Langreo: El 'Crimen de Reyes' y el Nombre que Volvió 34 Años Después (1991)


La noche de Reyes en Asturias suele tener un sonido amable: portales que se abren, conversaciones cortas, coches que vuelven a casa tras una visita familiar. En Barros, una parroquia de Langreo, aquel 6 de enero de 1991 también empezó así. Hasta que, en algún momento de la madrugada, una joven se quedó sin salida.

Tenía 24 años y venía de Avilés. En algún punto de su camino, subió a un coche. No iba a una cita con desconocidos ni a un lugar señalado por la mala fama: era un trayecto más, de esos que parecen triviales cuando se toman. El problema es que a veces el peligro no avisa, solo se sienta al volante.

El hombre que la recogió era camionero y vivía en La Felguera, dentro del mismo concejo. En su versión, después, hablaría de un forcejeo y de un intento de robo. Pero lo cierto es que aquella discusión —si existió— terminó con una puñalada y con una decisión inmediata: esconder el cuerpo como si la vida se pudiera borrar.

El detalle ancla del caso no es un nombre ni una foto; es una palabra áspera: maletero. Allí, por lo que se supo después, la joven quedó encerrada mientras el coche avanzaba hacia Barros. Hay algo especialmente cruel en ese encierro: el metal, la falta de aire, el silencio afuera, como si el mundo siguiera sin enterarse.


Cuando el vehículo llegó a destino, el camionero no estaba solo. En la casa le esperaba su pareja. Ella no fue una testigo distante: en el relato del caso aparece como parte del momento posterior, cuando se comprueba que la chica ya no respira y el miedo se convierte en pacto. Dos adultos frente a una muerte que no debía existir.

Eligieron la cal viva. No por azar, sino por su promesa brutal de deshacer, de acelerar el olvido. Enterraron el cuerpo y, con él, enterraron también cualquier posibilidad de que alguien llamara a esa joven por su nombre. Así empezó el tramo más largo del crimen: el de la ausencia sin identificación.

Pasaron los años y la desaparición no quedó clara en el calendario de las denuncias. Su familia no supo dónde estaba, y cuando por fin acudió a la policía, el tiempo ya había construido paredes. Buscar a alguien cinco años después es como entrar a una casa vacía: quedan huellas, pero todo se ha movido.

Mientras tanto, en 1995, la Policía Nacional de Langreo detuvo al camionero. Fue su propia pareja quien lo señaló tras una discusión, como si la verdad hubiera estado siempre a punto de salir y solo necesitara una grieta. Aun así, él insistía en algo que parecía imposible: decía no saber quién era la víctima.

Cuando apareció el cadáver, el deterioro de los restos impidió ponerle identidad. Lo que sí se pudo hacer fue un retrato robot: un rostro aproximado, una aproximación al mundo de alguien que ya no podía hablar. Esa imagen circuló durante un tiempo y luego se fue apagando, como se apagan tantas búsquedas.

El caso quedó dormido en archivos, pero no muerto. A veces, lo único que cambia es la ciencia. Décadas después, nuevas técnicas de identificación y el trabajo paciente de revisar expedientes hicieron que alguien volviera a abrir la carpeta: no para revivir el morbo, sino para cerrar una herida que seguía sin nombre.

La investigación volvió al ADN. Se tomaron muestras a familiares, se repitieron pruebas con métodos actuales y se rastrearon restos que, durante años, habían sido solo un número en un depósito. En ese trabajo hay algo casi artesanal: encajar piezas diminutas para rescatar una identidad.

Al final, la cadena encajó. Los restos correspondían a aquella joven avilesina que había desaparecido a comienzos de los noventa. Treinta y cuatro años después del crimen, su familia recibió la noticia que nunca debería tardar tanto: dónde terminó su camino y qué fue de aquella noche.

El 'crimen de Reyes' no cambia por tener un nombre nuevo; el daño estaba hecho desde 1991. Pero la identificación añade una verdad imprescindible: la víctima deja de ser “una desconocida” y vuelve a ser alguien. Y eso, en la crónica negra, es el mínimo acto de justicia que el tiempo aún permite.


Queda el eco de una fecha que ya no puede celebrarse igual: 6 de enero. Y queda una pregunta incómoda, inevitable, para cualquier lector: cuántas desapariciones siguen esperando a que la ciencia, un archivo y una muestra de ADN les devuelvan el derecho a ser nombradas.

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