El viernes 20 de febrero, la tarde cayó sobre Sarriguren con ese ritmo de barrio joven que todavía se cree a salvo: niños que vuelven a casa, bolsas de compra, ascensores que suben y bajan. En la avenida Reino de Navarra, el portal 21 parecía uno más. Hasta que, alrededor de las 19:35, el edificio escuchó un grito que no se olvida.
En una vivienda de la primera planta, Tatiana Rodríguez, de 28 años, recibió heridas de arma blanca. No fue una agresión al azar ni un golpe de mala suerte: las primeras reconstrucciones apuntan a su marido, Jesús Borja, de 30, en un momento en el que la pareja estaba en trámites de separación. La distancia, otra vez, llegaba tarde.
El ataque dejó otra figura atrapada en el mismo escenario: la madre del presunto agresor, de 57 años, también resultó herida de gravedad. En algunos hogares, la violencia no se conforma con una víctima; se expande como un incendio y alcanza a quien intenta interponerse o simplemente está allí, en el lugar equivocado.
En la casa había al menos un menor. Un hijo de Tatiana, de 9 años, estaba presente cuando todo ocurrió. Es un dato que duele más que cualquier cifra: porque hay recuerdos que no se escogen, y hay escenas que se quedan pegadas a la infancia como una sombra que crece con los años.
Tras la agresión, el presunto autor salió del domicilio y se alejó. Un instante después, alguien pidió ayuda a gritos desde el portal. Fueron jóvenes que estaban cerca quienes avisaron al 112. En esos minutos, la calle se convierte en un corredor de urgencia: pasos rápidos, teléfonos temblando, miradas buscando una ambulancia.
Llegaron patrullas y sanitarios. Se intentó reanimar a Tatiana, pero no fue posible. El final de una vida, en ocasiones, no tiene música ni dramatismo: es una camilla, manos que trabajan contra el reloj y un silencio que se impone cuando ya no queda nada que hacer.
A la madre del presunto agresor la trasladaron al Hospital Universitario de Navarra. El resto del edificio, mientras tanto, quedó suspendido en una espera sin consuelo: vecinos en el rellano, puertas entreabiertas, esa sensación de que el mal puede instalarse sin previo aviso a la vuelta de la esquina.
La investigación pasó a manos de la Policía Foral. La vivienda quedó para la inspección, para el recuento de indicios, para reconstruir una discusión que terminó en sangre. Nadie que vive en un portal quiere aprender cómo suena el trabajo de los forenses, pero el sonido se aprende igual.
La detención llegó poco después, tras un contacto telefónico y una entrega acordada. Hay algo frío en esa palabra, entrega, como si el cuerpo pudiera rendirse sin que el daño exista. La violencia ya había hecho su parte. Lo demás era solo el orden posterior.
Con el paso de las horas se decretó el secreto del sumario. Pero los secretos judiciales no tapan lo que un barrio ya sabe: una mujer murió en su casa. Una casa, el lugar que debería ser refugio, convertido en escenario de una agresión íntima, de esas que ocurren lejos de la calle y aun así terminan rompiéndola.
Sarriguren no es ajena a la vida moderna: familias que empiezan, separaciones, nuevas rutinas. Sin embargo, hay un patrón antiguo que se repite en cualquier época: cuando la ruptura se vive como una derrota, algunos convierten la convivencia en amenaza y la amenaza en acto.
El Ayuntamiento convocó reuniones y gestos de condena. Son necesarios, pero no alcanzan a tocar lo que queda en el interior de una casa así: el niño que vio demasiado, la familia que recibe una llamada imposible, el vecindario que vuelve a pasar por el portal 21 con la garganta cerrada.
En estos casos, el ancla es un número y una hora. Portal 21. Siete y media larga. Unas escaleras que suben a una primera planta. Son coordenadas pequeñas que, para quien vivió el día, se vuelven gigantes. Porque el horror, cuando entra en casa, no necesita más espacio.
Y queda una pregunta que nadie quiere formular, pero que siempre aparece: cuántas señales se habían acumulado antes de esa tarde. Porque la violencia rara vez nace de golpe; suele crecer en silencio. En Sarriguren, el ruido final fue un grito. Lo demás, quizá, ya venía ocurriendo desde mucho antes.
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