Zaragoza, jueves 12 de julio de 1979. Era verano y el Hotel Corona de Aragón funcionaba como un lugar de paso y de descanso, con habitaciones ocupadas y una ciudad que seguía su ritmo sin presentir lo que venía.
Aquel día, el edificio se convirtió en una trampa vertical. Cuando el fuego sube por un hotel, el miedo no corre por los pasillos: se queda encerrado con quien busca una escalera y solo encuentra humo.
El incendio del Corona de Aragón quedó grabado como una de las tragedias más recordadas de la ciudad. No por un detalle, sino por la dimensión del desastre y por la sensación de impotencia que dejó.
Las víctimas no eran un grupo anónimo: eran huéspedes, trabajadores y personas que simplemente estaban allí esa noche. En los hoteles, nadie duerme igual; y esa diferencia, en una emergencia, puede costar la vida.
La fecha —12/07/1979— quedó fijada para siempre en la memoria colectiva de Zaragoza. Hay días que se vuelven una marca: antes y después.
En una catástrofe así, lo primero que se pierde es el control. El humo desorienta, la luz se rompe y el tiempo se comprime en minutos que nadie sabe contar cuando está intentando respirar.
Las labores de emergencia se concentraron en evacuación, rescate y atención a afectados. Y en paralelo, la ciudad empezó a reunirse alrededor del edificio como si mirar pudiera cambiar el desenlace.
El Corona de Aragón pasó de ser un hotel a ser noticia, duelo y pregunta. ¿Dónde empezó? ¿Por qué avanzó tan rápido? ¿Qué falló dentro de un edificio que debía ser seguro para dormir?
Las explicaciones posteriores hablaron de causas probables y de propagación del fuego. Pero lo que queda para quien lo vivió no es una hipótesis: es el sonido de las sirenas y el olor que no se olvida.
Zaragoza no es una ciudad que se construya solo con monumentos; también se construye con cicatrices. Esta fue una de esas cicatrices, visible en la conversación de generaciones.
El incendio empujó debates sobre prevención, materiales y salidas. Cada norma nueva suena abstracta hasta que se recuerda el motivo por el que fue escrita.
En hoteles y edificios altos, el humo mata antes que las llamas. Esa realidad, repetida en tragedias de todo el mundo, se volvió personal en Zaragoza aquella noche.
Con los años, el caso se convirtió en referencia inevitable cuando se habla de seguridad en alojamientos. No como morbo, sino como advertencia.
Zaragoza, 12 de julio de 1979: el Hotel Corona de Aragón dejó de ser un lugar de descanso para convertirse en una noche que la ciudad no logró olvidar.
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