El 2 de junio de 2023, a las 9:15 de la mañana, una cámara de seguridad en Resistencia, Chaco, registró una imagen que ya forma parte de la historia criminal argentina: Cecilia Marlene Strzyzowski, 28 años, entra a la casa de su pareja, César Sena, hijo del poderoso matrimonio piquetero Emerenciano Sena y Marcela Acuña. Se la ve con ropa deportiva gris y una pequeña valija. La promesa sobre la mesa era un viaje a Ushuaia, trabajo, casa, un “futuro juntos”. Esa imagen es la última vez que se la ve con vida. A partir de ahí, el caso se convirtió en sinónimo de femicidio, encubrimiento y poder político.
En las horas previas, Cecilia había hecho lo que hacen miles de hijas: una videollamada con su mamá, Gloria Romero. Le contó que César le había conseguido un trabajo en Tierra del Fuego y que se iban a vivir allí. La psicóloga de Cecilia corroboraría después que ese “proyecto Ushuaia” era real para ella; estaba ilusionada, aunque un poco nerviosa. La familia notó un detalle raro: salía rumbo a un destino helado con muy poco equipaje. Cuando un pariente le preguntó a César por eso, él respondió que comprarían ropa en Buenos Aires. Meses después, los fiscales dirían algo devastador: ese viaje nunca existió; fue el gancho para atraerla a una trampa mortal.
Según la reconstrucción oficial, Cecilia sale de la casa de una tía el 1 de junio con César, sube a una Toyota Hilux blanca y al día siguiente entra a la vivienda del clan Sena. Las cámaras muestran que nadie la ve salir jamás. Desde ese momento, el rastro digital también se apaga: la última señal de su celular se registra en un campo cercano al paraje Tres Horquetas, en una zona rural ligada a propiedades de la familia Sena. Los días siguientes, los mensajes que llegan al teléfono de Gloria no son audios ni videollamadas –como siempre hacía su hija– sino fríos textos que aseguran que “se rompió la cámara”. Cuando la madre pide un audio, recibe uno viejo, reciclado. Ahí entiende que algo anda terriblemente mal.
La denuncia formal por desaparición se presenta el 6 de junio de 2023, cuando Gloria recibe una información anónima: alguien del barrio Emerenciano insinúa que “le hicieron algo” a Cecilia. Se activa el protocolo de búsqueda y la Fiscalía Especial de Violencia de Género N.º 4 –a cargo de los fiscales Jorge Cáceres Olivera, Jorge Gómez y Nelia Vázquez– toma el caso. En esos mismos días, las cámaras captan a César con rasguños en el cuello, una marca que los peritos vincularán después a un posible intento de defensa por estrangulamiento.
Lo que al principio se presenta como una desaparición pronto cambia de nombre. A medida que avanzan los allanamientos en el barrio Emerenciano, la casa de los Sena y sus campos, el expediente muta a “supuesto femicidio”. En la vivienda donde entró Cecilia, los investigadores encuentran una sierra de carnicero, un machete, municiones, manchas de sangre y pequeños restos óseos. El casero, Gustavo Melgarejo, declara que vio a la joven atada y amordazada en la camioneta de Emerenciano y que después la mataron. La historia del viaje a Ushuaia se derrumba; en su lugar aparece una coreografía de violencia y encubrimiento.
La pista más macabra aparece el 20 de junio. A partir de la declaración de Gustavo Obregón, un dirigente cercano al clan, los equipos rastrillan el río Tragadero, cercano a un campo de los Sena conocido como Campo Rossi. Allí encuentran huesos humanos triturados y un dije en forma de cruz. Gloria reconoce el colgante como de su hija. Peritos forenses explican ante el jurado en 2025 cómo trabajaron en el cauce, sacando restos calcinados, pedazos de valija y tela chamuscada. No hay cuerpo completo, pero hay lo suficiente para dibujar la escena: un cuerpo desmembrado, incinerado y arrojado al río.
La teoría de la Fiscalía, sostenida hasta el juicio, es brutal en su precisión. Cecilia habría sido asesinada el 2 de junio entre las 12:13 y las 13:01 dentro de la casa de los Sena, por César, Emerenciano y Marcela actuando en conjunto. Más tarde, con la ayuda de Gustavo Obregón y Fabiana González, envuelven el cuerpo, lo cargan en una camioneta a las 19:27 y lo llevan a Campo Rossi, donde lo desmiembran y lo queman. Finalmente, sus restos son arrojados al Tragadero. Las cámaras de seguridad muestran a Obregón saliendo de la vivienda con bolsas negras, y a los Sena saliendo en vehículo esa misma tarde.
