Sant Antoni de Portmany (Ibiza), domingo 15 de febrero de 2026. La mañana se rompió dentro de un domicilio, lejos del mar y lejos de la postal, en el lugar donde uno debería sentirse seguro.
La víctima fue una mujer española de 31 años. Tras la agresión, ingresó en estado crítico por traumatismo craneal, la información sanitaria difundida ese mismo día.
El presunto agresor era su expareja y sobre él pesaba una orden de alejamiento en vigor. Esa palabra —alejamiento— no sirvió de barrera cuando llegó la hora.
La agresión ocurrió en Sant Antoni de Portmany. En la isla, el nombre del municipio suele asociarse a ocio; ese domingo se asoció a una ambulancia y a un silencio raro en el vecindario.
los datos publicados, el hombre fue detenido por la Guardia Civil en el lugar de los hechos. No hubo una fuga larga: el golpe ya estaba dado.
La mujer fue atendida y trasladada de urgencia. Se informó de su entrada en la UCI del Hospital Can Misses y, más tarde, de su traslado a la Policlínica Nuestra Señora del Rosario.
En medio del caos, también quedaron las hijas. Se indicó que el agresor habría herido a sus dos niñas durante el ataque, ampliando el daño más allá de la pareja.
Otra información difundida ese día añadió que la madre y la hermana de la víctima también habrían resultado heridas. En estos casos, el círculo se agranda y la casa entera se vuelve campo de batalla.
Para quienes viven cerca, el sonido que queda no es el de una discusión: es el de puertas golpeadas, pasos en una escalera y una sirena que se aleja con alguien dentro.
La investigación quedó en manos de la Guardia Civil. A la espera de lo que determine la justicia, lo único seguro es la escena inicial: una orden que existía y una violencia que la atravesó.
En las islas, todo parece más pequeño; por eso, cuando ocurre algo así, el impacto se siente más cerca. No hay distancia emocional cuando la noticia es en tu propia calle.
Ese domingo, Sant Antoni dejó de ser un nombre de verano para convertirse en una fecha. 15/02/2026: una mujer crítica, un detenido y dos niñas marcadas.
Hay violencias que no empiezan el día del golpe: se preparan con miedo, con control y con amenazas. Por eso una orden de alejamiento no debería ser papel: debería ser frontera.
Lo que queda ahora es esperar la evolución clínica y el proceso judicial. Pero el daño ya está escrito en el cuerpo de una mujer de 31 años y en la mirada de sus hijas, que vivieron el momento exacto en que la protección falló.
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