Quintanilla Sobresierra: El Reto Del Aerogenerador Que Acabó En Muerte Y Las Detenciones


La noche del 13 de junio de 2025, el aire de Quintanilla Sobresierra parecía de esos que invitan a quedarse fuera un rato más. Un parque eólico recortaba sombras largas y, en algún punto del paraje, tres amigos buscaban una historia para recordar. La foto que querían llevarse no era un paisaje: era una prueba.

Yibrán Javier Rodríguez era de Vigo. Tenía 22 años y, pocos días después, habría cumplido 23. Aquel viaje no era un plan solemne ni una despedida; era una escapada con dos conocidos de 25 y 31 años, gente con la que compartía noche, conversación y una idea que sonaba a reto.

Habían ido a acampar en una zona abierta, dominada por torres y aspas. La tentación era simple y peligrosa: entrar en un aerogenerador para hacerse una foto por dentro, como si el metal pudiera convertirse en escenario. En ese tipo de desafíos, la adrenalina tapa el miedo y empuja el cuerpo antes de que la cabeza se siente a pensar.

El acceso no era una puerta fácil. Se habló de intentos por forzar una entrada peatonal y de un camino alternativo: una rejilla de ventilación situada bajo unas escaleras, a casi tres metros del suelo. La imagen es concreta, casi absurda: el punto exacto por el que se cuela una decisión que ya no se deshace.

Para llegar hasta allí hubo tornillos, manos, insistencia. En algún momento, Yibrán escaló y se dejó caer al interior. A las 22:30, dentro de esa columna hueca, una descarga eléctrica lo alcanzó y terminó con su vida. Lo que iba a durar unos segundos, duró para siempre.

Después viene el silencio. No el de las aspas, que nunca se callan del todo, sino el silencio de los que miran el lugar y entienden que algo se ha roto. En un espacio así no hay testigos casuales, solo la noche, la estructura y las personas que entraron y salieron… si es que salieron.


Con el paso de las horas, el relato de quienes estaban con él empezó a mostrar grietas. Había piezas que no encajaban, frases que no sostenían la secuencia de los hechos, detalles que parecían colocados para tapar un hueco. Cuando la versión es más frágil que la escena, la escena acaba hablando.

Un detalle se volvió una sombra fija: las rejillas. Lo que estaba desatornillado apareció después recolocado y apretado. Y eso no es menor. Atornillar desde dentro era imposible; hacerlo exigía estar fuera. Si aquella salida se cerró, alguien lo hizo con intención, o con prisa, o con una mezcla de ambas.

La muerte de Yibrán no dejó solo dolor. Dejó también una pregunta: ¿qué ocurre en un instante para que un juego entre amigos se convierta en una trampa? Hay decisiones que no hacen ruido al tomarse, pero resuenan en todo lo que viene después.

Durante meses, la familia tuvo que convivir con dos cosas a la vez: la certeza de la pérdida y la incertidumbre sobre el resto. El duelo, cuando no está completo, se vuelve un cuarto a oscuras en el que uno tropieza siempre con el mismo mueble.

En febrero de 2026 llegó un movimiento que reabre el aire de aquella noche: la detención de los dos acompañantes de Yibrán, arrestados en la Comunidad de Madrid. La acusación habla de homicidio imprudente, una etiqueta legal que, por sí sola, no explica el peso real de una escena cerrada por tornillos.

Además, se les atribuyeron daños por los desperfectos causados en el acceso y por el parón de la actividad del aerogenerador. Es un contraste frío: el coste de una torre frente al coste de una vida. Pero así se escribe también la realidad, en sumas que no consuelan.

Quintanilla Sobresierra no es solo un nombre en un mapa. Para quienes vivieron aquello, es el lugar donde un cuerpo se quedó dentro de una estructura diseñada para resistir el viento, no para encerrar a nadie. Y es también el nombre de una noche que se repite en la cabeza como una luz estroboscópica.



A veces la tragedia nace de un impulso adolescente, aunque se tenga edad de adulto. Otras veces nace de algo más oscuro: de decidir cerrar una salida cuando alguien está dentro. La justicia tendrá que poner orden en esa frontera. Mientras tanto, queda una certeza brutal: Yibrán no era un reto. Era una persona.

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