La condena cayó este 23 de julio sobre uno de los casos más turbios que dejó la desaparición de Francis de Pablo Páez en Madrid. La Audiencia Provincial impuso doce años de prisión a Israel C.R. por matarlo y cerrar después el rastro bajo tierra.
El crimen se remonta a la tarde del 21 de marzo de 2022, cuando la víctima salió de su vivienda en Hortaleza junto al ahora condenado. Aquella salida corta, aparentemente rutinaria, terminó convirtiéndose en el último trayecto de Francis.
El recorrido llevó a ambos hasta una finca vinculada a la familia del acusado en San Fernando de Henares. Allí, de acuerdo con la resolución, Israel golpeó a Francis en la cabeza con una barra metálica pesada con intención de causarle la muerte.
La sentencia sitúa ese golpe como el momento letal del caso. La muerte habría sido inmediata, dejando después un escenario dominado no solo por la violencia inicial, sino por la decisión posterior de hacer desaparecer el cuerpo.
El cadáver no quedó en el lugar del homicidio. Fue trasladado después hasta otra finca familiar situada en Aldea del Fresno y enterrado en una fosa séptica bajo la cocina de una casa, un escondite que mantuvo el crimen fuera de la vista durante más de dos años.
En esa maniobra participó también Fernando R.P., que ha sido condenado a un año y nueve meses de prisión por encubrimiento. El tribunal entiende que ayudó a ocultar el cuerpo y a consolidar el silencio que rodeó la desaparición.
Los restos de Francis no aparecieron hasta el 6 de junio de 2024. El hallazgo rompió de golpe más de dos años de incertidumbre para la familia y confirmó que la desaparición escondía una ejecución seguida de una ocultación minuciosa.
La investigación logró avanzar gracias al testimonio de un testigo protegido, que señaló el lugar donde estaba enterrado el cuerpo. A esa pista se sumaron las localizaciones telefónicas y el trabajo de los guías caninos, decisivos para reconstruir movimientos y estrechar el cerco.
Durante el juicio también pesó el debate sobre cómo se produjo el ataque. Dos forenses apuntaron a la posibilidad de que la víctima hubiera estado sentada y atada, pero el jurado consideró que esos indicios no eran concluyentes.
Esa falta de certeza alteró por completo el rumbo penal del procedimiento. Al no quedar fijada la alevosía con la fuerza necesaria, la acusación pasó de asesinato a homicidio y la petición de pena se redujo desde los veintidós años iniciales hasta los doce finalmente impuestos.
La resolución recoge además una atenuante de drogadicción para el autor material. Ese elemento, unido al cambio de calificación, terminó marcando la cifra final de la condena por un caso que había llegado al juicio rodeado de enorme gravedad.
El jurado sí mantuvo claro que hubo un homicidio y una ocultación deliberada del cadáver. El veredicto dibuja una secuencia cerrada: salida desde Hortaleza, golpe mortal en la finca y desaparición prolongada bajo una cocina en Aldea del Fresno.
Para el entorno de Francis, la sentencia no borra los dos años de búsqueda ni el impacto de descubrir dónde había terminado el cuerpo. Lo que deja, al menos por ahora, es una respuesta judicial a una desaparición que durante meses alimentó incertidumbre, miedo y sospechas.
La decisión todavía no es firme y puede ser recurrida ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Aun así, el fallo fija ya una verdad judicial demoledora: Francis no se esfumó, fue asesinado y enterrado para que el crimen quedara oculto el mayor tiempo posible.
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