Barcelona, viernes 19 de junio de 1987. Era primera hora de la tarde y el centro comercial de la avenida Meridiana funcionaba como siempre: coches entrando al parking, bolsas en las manos, niños tirando de sus madres.
A las 16:08, el tiempo se partió. Un coche bomba estalló en la primera planta del aparcamiento y el edificio sintió el golpe desde las entrañas.
El atentado dejó 21 muertos y 45 heridos. Esas cifras —21 y 45— no son estadísticas: son nombres que ya no volvieron a casa y cuerpos que salieron marcados para siempre.
La explosión abrió un socavón en el suelo del establecimiento y empujó una bola de fuego hacia arriba. Lo que estaba abajo subió convertido en humo negro y calor.
El ataque se produjo con un coche bomba. Se ha señalado que llevaba una mezcla explosiva y líquidos incendiarios que multiplicaron el efecto del fuego dentro del parking.
Hubo avisos previos que no desembocaron en un desalojo. Ese detalle quedó como una pregunta clavada en la memoria: qué pasa cuando el aviso llega, pero la vida sigue dentro.
Era viernes y había más gente de lo habitual a esa hora. No hacía falta estar ‘atestados’ para que el daño fuera masivo: bastaba con estar allí.
Las llamas no fueron lo único. Los gases tóxicos asfixiaron a personas que ni siquiera habían sido alcanzadas por el fuego directo.
El atentado se convirtió en el más mortífero atribuido a ETA. Barcelona entendió entonces que un objetivo ‘concreto’ podía tragarse a cualquiera.
Décadas después, la ciudad impulsó señalizaciones y actos de memoria en el propio lugar. Porque hay sitios que, aunque cambien de fachada, siguen siendo una fecha.
En el recuerdo público quedó también el detalle exacto: ‘ocho minutos después de las cuatro’. Como si el reloj hubiera decidido fijar el momento para siempre.
No hace falta describir cuerpos para entender el horror: bastan el parking, el humo pegajoso y el pasillo de gente intentando ver por dónde salir.
Cuando una tragedia es indiscriminada, el duelo se vuelve colectivo. No solo lloran las familias; se reorganiza una ciudad entera alrededor del vacío.
Barcelona, 19/06/1987: Hipercor no fue solo un atentado. Fue el día en que una compra cualquiera terminó en incendio, sirenas y una herida que todavía, para muchos, no terminó de cerrar.
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