistía el vacío donde debería vivir una certeza. En historias así, la verdad no desaparece de golpe: se desgasta, se discute, se contamina y termina siendo ruido para algunos y obsesión para otros.
En esta historia hay víctimas evidentes: Manuel y María Lourdes, asesinados en su intimidad más vulnerable. Pero también hay víctimas alrededor: una familia obligada a vivir el duelo bajo focos, y un entorno que nunca pudo cerrar el capítulo. El dolor no entiende de clases; lo que cambia es la forma en que el mundo lo mira y lo comenta. Para quienes quedaron, cada teoría pública fue otra forma de volver a aquella habitación.
El crimen de los marqueses de Urquijo se recuerda por lo que ocurrió y por lo que faltó: un relato limpio, pruebas intocadas, una explicación que no dejara resquicios. En los casos donde los resquicios se multiplican, la confianza se rompe. Y cuando la confianza se rompe, la verdad se vuelve un lugar donde todos entran, pero nadie puede quedarse. Eso es lo más triste: que el ruido termine tapando a las víctimas.
Décadas después, la pregunta persiste porque toca algo profundo: la necesidad de creer que la justicia alcanza a cualquiera. Somosaguas tuvo su noche sin sueño, y el país también. Y aunque el expediente tenga un nombre y una condena, el silencio de aquel dormitorio aún suena como un disparo que no termina de apagarse del todo. A veces, lo que queda no es una respuesta, sino una lección amarga sobre cómo se construyen las verdades oficiales.
0 Comentarios