La dimensión política del caso lo convierte en un terremoto nacional. Emerenciano Sena y Marcela Acuña no eran unos desconocidos: eran dirigentes sociales con enorme peso en Chaco, candidatos en las elecciones provinciales de 2023 y aliados del entonces gobernador Jorge Capitanich. Sus organizaciones –fundaciones y cooperativas– manejaban planes sociales, viviendas y millones de pesos en fondos públicos. Tras su detención, se abre además una causa por lavado de dinero y evasión, al encontrarse más de seis millones de pesos sin justificar en su casa y movimientos sospechosos en sus entidades. El femicidio de Cecilia deja al desnudo no solo la violencia machista, sino también una trama de poder, clientelismo y dinero estatal.
En paralelo a la investigación penal, la calle habla. Desde junio de 2023 se suceden las marchas por Cecilia en Resistencia, en el puente General Belgrano que une Chaco y Corrientes, y en otras provincias. Gloria Romero se convierte en una voz inconfundible: irónica, devastada y furiosa, denuncia a los Sena, reclama justicia y cuestiona al Estado que permitió que una familia con tanto poder moviera hilos durante años. La imagen de Cecilia –pelo largo, sonrisa amplia, 28 años y un futuro que nunca llegó– se vuelve bandera en pancartas y murales.
La defensa del clan Sena intenta otra jugada: pide que la causa se recaratule como “desaparición forzada”, argumentando que no está probado que Cecilia haya muerto porque no hay cuerpo completo. Pero los peritajes, los restos óseos, la sangre en la casa, el dije en el río y los testimonios de sus propios allegados –como Obregón– construyen un cuadro sólido de femicidio con destrucción del cadáver. Para la Fiscalía, no hay duda: lo que falta no es certeza, sino el cuerpo que los propios acusados hicieron desaparecer.
En 2024 se termina de cerrar la instrucción y se eleva la causa a juicio por jurados en la provincia de Chaco, con siete personas sentadas en el banquillo: César Sena, Emerenciano Sena y Marcela Acuña, acusados por homicidio doblemente agravado (por el vínculo y por mediar violencia de género); y Gustavo Obregón, Fabiana González, Gustavo Melgarejo y Griselda Reinoso, acusados de distintos grados de encubrimiento. Luego de semanas de audiencias, desfiles de peritos, bomberos y testigos, el jurado popular emite su veredicto en noviembre de 2025: culpables.
El jurado de doce ciudadanos declara a César Sena autor del femicidio agravado de Cecilia, y a sus padres Emerenciano y Marcela partícipes primarios o necesarios del crimen. A la vez, considera culpables a Obregón y González de encubrimiento agravado, y a Melgarejo de encubrimiento simple, mientras absuelve a Griselda Reinoso, pareja del casero. Conforme al Código Penal, el veredicto implica que los tres integrantes del clan Sena deben recibir prisión perpetua; al cierre de las últimas crónicas, la jueza Dolly Fernández solo tiene pendiente fijar formalmente las penas y ya rechazó otorgarles prisión domiciliaria.
A casi dos años y medio del crimen, el caso Cecilia Strzyzowski sigue siendo una herida abierta. No hay tumba donde llevar flores; hay restos triturados y quemados repartidos entre un campo y un río. No hay final consolador; hay una sentencia que, para su familia, llega sin la pieza que más les importa: saber exactamente cómo fueron sus últimos minutos y recuperar lo que queda de ella. Pero hay algo que sí se ha logrado: que el nombre de Cecilia no quedara sepultado bajo el peso del apellido Sena ni de ningún poder político. Su historia obligó a mirar de frente el vínculo entre violencia machista, encubrimiento y estructuras de poder.
La pesadilla del caso no termina solo en la brutalidad del femicidio. Está también en el engaño del viaje soñado, en las cámaras que la registran entrando a una casa de la que nunca salió, en las bolsas negras que salen después, en los huesos molidos encontrados en el lecho turbio del Tragadero. Y, sobre todo, en la certeza de que una joven de 28 años, que solo quería armar un futuro, fue usada como pieza descartable en una familia que se creía intocable. Que hoy haya un veredicto de culpabilidad no borra el horror, pero al menos deja algo claro: Cecilia no desapareció; a Cecilia la mataron, la hicieron desaparecer y el país entero vio cómo, esta vez, el poder no alcanzó para taparlo.
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