Sueca, en la Ribera Baixa, siempre tuvo ese ritmo de pueblo donde los nombres se repiten y las tardes se parecen. En enero de 2026, ese pulso se quebró en una calle tranquila: un chico de 13 años, Álex, entró a una casa para jugar con un amigo y ya no volvió a salir. Lo que ocurrió puertas adentro dejó a una comunidad entera sin aire.
La víctima era compañero de colegio del hijo del hombre que más tarde admitiría el crimen. Según reconstrucciones iniciales, los dos menores estaban en el domicilio, frente al ordenador o la consola, con los mandos conectados y la normalidad de un plan infantil: fútbol primero, pantalla después. Nada hacía pensar que esa visita terminaría convertida en un parte de homicidios.
A media tarde, el propio adulto, de 48 años, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil. Iba con rastros visibles de sangre y confesó haber matado al amigo de su hijo. La escena, por sí sola, tenía un peso insoportable: un hombre que no huye, que se entrega, y un menor que queda atrás, inmóvil, en una vivienda que desde entonces sería solo precinto, flashes y silencio.
Los agentes localizaron el cuerpo del niño en la casa. Álex presentaba golpes y heridas de arma blanca, y en el domicilio se hallaron objetos que podrían haber intervenido en el ataque, como un cuchillo de cocina y un bate. Con esos elementos, la investigación debía responder lo esencial: quién atacó, por qué, y en qué instante se rompió la frontera que separa un hogar de una escena del crimen.
Las primeras hipótesis fueron prudentes, casi defensivas. La Guardia Civil evitó dar por buena cualquier versión sin verificarla: incluso se llegó a contemplar si el padre podía estar protegiendo a su propio hijo o si el origen estaba en una discusión entre los dos amigos. En casos así, la tentación de cerrar el relato rápido es enorme, pero los detalles son los que sostienen —o derriban— una confesión.
Con el paso de los días, trascendieron datos que apuntaban a la intervención de un adulto. Informaciones posteriores hablaron de múltiples puñaladas y de heridas defensivas en las manos del menor, señales de que Álex intentó protegerse. En el papel, esas líneas forenses son frías; en la vida real significan segundos de pánico, una lucha desigual y un final que ningún niño debería conocer.
El presunto autor fue descrito como un hombre reservado, dedicado a trabajos ligados a bibliotecas y documentación. En el vecindario, la incredulidad se mezclaba con una explicación simplista que se repetía como salvavidas: “algo se le fue la cabeza”. Pero el propio caso obligaba a sospechar de los atajos. No basta una frase para justificar la violencia. Menos aún cuando la víctima es un menor.
En el trasfondo apareció un conflicto familiar: separación, tensiones y un estado emocional deteriorado en las semanas previas. Según fuentes citadas por la prensa, había disputas con su expareja y episodios previos que terminaron en denuncias y absolución. Estos datos no explican el crimen, pero sí dibujan un entorno donde el estrés y la obsesión pueden crecer hasta contaminarlo todo, incluso lo más sagrado: la seguridad de un niño invitado.
Sueca reaccionó como reaccionan los lugares pequeños cuando la tragedia no cabe en ninguna conversación. Hubo una concentración multitudinaria y silenciosa en la plaza, un minuto que se alargó más de lo previsto, y camisetas de un club de fútbol juvenil que, de repente, ya no eran deporte: eran duelo. El dolor se volvió público porque la pérdida, en cierto modo, fue colectiva.
El alcalde y representantes institucionales pidieron respeto y responsabilidad. No era una petición vacía: alrededor de un caso así nacen rumores que corren más rápido que los informes. Sin embargo, el pueblo necesitaba nombrar lo ocurrido. Necesitaba mirar la casa precintada y entender por qué un sitio cotidiano podía convertirse, en una tarde cualquiera, en el lugar donde termina una infancia.
El procedimiento judicial avanzó y el detenido quedó en prisión provisional, comunicado y sin fianza, acusado de asesinato, según las informaciones publicadas. En paralelo, se intentaba recomponer la secuencia: el momento en que Álex llega, lo que hace su amigo, dónde estaba el adulto, qué detonó el ataque. La verdad de un crimen no es solo el arma: es el recorrido que conduce hasta ella.
En medio de esa reconstrucción, asomó una frase repetida en titulares: “ataque de locura”. Las autoridades, sin confirmarlo como explicación oficial, mantuvieron abiertas todas las hipótesis. Y es ahí donde el caso se vuelve más inquietante: la posibilidad de que no haya un motivo claro, de que una vida termine por un impulso oscuro, por una combinación de factores, por una violencia que estalla sin avisar.
Para la familia de Álex, las palabras institucionales no podían devolver nada. El funeral se convirtió en un último acto de compañía, de manos que se aprietan y miradas que piden justicia sin gritarla. El niño era jugador de un equipo local y su nombre empezó a circular en pancartas y lazos negros. Esas imágenes son el recordatorio de que detrás de cada titular hay un hueco en una mesa.
El caso también dejó una pregunta incómoda sobre los límites de la percepción comunitaria. ¿Cuántas señales se ven y se normalizan? ¿Cuántas se interpretan como “mal carácter” o “mal momento” hasta que es tarde? Nadie puede predecir un crimen, pero una sociedad sí puede aprender a tomar en serio los indicios de deterioro, el aislamiento, las amenazas o la escalada de conflictos.
La Guardia Civil y el juzgado tenían por delante la tarea más difícil: separar el ruido de los hechos. Confirmar qué armas se usaron, qué marcas dejaron, qué dijo exactamente el detenido, qué vio el hijo, qué elementos sostienen cada conclusión. En esa precisión está la diferencia entre una historia que se cuenta y una verdad que se prueba.
Sueca, mientras tanto, siguió viviendo con una herida abierta. En un pueblo de 28.000 habitantes, el crimen no se va cuando se apagan las cámaras: se queda en la calle, en el colegio, en el campo de fútbol, en las conversaciones que se interrumpen al pronunciar un nombre. Álex tenía 13 años. Y esa cifra, por sí sola, debería haber bastado para que todo estuviera a salvo.
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