La noche del 1 de noviembre de 2007, Perugia respiraba resaca de Halloween: máscaras, confeti y calles universitarias encendidas. Meredith Kercher, británica de 21 años que estudiaba en Italia por intercambio, no volvió a responder mensajes. A la mañana siguiente, cuando amaneció el 2 de noviembre, la policía entró en la casa de Via della Pergola 7 y encontró su habitación cerrada; al forzar la puerta, apareció una escena que Italia no olvidaría jamás. Desde ese minuto, el “caso Meredith Kercher” dejó de ser un suceso local para convertirse en un terremoto judicial y mediático.
La primera fotografía del expediente fue caótica: puerta de entrada abierta, cristales rotos que parecían un robo y una casa donde algo no cuadraba. Amanda Knox —compañera de piso de Meredith— y su novio, Raffaele Sollecito, avisaron a la policía al notar señales extrañas. En pocas horas, pasaron de testigos a detenidos en una investigación que, ya desde el arranque, acumuló fallos de preservación de escena y conclusiones apresuradas. El hallazgo del cuerpo, la mañana del 2 de noviembre, marcó el inicio de años de titulares, hipótesis enfrentadas y laboratorios bajo lupa.
En paralelo apareció un tercer nombre que terminaría siendo clave: Rudy Guede. Su rastro biológico estaba en la escena; su relato cambió con el tiempo, pero el ADN habló más alto que cualquier versión. En 2008 fue juzgado por vía rápida y condenado; la pena quedó fijada en 16 años tras recursos. A finales de 2021 obtuvo la libertad, un dato que reavivó el debate sobre las responsabilidades reales en el piso de Perugia y el alcance de su participación.
Knox y Sollecito, entretanto, entraron en una montaña rusa judicial. Condenados en primera instancia en 2009, absueltos en apelación en 2011, vieron cómo la Corte de Casación anulaba aquella absolución en 2013 y ordenaba repetir el proceso: en 2014 fueron de nuevo condenados. Todo terminó en 2015, cuando la Corte Suprema italiana dictó absolución definitiva, cerrando su implicación penal en el homicidio de Meredith. Fue un cierre jurídico —no emocional— de uno de los juicios más seguidos del continente.
¿Por qué se derrumbaron aquellas condenas? El motivo central: la fragilidad de la prueba forense que apuntaba a los dos estudiantes. La recogida, custodia y análisis de indicios (como un cuchillo y un cierre de sujetador) presentaron problemas técnicos y de contaminación que, con el tiempo, resultaron insalvables. Italia discutió en público sobre garantía procesal, y el mundo observó perplejo cómo una narrativa “cerrada” se desmoronaba al ritmo de los informes periciales.
Otro eje espinoso fue la “calumnia” (calunnia) por la cual Knox señaló falsamente al dueño de un bar, Patrick Lumumba, durante interrogatorios nocturnos. En 2019, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos concluyó que Italia vulneró sus derechos durante aquellas diligencias: no tuvo asistencia letrada adecuada ni intérprete competente. Aun así, el delito de calumnia siguió su curso en la justicia italiana y, tras una orden de replanteo, en junio de 2024 un tribunal de Florencia volvió a declararla culpable de ese cargo específico. Un capítulo paralelo que no reabre su absolución por el homicidio, pero que explica por qué el eco del caso aún no calla.
En 2011 se confirmó judicialmente que el autor material con prueba sólida era Guede; su presencia se soportaba en ADN y contexto físico de la escena. No hubo, sin embargo, una sentencia que lo atara en coautoría con Knox y Sollecito: de ahí que el cierre definitivo para los dos estudiantes llegara en 2015. Guede salió en libertad condicional y, después, en libertad definitiva; cada noticia reabrió heridas y preguntas sobre lo que ocurrió minuto a minuto dentro de aquella habitación.
El caso dejó además una mancha en el periodismo británico: el “phone hacking” del tabloide News of the World. Mientras Meredith estaba desaparecida, el medio accedió ilegalmente a su buzón de voz para fabricar exclusivas. La indignación fue tal que el periódico terminó cerrando en 2011 tras un escándalo más amplio de escuchas, un recordatorio de hasta dónde puede llegar el hambre de clics cuando la víctima aún no tiene voz.
Entre tanto ruido, conviene recordar a Meredith. Tenía 21 años, era estudiante de la Universidad de Leeds y llevaba pocos meses en Perugia con un programa de intercambio para perfeccionar italiano. Su familia la describió como curiosa, aplicada, con ganas de mundo. En demasiados relatos, su nombre quedó en sombra frente a los de quienes llenaban ruedas de prensa; volver al suyo es un ejercicio mínimo de justicia simbólica.
Meredith Kercher no es un “caso”, es una persona. Su historia habla de investigación científica bajo presión, de derechos procesales, de errores que se corrigen tarde y de una familia que perdió a su hija en un piso universitario. También de cómo un expediente criminal puede convertirse en un espejo incómodo: de los tribunales, de los medios y de nosotros, los que miramos. Porque, a veces, lo más aterrador no es la noche del crimen… sino los años siguientes, cuando la verdad tiene que abrirse paso entre versiones, titulares y silencios.
Si este caso te atrapó, estos libros te van a obsesionar 👇

Reconstrucción minuciosa del crimen de 2001: cartas anónimas, un círculo de lectura y pistas químicas. Periodismo de investigación que ordena el caso y sus giros más recientes.
Ver en Amazon

La investigación obsesiva que ayudó a destapar al Golden State Killer. True crime magistral con técnica forense moderna y una tensión constante.
Ver en Amazon

Thriller policíaco de ritmo alto: un investigador entre la ley y una red criminal. Corrupción, giros y acción sin tregua.
Ver en Amazon
0 Comentarios