La casa de la familia Sodder estaba llena de vida: olor a pino, risas, juguetes envueltos y el calor de la cena.
George y Jennie, los padres, tenían diez hijos. Esa noche, el mayor estaba sirviendo en el ejército, y los otros nueve dormían entre habitaciones y camas.
Pero pasada la medianoche, lo que parecía una velada perfecta se transformó en la pesadilla más enigmática de Estados Unidos.
Un estruendo sacudió la casa, seguido por humo y llamas.
George, su esposa y cuatro de los niños —Marion, John, George Jr. y la pequeña Sylvia— lograron escapar.
Pero cinco de los pequeños, que dormían en la planta alta, no respondieron a los gritos ni lograron salir:
Maurice (14), Martha (12), Louis (10), Jennie (8) y Betty (5).
Los intentos de rescate fueron inútiles.
La escalera que siempre estaba apoyada en la pared había desaparecido.
El barril de agua que George usaba en emergencias estaba congelado.
Y lo más extraño: los camiones de trabajo de la familia, que habían funcionado horas antes, no arrancaron.
Los padres solo pudieron mirar cómo el fuego consumía su hogar.
Cuando los bomberos llegaron horas después, encontraron escombros… pero ningún resto humano.
Forenses y expertos señalaron que un incendio de esa magnitud habría dejado fragmentos óseos reconocibles.
Sin embargo, el jurado local habló de “cableado defectuoso” y, pocos días después, se emitieron certificados de defunción.
El caso parecía cerrado, pero para los Sodder acababa de abrirse un misterio que nunca se apagaría.
Con el paso de los meses, las piezas comenzaron a encajar de manera inquietante.
El teléfono de la casa había sido cortado, no quemado.
La escalera apareció lejos del lugar, en un talud.
Un testigo declaró haber visto a personas lanzando “bolas de fuego” hacia la vivienda esa misma noche.
Y con el deshielo, Sylvia, la hija más pequeña, encontró un objeto de goma: un posible dispositivo incendiario.
En 1949, una excavación ordenada por la familia recuperó fragmentos de hueso.
El Smithsonian Institute los analizó: no pertenecían a niños, sino a un joven de entre 16 y 22 años, y además no mostraban signos de haber estado expuestos al fuego.
La conclusión oficial se tambaleaba: ¿y si los cinco niños no habían muerto en el incendio?
Los Sodder nunca dejaron de buscar respuestas.
Colocaron un cartel en la ruta con los rostros de sus hijos, ofrecieron recompensas y escribieron incluso al FBI.
A lo largo de los años, recibieron cartas anónimas, supuestos avistamientos, y en los años 60 llegó una fotografía de un hombre en Kentucky que, según algunos, podría ser Louis ya adulto.
Nada fue concluyente, pero tampoco se pudo descartar por completo.
Hoy, casi 80 años después, el caso sigue envuelto en sombras.
Nadie sabe si los cinco pequeños perecieron en el fuego o si fueron víctimas de algo aún más oscuro.
Lo único seguro es que sus nombres siguen vivos, grabados en la memoria de la familia y en la historia del misterio criminal:
Maurice, Martha, Louis, Jennie y Betty Sodder.
Porque a veces, lo más aterrador no es el fuego que arrasa una casa en cuestión de minutos…
sino el silencio que deja después, cuando cinco infancias desaparecen y el mundo no puede explicar cómo ni dónde.
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