Zamora (Castilla y León): La Calle La Salud Y El Misterio De Susana Acebes


Era la tarde del viernes 15 de septiembre de 2000 en Zamora, y la rutina parecía inalterable en el barrio de San José Obrero. Susana Acebes, de 26 años y madre de un niño de cinco, hablaba por teléfono con su hermana Estrella. Quedaron en verse un poco más tarde, pero Susana nunca llegó a la cita. Las llamadas posteriores de Estrella se perdieron en el vacío de una línea que nadie contestaba, sembrando una inquietud que crecería con cada hora de silencio.

Al día siguiente, sábado 16, la preocupación se transformó en urgencia. Estrella, incapaz de localizar a su hermana, decidió acudir directamente al piso de la calle La Salud. Llevaba su propio juego de llaves. Al abrir la puerta, el silencio del interior contrastaba con el caos que estaba a punto de descubrir. No hubo respuesta a sus gritos, solo la quietud pesada de un domicilio donde la vida se había detenido de madrugada

En el dormitorio, la escena era devastadora. Susana yacía en el suelo, boca abajo, junto a la cama. Estaba desnuda y su cabeza reposaba sobre un charco de sangre. No había señales de lucha evidente en la entrada, la cerradura no estaba forzada, pero en esa habitación, la violencia había sido extrema. La joven había sido golpeada brutalmente y estrangulada con su propia camiseta, anudada con fuerza alrededor de su cuello.

La autopsia revelaría después que Susana recibió cuatro golpes contundentes en el cráneo, lo suficientemente fuertes como para aturdirla o dejarla inconsciente antes del final. El asesino, con una frialdad estremecedora, había terminado su obra asfixiándola con un nudo doble. La hora de la muerte se fijó en la madrugada, entre las dos y las cuatro, mientras la ciudad y el niño —que afortunadamente no estaba en casa— dormían ajenos al horror.

Pero lo que desconcertó a la Policía no fue solo la brutalidad, sino la puesta en escena. El salón del piso parecía el escenario de una fiesta salvaje: botellas de vino y cerveza vacías, colillas esparcidas por la mesa y el suelo. Sin embargo, algo no encajaba. Susana era ordenada, meticulosa con la limpieza. Aquel desorden parecía impostado, una distracción fabricada para sugerir que la víctima había estado bebiendo y fumando con varias personas.


Los investigadores confirmaron pronto sus sospechas: las botellas y muchas de las colillas habían sido sacadas de la basura y colocadas allí deliberadamente. El asesino se había tomado el tiempo de componer un cuadro falso, sembrando pistas erróneas para desviar la atención. Mientras el salón era un caos fingido, el baño había sido limpiado a conciencia, eliminando cualquier rastro biológico o huella que pudiera delatar al intruso.

El detalle más perturbador apareció durante el examen forense. En el interior del cuerpo de Susana se halló un preservativo usado. Parecía la firma de un crimen sexual, pero el análisis de ADN trajo una sorpresa: el perfil genético no coincidía con ninguno de los sospechosos principales, ni con su exmarido ni con su última pareja. La Policía barajó la hipótesis de que el preservativo también hubiera sido plantado, un elemento más en la macabra escenografía del asesino.

La investigación se centró inicialmente en el entorno más cercano. Susana se había separado un año antes de Jesús, su marido, en un proceso conflictivo con denuncias cruzadas. Él fue el primer detenido. Tenía antecedentes de discusiones fuertes y encajaba en el perfil de un crimen pasional. Sin embargo, Jesús presentó una coartada sólida: la noche del crimen estuvo con una mujer casada, quien confirmó su versión punto por punto, dejándolo fuera de la lista de sospechosos.

Entonces, el foco giró hacia "Satur", un hombre con el que Susana había mantenido una relación reciente y tormentosa. La familia aseguró que él estaba obsesionado con ella y no aceptaba que la relación hubiera terminado. Estrella sostuvo que Satur tenía llaves del piso, aunque él lo negó rotundamente. Su comportamiento y sus contradicciones lo colocaron en el centro de la diana policial

Satur admitió ante los agentes que había mantenido relaciones sexuales con Susana dos días antes del crimen. Fue una declaración astuta: justificaba de antemano cualquier rastro de su ADN o huellas que pudieran aparecer en la vivienda. Sin embargo, el ADN del preservativo hallado en la víctima no era suyo. Ese "Varón A" desconocido se convirtió en el muro contra el que chocaban todas las acusaciones, la duda razonable que impedía cerrar el cerco.

El caso se archivó provisionalmente en 2002 por falta de autor conocido, pero la familia no se rindió. En 2006, una nueva esperanza surgió de la forma más inesperada. La nueva pareja de Satur acudió a la Guardia Civil denunciando maltratos y reveló un secreto aterrador: Satur guardaba en su casa una maleta que tenía prohibido tocar bajo amenaza de muerte.

La Policía registró la vivienda y encontró la maleta. En su interior, Satur guardaba como tesoros una trenza de pelo de Susana, su certificado de defunción y recortes sobre el crimen. Además, se hallaron grabaciones de conversaciones telefónicas donde él demostraba un conocimiento exhaustivo y sospechoso de detalles de la investigación que solo la Policía y el juez debían conocer.

A pesar de estos indicios circunstanciales que apuntaban a una obsesión morbosa, el juez consideró que no eran pruebas suficientes para incriminarlo por asesinato. La falta de coincidencia con el ADN del preservativo seguía siendo el gran obstáculo. El "Varón A" continuaba siendo un fantasma, y la posibilidad de que fuera un elemento plantado no bastaba para armar una acusación formal de homicidio.

Los años pasaron y el dolor de la familia Acebes se cronificó. Estrella y su madre, Trinidad, lucharon contra el olvido, empapelando Zamora con carteles y pidiendo colaboración ciudadana. Cada aniversario era un recordatorio de la impunidad. Solicitaron nuevas diligencias, informes criminológicos y la intervención de unidades especializadas de Madrid, pero el juzgado rechazó reabrir la causa sin pruebas biológicas nuevas.

El reloj judicial, implacable, siguió avanzando hasta llegar a la fecha límite. En septiembre de 2020, al cumplirse 20 años del crimen, el caso prescribió definitivamente la legislación española. Ya no importaba si aparecía el dueño del ADN o si alguien confesaba; legalmente, nadie podría ser juzgado ni condenado por la muerte de Susana Acebes.

Hoy, el asesinato de la calle La Salud permanece como una herida abierta en la memoria de Zamora. Un crimen perfecto por sus imperfecciones, donde la manipulación de la escena y la falta de tecnología forense avanzada en su momento permitieron que un asesino se saliera con la suya. La familia se quedó sin justicia, y la identidad del hombre que estranguló a Susana aquella madrugada sigue siendo un secreto que la ciudad se tragó para siempre.

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