El lunes 2 de febrero de 2026, el barrio de Villa Devoto, conocido por su tranquilidad residencial y sus calles arboladas, se convirtió en el escenario de una tragedia que desafía la comprensión por su rapidez y su silencio. En un departamento de la calle Mercedes al 4400, la rutina de una tarde de verano se quebró no con un estruendo, sino con la ausencia total de ruido. Soledad Sormunen, una madre joven de 37 años, regresaba de su jornada laboral esperando encontrar el caos feliz de sus hijos jugando, pero al cruzar la puerta, se topó con una quietud que helaba la sangre.
Dentro de la vivienda, el aire estaba cargado de un enemigo invisible y letal. Sus dos hijos, pequeños de apenas 2 y 4 años, yacían inconscientes, lejos de la vitalidad que los caracterizaba. Junto a ellos estaba su niñera, una mujer de 32 años en quien la familia había depositado su confianza más sagrada: el cuidado de los menores. No había signos de violencia externa, ni ventanas rotas, ni puertas forzadas; la muerte había entrado por las vías respiratorias, disfrazada de aire viciado.
La desesperación de Soledad rompió la calma del edificio. Sus gritos de auxilio movilizaron a los vecinos y activaron un operativo de emergencia que llenó la cuadra de luces azules y sirenas. El personal del SAME y los Bomberos de la Ciudad llegaron con la urgencia de quien pelea contra el reloj, pero el tiempo ya había dictado su sentencia para una de las víctimas. La niñera fue declarada muerta en el lugar; su cuerpo no resistió la saturación del veneno en su sangre.
Para los "angelitos", como los llamaría después su madre rota por el dolor, aún quedaba un hilo de esperanza, aunque extremadamente frágil. Los paramédicos iniciaron maniobras de reanimación desesperadas y trasladaron a los niños al Hospital General de Agudos Abel Zubizarreta, ubicado a pocas cuadras del lugar. La carrera contra la muerte se libró en la ambulancia y en la sala de shock, pero el monóxido de carbono había causado un daño irreversible en sus pequeños organismos.
Poco después de su ingreso, los médicos tuvieron que dar la noticia que ningún padre debería escuchar jamás: los corazones de los niños de 2 y 4 años habían dejado de latir. En cuestión de horas, una familia entera fue destruida, dejando a Soledad y a su entorno en un estado de shock absoluto. La confirmación de las tres muertes transformó la angustia inicial en una pesadilla de la que no podrían despertar.
La investigación, liderada por la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°13 a cargo del fiscal Marcelo Roma, comenzó de inmediato para buscar respuestas en un escenario mudo. Los peritos de la Policía de la Ciudad y especialistas de Metrogas revisaron cada rincón del departamento alquilado, buscando el origen de la intoxicación masiva. Lo que encontraron fue una trampa mortal oculta en la infraestructura cotidiana de la vivienda.
El informe preliminar señaló al calefón como el presunto culpable, o más bien, a su instalación defectuosa. Se descubrió que el conducto de ventilación del artefacto estaba obstruido por escombros, impidiendo que los gases de la combustión salieran al exterior. Al no tener vía de escape, el monóxido de carbono, ese gas inodoro e incoloro, se acumuló dentro del departamento, saturando el ambiente y convirtiendo el hogar en una cámara de gas involuntaria.
Soledad, en medio de su duelo, alzó la voz para compartir su desgarrador testimonio. "Estoy en crisis, estoy destruida", declaró a los medios, intentando poner en palabras el vacío inmenso que dejaron sus hijos. La familia alquilaba ese lugar desde septiembre y jamás imaginó que las paredes que debían protegerlos escondían una falla tan grave. La sensación de traición es palpable: pagaban por un techo seguro y recibieron una sentencia de muerte.
La madre aclaró un punto crucial que añade impotencia al relato: "El gas de la cocina estaba cerrado, el escape fue de otro lado". No fue un descuido de la niñera, ni una hornalla mal apagada; fue un fallo estructural, una negligencia en el mantenimiento del edificio o de la instalación que nadie detectó a tiempo. La niñera, al igual que los niños, fue una víctima indefensa que probablemente se sintió mareada o cansada antes de perder la conciencia, sin saber que estaba respirando su propio final.
El monóxido de carbono es conocido como el "asesino silencioso" porque no avisa. No tiene olor, no irrita los ojos y sus primeros síntomas —dolor de cabeza, somnolencia— se confunden fácilmente con el cansancio o un malestar pasajero. En este caso, la niñera no tuvo oportunidad de reaccionar ni de pedir ayuda. Simplemente se durmieron para no despertar, atrapados en una siesta química provocada por la mala combustión.
La comunidad de Villa Devoto quedó conmocionada. Los vecinos, que vieron crecer a los niños en los últimos meses, no encuentran consuelo. Las flores y mensajes de apoyo comienzan a aparecer, pero son gestos insuficientes frente a la magnitud de la pérdida. La tragedia ha puesto de nuevo sobre la mesa la importancia vital de las inspecciones de gas y la ventilación, incluso en pleno verano.
El caso ha sido caratulado legalmente como "averiguación de causales de muerte", mientras se esperan los resultados definitivos de las autopsias y los peritajes técnicos completos. La justicia deberá determinar si existe responsabilidad penal por parte de los propietarios del inmueble o de quienes realizaron la instalación del calefón. Pero para Soledad, cualquier condena llegará tarde; el daño ya es eterno.
"Mis angelitos", repite la madre, aferrándose al recuerdo de sus hijos mientras enfrenta la burocracia de la muerte: velatorios, entierros e informes forenses. La imagen de una madre volviendo del trabajo para encontrar el silencio absoluto es una herida que la sociedad comparte hoy con ella, un recordatorio brutal de nuestra propia fragilidad.
El departamento de la calle Mercedes permanece ahora cerrado, precintado por la policía, guardando en su interior los juguetes y las ropas de quienes lo habitaron hasta ese lunes fatídico. Es un mausoleo moderno en medio de la ciudad, un punto negro en el mapa de Buenos Aires donde tres vidas se apagaron por culpa de unos escombros en un tubo de ventilación.
La historia de esta familia nos obliga a revisar nuestros propios hogares, a mirar con recelo esos aparatos que nos dan confort pero que exigen respeto. La tragedia de Devoto no fue un accidente fortuito de la naturaleza; fue una cadena de errores humanos y técnicos que terminó cobrándose el precio más alto posible.
Cerramos esta crónica con el respeto que merece el dolor de Soledad. Hoy la oscuridad tiene el rostro de dos niños y una joven cuidadora que merecían seguir respirando. Que su memoria sirva para evitar que el silencio mortal vuelva a colarse en otra casa.
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