Juan Betancor En Santa Brígida (Gran Canaria): El Aljibe, El Fuego Y La Condena Confirmada



El 29 de mayo de 2022 amaneció como un domingo cualquiera en Santa Brígida, en Gran Canaria. En una finca donde el trabajo se medía por rutinas repetidas, Juan Betancor salió de su casa sin imaginar que, a pocos metros, lo esperaba una emboscada preparada en silencio.

Betancor era abogado y llevaba una vida atada a la tierra y a las obligaciones: casa, finca, gestiones, la conversación cotidiana con su esposa. En ese mismo lugar vivía también el hombre que trabajaba allí desde hacía años, alguien a quien el matrimonio había dado techo a cambio de cuidados y mantenimiento.

Aquel vínculo, que desde fuera podía parecer estable, escondía una tensión antigua. Con el tiempo, el resentimiento se volvió una cuerda tirante. Ese domingo, cuando Betancor cruzó un pasillo estrecho, el trabajador salió al paso con un cubo improvisado y la determinación ya tomada.

El líquido le cayó encima como una sentencia inmediata: gasolina mezclada con gasoil, empapándolo de la cabeza a los pies. No hubo espacio para correr ni para negociar. Un encendedor bastó para que el pasillo se convirtiera en un corredor de fuego y gritos, un instante que rompió la normalidad para siempre.

Entre las llamas, Betancor buscó la única salida que le daba el cuerpo: el agua. Se arrojó a un aljibe con la idea desesperada de apagarse, de respirar, de ganar segundos. Por un momento, esa boca oscura pareció una salvación, un refugio para cortar el avance del dolor.

Pero la trampa se cerró desde arriba. La tapa bajó y, sobre ella, objetos pesados: un horno viejo, una puerta de coche, lo que hubiera a mano para sellar el hueco. No era solo impedir que saliera; era prolongar la agonía, asegurarse de que aquel pozo se convirtiera en su último techo.

La violencia no terminó ahí. Cuando la esposa de Betancor acudió al ruido, se encontró con una amenaza frontal: un cuchillo, la exigencia del teléfono, el miedo a morir en el mismo patio donde acababa de estallar el incendio. Luego, el encierro: una puerta cerrada con llave y la urgencia de pedir ayuda.

Ella logró escapar saltando por una ventana, buscando a una vecina, arrastrando el pánico hasta la calle. En esos minutos, cada decisión fue una carrera contra el tiempo: encontrar a alguien, llamar, hacer que llegaran manos capaces de abrir lo que estaba cerrado y salvar lo que aún latía.

Cuando por fin lo localizaron, Juan Betancor seguía con vida, pero el cuerpo ya estaba marcado por quemaduras devastadoras. La urgencia lo llevó lejos de la isla, hacia cuidados especializados. El fuego, sin embargo, había hecho su trabajo: el daño era demasiado profundo para un regreso.



Murió al día siguiente, y con él quedó una estela que nadie en la finca olvidó: el olor a combustible, la imagen del pasillo, la tapa del aljibe como frontera. Santa Brígida no necesitó metáforas para entenderlo; a veces, la crueldad se escribe con cosas corrientes.

El agresor fue detenido y el caso avanzó por los tribunales hasta convertirse en una condena dura, compuesta por varios delitos y una pena total de 28 años de prisión. En la sentencia pesó la alevosía y el ensañamiento, esa manera de elegir el dolor como método y no como accidente.

Con el paso del tiempo llegaron los recursos y las excusas: el intento de rebajar lo ocurrido con la idea de una confesión tardía, de un arrebato, de intoxicaciones. Pero la secuencia de hechos mostraba otra cosa: una persistencia, una preparación, una voluntad sostenida en el tiempo.

En febrero de 2026, el Tribunal Supremo confirmó la condena y rechazó las atenuantes planteadas. Para la familia, la palabra final de la Justicia no devolvió a Juan Betancor, pero cerró una puerta: la de las justificaciones fáciles ante un acto que, por su diseño, no dejaba lugar a dudas.



Quedó entonces la parte más difícil, la que no cabe en un expediente: vivir con la memoria del pasillo estrecho y del aljibe tapado, con la certeza de que el peligro puede crecer dentro de la confianza. En Santa Brígida, el nombre de Juan Betancor sigue siendo una herida que no se apaga con agua.

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