Isabel Carrasco: tres disparos en la pasarela y un plan tejido con rencor

La tarde del 12 de mayo de 2014 León iba con prisa cuando Isabel Carrasco, 59 años, presidenta de la Diputación y líder provincial del PP, cruzó la pasarela sobre el río Bernesga rumbo a la sede del partido. A las 17:17, en plena calle y a la vista de todos, la historia cambió de golpe. 

El ataque fue fulminante: tres disparos —por la espalda, a bocajarro— y un remate cuando ya estaba en el suelo, según la prueba pericial. No hubo aviso, ni posibilidad de defensa. La ciudad se paralizó ante el eco de los tiros; España ante la idea de un crimen político. 

Pero no era terrorismo ni conspiración. Era venganza personal. La Policía detuvo a Montserrat González —la autora de los disparos— y a su hija Triana Martínez a pocos metros de la escena. Días después, la investigación sumó una tercera pieza: Raquel Gago, policía local y amiga de Triana. El caso dejaba de ser un titular y se convertía en un triángulo oscuro. 


El móvil se cocinó a fuego lento: Triana culpaba a Carrasco de su caída en desgracia laboral en la Diputación; madre e hija tradujeron ese rencor en planificación. Para ejecutarlo, consiguieron dos armas en el mercado ilegal —un revólver Taurus y una pistola Royal Novelty, con números de serie borrados— y se coordinaron el mismo día del crimen. 

La forensia dibujó el horror con precisión: al menos tres tiros; el primero, en la espalda, “mortal de necesidad”; los otros, de ejecución, incluida la nuca. El uso del revólver Taurus —sin vainas expulsadas— y el embozo de la autora completaban la alevosía. 

La pieza que faltaba apareció en un coche: Gago entregó un bolso con el revólver homicida “hallado” en su vehículo, una maniobra que los tribunales interpretarían como participación y cobertura dentro del plan. El arma, con el número limado, cerraba la cadena material del crimen. 


El veredicto llegó en marzo de 2016: la Audiencia de León impuso 22 años a Montserrat (autora), 20 a Triana (cooperadora necesaria) y 5 a Gago (encubrimiento). En julio de 2016, el TSJ de Castilla y León elevó la pena de Gago a 12 años por complicidad; en diciembre de 2016, el Tribunal Supremo la dejó en 14 años y confirmó las de madre e hija. 

Con los años, el caso quedó fijado como no político: un asesinato premeditado por rencores laborales. La memoria colectiva lo revisita en documentales y crónicas; en enero de 2025, Montserrat y Triana pidieron perdón por primera vez desde prisión, un gesto tardío que no borra el disparo a plena luz del día. 

León aprendió una lección áspera: el poder no inmuniza del odio y los protocolos no siempre anticipan lo íntimo. La investigación mostró cuánto importa el detalle técnico —arma, trayectoria, tiempos— y cuánto duele cuando la violencia se cocina en despachos, pérdidas y agravios. 


Queda la estela de preguntas que muerden: ¿en qué punto el resentimiento se volvió plan?, ¿quién vio la obsesión y no la nombró?, ¿por qué un cruce peatonal se convirtió en escenario de ejecución? Porque a veces lo más aterrador no ocurre en la sombra: ocurre a la vista de todos, en la misma pasarela por la que cualquiera de nosotros habría cruzado. 

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